Narro yo
En un lugar remoto y olvidado se alzaba un laboratorio. No era un centro de ciencia, sino una prisión donde se experimentaba con almas inocentes: niños de entre cuatro y diez años.
¿Cómo conseguían a sus pequeños sujetos? La crueldad no tenía límites. Algunos padres indeseables los entregaban a cambio de dinero sucio; a otros los secuestraban, y para garantizar el silencio de los progenitores, simplemente los asesinaban. El resto, eran huérfanos, almas que nadie reclamaría.
Cada niño nuevo era recibido con una inyección sedante para sumirlos en la inconsciencia. Al despertar, llevaban un collar metálico negro con una luz roja parpadeante, la marca de su cautiverio. Luego, eran confinados a celdas individuales: una habitación pequeña, de paredes inmaculadamente blancas, con solo una cama. Nadie podía interactuar; ningún "experimento" podía compartir espacio.
La instalación era un reflejo de la jerarquía del horror. Los pisos superiores estaban dedicados a la investigación teórica. Los pisos inferiores, sin embargo, eran el infierno.
Los sujetos más peligrosos residían en los niveles más profundos, encerrados de por vida, sin un atisbo de luz natural y tratados como auténticos monstruos. Un poco más arriba estaban los que, aunque no tan letales, resultaban problemáticos. Y en la capa superior de los niveles de prueba, se encontraban los experimentos más tranquilos, a menudo los más pequeños y tímidos, que no causaban mayores inconvenientes.
A lo largo de toda la instalación, especialmente en los sótanos, se percibía una tensión eléctrica constante: eran los anuladores de poderes diseminados por cada esquina, una precaución necesaria para contener a las anomalías más destructivas.
Entre tantos científicos indiferentes a la miseria de los sujetos de prueba, solo uno sentía una profunda preocupación: el doctor Zorman. Él era el único faro de amabilidad para los niños, el que lograba darles un respiro de su sufrimiento, tanto a los dóciles como a los más rebeldes. Sin embargo, su influencia terminaba en los niveles superiores; le estaba prohibido ingresar a las zonas donde se encontraban los experimentos peligrosos.
Llevaba solo dos años allí, pero había presenciado demasiados experimentos con incontables niños, sin poder hacer nada. La ley del laboratorio era implacable: nadie podía hablar de lo que sucedía dentro de las instalaciones. El castigo por la traición era la muerte. Eran vigilados constantemente; de esa sentencia no había escapatoria.
Narra Zorman
Otro día, la misma rutina opresiva. Aún no entendía cómo había aceptado aquel trabajo. Pensaba que se dedicaría a la investigación de enfermedades, no a experimentar con seres humanos. Pero al menos, yo no era como ellos. Había forjado una conexión con esos niños. Cuando me veían, sabían que, por ese día, el dolor se detendría.
Hace unos días, mi jefe me ordenó que guiara y entrenara a dos científicos recién llegados. Al principio me negué, pero luego acepté. Tal vez... solo tal vez, esas dos personas serían diferentes. Quizás no querrían ver sufrir a los niños y podrían ayudarme con el plan que había estado gestando para sacarlos a todos de aquí.
Me dirigí al vestíbulo. Apenas entré, mi jefe me presentó a los nuevos: Luzu y Tanizen. A primera vista, parecían de esa clase de gente a la que no le importa nada. Aun así, tenía que intentarlo; debía convencerlos de que esos niños tenían sentimientos y merecían ser tratados con humanidad. Lo que yo no sabía era que, detrás de esa fachada de indiferencia, había personas que sí se preocupaban por los demás.
—Oye... ¿cómo pudiste aceptar este trabajo? ¿Cómo pudiste acceder a experimentar con niños? —Luzu me interrumpió, con una voz cargada de reproche.
Respiré hondo y le devolví la pregunta:
—¿Y ustedes dos? ¿Cómo terminaron aquí?
—Yo vi un anuncio que decía que necesitaban asistentes en un laboratorio de plantas... —explicó Tanizen.
—Igual yo —añadió Luzu.
—Pues a mí también me engañaron con algo parecido —respondí—. Pero ya no hay vuelta atrás. En los dos años que llevo aquí, he sido bueno con estos niños, y espero que ustedes sigan mi ejemplo.
Luzu y Tanizen me miraron, visiblemente impresionados.
—Soy el único aquí que los trata bien.
Al escuchar eso, se miraron, pareciendo llegar a un acuerdo tácito.
—Nosotros también podríamos ayudarte con los niños —dijo Luzu—. Necesitan más gente como tú para ser felices.
—Cuenta con nosotros, Zorman —aseguró Tanizen.
—¿En serio quieren ayudarme?
—Sí, ¿y por qué no lo haríamos? —preguntó Luzu.
—Porque a casi nadie aquí le gusta lo que hago. No entiendo por qué piensan que ayudar a niños a los que les hacen daño está mal...
—Seguro piensan que al hacer eso pueden llamar la atención de la gerencia, o algo peor —razonó Luzu—. Pero dime, ¿por qué nunca has acudido a la policía?
—¡Baja la voz! —susurré, mirando a nuestro alrededor—. Nunca he recurrido a ellos porque ha habido casos en los que alguien ha estado a punto de decirles todo... y los terminan matando.
—Oh... ya entiendo.
—Está bien —corté, antes de que mi jefe pudiera aparecer—. Será mejor que les muestre el laboratorio y les presente a los niños.
Luzu y Tanizen asintieron, y me siguieron. Les mostré los baños, las salas de descanso y el comedor, hasta que entramos al ascensor para ir al piso de los experimentos inofensivos.
Editado: 26.05.2026