Cuando Víctor llegó al campamento, el mundo parecía haberse roto en pedazos.
El orden había desaparecido. El aire estaba cargado de gritos, disparos aislados y un hedor metálico imposible de ignorar. Los sobrevivientes eran atacados sin piedad por los infectados; muchos ya habían caído. Había cuerpos en el suelo, mujeres y niños entre ellos, algunos aún moviéndose, otros completamente quietos. Personas que jamás habían sostenido un arma intentaban disparar con manos temblorosas, fallando, llorando, muriendo.
Pero Víctor no vio nada de eso.
O, mejor dicho, lo vio… y lo apartó de su mente.
Su mundo se redujo a una sola cosa.
Jasper.
Avanzó entre la masacre como un fantasma armado. Sangre bajo sus botas, restos humanos esparcidos por el suelo, infectados devorando a los vivos con una calma grotesca, como animales que finalmente habían encontrado comida. No se detuvo. No dudó.
Más adelante, vio a Violet.
Estaba acorralada contra un árbol, separada del resto del grupo. Dos infectados se acercaban lentamente, babeando, con los ojos muertos clavados en ella.
La soldado estaba desarmada.
Sus balas se habían agotado. El pequeño cuchillo que siempre llevaba había desaparecido, probablemente atascado en el cráneo de algún muerto. Ahora, sus únicos recursos eran sus puños ensangrentados y su respiración agitada.
Uno de los infectados se lanzó.
Víctor llegó justo a tiempo.
La katana describió un arco preciso y letal. Un corte limpio. Una cabeza cayó rodando por el suelo. El segundo infectado apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que su cuello fuera separado del cuerpo.
Los cadáveres se desplomaron.
—¡Víctor! —gritó Violet, apoyándose en el árbol para no caer—. ¡Ve por Jasper! ¡Un infectado lo está persiguiendo!
Señaló hacia el norte del bosque.
Víctor asintió sin decir palabra y salió corriendo.
Jasper había estado junto a Violet, pero los muertos comenzaron a acumularse a su alrededor. Uno lo vio. Y eso fue suficiente.
Corrió.
Corrió hacia el bosque, hacia el norte, sin pensar, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera romperlo desde dentro.
Víctor lo siguió.
Esquivó ramas, saltó raíces, atravesó la oscuridad con la katana firme en la mano. Entonces lo vio: Jasper unos metros adelante, y detrás de él, un infectado arrastrando una pierna, torpe, lento… pero implacable.
Víctor no lo pensó.
Se lanzó hacia adelante y, con un solo movimiento, partió el cráneo del muerto. El cuerpo cayó como un saco de carne inútil.
Jasper desaceleró, jadeando, y esbozó una sonrisa débil, aliviada.
Fue entonces cuando ocurrió.
No estaba mirando al frente.
Tropezó con una piedra.
La ladera era traicionera, llena de rocas sueltas. Jasper perdió el equilibrio y comenzó a caer.
Víctor reaccionó por puro instinto.
Corrió, cada paso retumbando en su cuerpo, y lo atrapó por la cintura justo antes de que cayera por completo. Ambos rodaron colina abajo, golpeándose contra piedras y tierra, la piel ardiendo, los pulmones sin aire.
El mundo se convirtió en un torbellino de dolor.
Cuando finalmente se detuvieron, Víctor quedó abajo.
Jasper encima de él.
Jasper levantó el rostro, respirando con dificultad, y lo primero que hizo fue buscar los ojos de Víctor.
Aliviado.
Víctor, en cambio, no estaba bien.
La caída le había pasado factura. La espalda le ardía como si estuviera en llamas. Sentía la cabeza pesada, el cuerpo entumecido. Cada respiración era un castigo; los pulmones y los riñones protestaban con un dolor profundo y sordo. Apenas podía mantenerse consciente.
—No hay tiempo para quejarse… —murmuró, más para convencerse a sí mismo que a Jasper.
Jasper se apartó rápidamente y le extendió la mano.
Víctor la tomó.
Hizo un esfuerzo brutal para levantarse. Los músculos temblaron, las manos se cerraron en puños, el rostro se endureció en una mueca de dolor. Quería quedarse ahí, tirado, recuperar el aliento, dejar que el mundo se apagara por un momento.
Pero no podía.
Aún no.
En el campamento apenas quedaban dieciséis sobrevivientes.
Los provenientes de la ciudad se habían agrupado en un círculo defensivo, dos hombres armados, Dalia entre ellos, disparando con manos temblorosas y munición casi agotada. Más atrás, separados del resto, se encontraban Iris y su hijo Barry, un niño de apenas diez años.
Estaban solos.
Un blanco fácil.
Tres infectados emergieron de la oscuridad y se lanzaron sobre ellos con gruñidos húmedos, hambrientos. Jonah lo vio todo.
—¡Iris! ¡Barry! —gritó, con la voz quebrada.
Intentó avanzar, pero el círculo comenzaba a ceder. Si lo abandonaba, los demás caerían… y él también. El liderazgo no servía de nada cuando elegir significaba decidir quién vivía y quién moría.
Iris abrazó a su hijo con desesperación, cubriéndolo con su cuerpo. Le susurró entre sollozos que todo estaría bien, aunque sus palabras temblaban tanto como sus brazos.
Barry cerró los ojos.
Cuando la muerte ya estaba a un suspiro…
El aire silbó.
De entre los árboles surgió Víctor.
No gritó.
No dudó.
La katana cortó la noche con una precisión inhumana. Un paso, un giro de muñeca: la primera cabeza cayó. El segundo infectado apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de perder el cuello. El tercero se desplomó sin entender siquiera qué había pasado.
La sangre salpicó el rostro de Víctor, caliente, espesa.
No se detuvo.
Avanzó hacia el corazón del campamento como una tormenta desatada. Cada infectado que se le acercaba caía en cuestión de segundos. Donde otros necesitaban cinco balas para derribar a uno —si tenían suerte—, Víctor solo necesitaba un movimiento limpio.
Los sobrevivientes lo miraban con una mezcla de terror y esperanza.
Muchos se preguntaban cómo un adolescente lograba eso, cuando ni ellos siendo adultos podían hacer algo así.