Experimentos [boys Love]

Capítulo 4: Campamento

Un año antes

La infección no llegó como una explosión.

Llegó como un susurro.

Al principio fueron rumores aislados, informes contradictorios, palabras cuidadosamente elegidas por los gobiernos para no provocar histeria. Todo está bajo control, decían. No hay motivo para alarmarse. Temían al pánico más que a la enfermedad, como si el caos fuera peor que la muerte misma.

Por eso no alertaron a la población.

En lugar de evacuar ciudades, enviaron pequeños grupos de militares. Equipos reducidos. Hombres entrenados, sí, pero ignorantes de lo que realmente les esperaba. Les hablaron de disturbios, de brotes violentos, de ciudadanos alterados. Nunca usaron la palabra correcta.

Víctor había sido asignado a uno de los primeros equipos.

Pero no pudo partir.

Su tobillo aún estaba inflamado, envuelto en vendas que olían a antiséptico barato. El médico había sido claro: no estás en condiciones. Para Víctor, aquello fue peor que una condena. Mientras los demás se preparaban, él se sentía como una sombra inútil pegada a la pared.

Aun así, apareció con el uniforme puesto.

—¿Vic, qué haces? —preguntó uno de los hombres mayores, frunciendo el ceño.

—Iré con ustedes —dijo Víctor, sin vacilar.

Algunos soldados soltaron una risa breve, nerviosa, como si aquello fuera una broma de mal gusto.

—Vic, sabes que no puedes ir —intervino Arthur—. Tu pierna no ha sanado.

Víctor lo miró fijamente.

—No voy a dejarlos ir solos —respondió—. Somos un equipo. Siempre vamos juntos. ¿Recuerdas?

El grupo estaba formado por ocho hombres. Ocho. No eran solo compañeros de armas; eran familia. Víctor había crecido entre esas paredes, aprendiendo a caminar entre botas, armas y voces firmes. No sabía vivir de otra forma.

Arthur suspiró. Conocía esa mirada: miedo disfrazado de terquedad.

—Tranquilo —dijo—. Son solo disturbios. Regresaremos pronto.

Pero el presentimiento no se fue.

Los siete hombres partieron hacia la ciudad.

Tres días.

Tres días de silencio absoluto.

Al cuarto, las noticias explotaron como una verdad que ya no podía esconderse. Los titulares hablaban de una enfermedad desconocida, de violencia extrema, de ciudades colapsando. Y entonces apareció el video.

Un soldado disparaba a un hombre.

El hombre caía.

Y luego… se levantaba.

Atacaba.

Ese mismo día, los amigos de Víctor regresaron.

O lo que quedaba de ellos.

Malheridos. Cubiertos de sangre. Algunos apenas conscientes. Víctor no pudo verlos. Nadie se lo permitió. Le dijeron que descansara, que era por su bien. Mentían.

Esa noche no durmió.

Se sentó en la cama, encorvado, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. Miraba el suelo como si este pudiera responderle algo. El silencio era espeso, incómodo, lleno de cosas que no se decían.

Entonces lo oyó.

Gritos.

Pasos.

Las luces del pasillo parpadearon, como si el edificio mismo estuviera enfermo. Víctor se levantó y salió. La gente corría en dirección contraria, algunos lloraban, otros gritaban órdenes incoherentes.

No entendía nada.

Hasta que lo vio.

Un hombre uniformado, cubierto de sangre seca y fresca, corrió hacia él. No corría como una persona. Corría demasiado rápido. Sus ojos estaban vacíos, la mandíbula torcida en una mueca imposible.

Víctor se quedó paralizado.

Su mente gritaba corre, pero su cuerpo no obedecía.

El disparo sonó seco.

El cuerpo cayó a centímetros de él.

Víctor giró la cabeza, temblando, y vio al hombre que había disparado.

Rubio. Rostro cansado. Ojos que conocía desde siempre.

—¿Papá…? —susurró, incrédulo.

El hombre no sonrió.

—Víctor —dijo con voz dura—, toma tu mochila de emergencia. Ahora.

Sin cuestionar nada —porque en ese momento las preguntas eran un lujo peligroso—, Víctor entró a su habitación. Sus manos actuaban solas. Tomó la pequeña mochila azul que siempre había estado preparada por si acaso, aunque nadie creyera de verdad que ese “acaso” llegaría algún día.

Cuando salió, su padre ya lo esperaba.

Le puso un arma en las manos. Pesaba más de lo que Víctor recordaba.

—Dispara a cualquiera que esté cubierto de sangre —ordenó su padre, sin mirarlo a los ojos.

Víctor tragó saliva.

—Papá… ¿qué está pasando? —preguntó, con la voz rota, mientras veía a rostros conocidos cruzar el pasillo convertidos en algo que no sabía nombrar.

—No hay tiempo —respondió su padre—. Solo corre.

Y corrieron.

Los pasillos que Víctor conocía de memoria —blancos, ordenados, casi asépticos— se habían transformado en un laberinto de gritos, luces parpadeantes y sombras que se movían demasiado rápido. Detrás de ellos, los infectados comenzaron a perseguirlos, arrastrando pies, chocando contra las paredes, emitiendo sonidos que no pertenecían a gargantas humanas.

Entraron a una oficina y cerraron la puerta de golpe. Su padre empujó un archivador metálico contra ella justo cuando algo golpeó desde el otro lado. El impacto hizo vibrar las paredes.

—Víctor —dijo su padre, señalando hacia arriba—. La ventilación. Ayúdame.

Víctor reaccionó como en un sueño. Empujó una silla, ayudó a su padre a alcanzar el conducto. El metal estaba frío. Sus manos temblaban.

Estaba a punto de subir cuando la puerta cedió.

El sonido fue horrible. Madera astillándose. Metal doblándose.

Y entonces lo vio.

Arthur.

Su mundo se rompió en silencio.

Arthur entró primero, como si el destino se hubiera ensañado con él. Su mejor amigo. Su hermano de batalla. El hombre que le había prometido que volverían pronto.

Sus ojos ya no eran ojos. Amarillos, opacos, muertos. La piel tenía un tono enfermizo, casi marmóreo, y alrededor de su boca había sangre seca, oscura, pegajosa. Pero lo peor no era su aspecto.

Era la mirada.

No había reconocimiento. No había memoria.




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