Después de hablar con Luzu, Biyin se dirigió a la oficina del Jefe. Llamó a la puerta, y en respuesta, la cerradura se desbloqueó.
—Jefe, tengo que decirle algo...
—¿Quieres volver a trabajar en los pisos donde están los experimentos peligrosos? —El Jefe no levantó la vista de su escritorio.
—¿Cómo lo supo?
—Hay cámaras y micrófonos en algunas partes del laboratorio, una de ellas es el comedor. Sé lo que hablaron tú y Luzu —explicó con un tono monótono—. Pero, sinceramente, no creo que puedas hacerte amiga de esos experimentos. De igual manera, dejaré que trabajes ahí de nuevo. ¿De verdad estás lista para volver?
—Pues... sí, estoy dispuesta a volver ahí abajo.
—Bien. Entonces iré contigo para decirte cuáles serán los dos experimentos de los que te harás cargo.
—¿Vamos a ir hoy mismo?
—Sí. ¿Hay algún problema?
—No, ninguno.
—Bueno, entonces vamos.
Biyin y el Jefe salieron de la oficina y se dirigieron al ascensor. Una vez dentro, el Jefe rompió el silencio.
—Solo diré que no es fácil estar con estos experimentos.
—Sí, lo sé. Yo ya trabajé antes en esos pisos.
—Han cambiado algunas cosas desde que decidiste no trabajar allí. Hay nuevos experimentos y nuevos pisos más abajo, pero a esos pisos ya no se puede ir en ascensor.
—¿Por qué?
—Digamos que es para que un experimento que tenemos más abajo no escape. Y es tu día de suerte, ya que tú te vas a encargar de él. Pero tranquila, te asignaré experimentos que todavía se vean como humanos.
—Jefe, tengo una pregunta...
—Dímela.
—¿Por qué sigue experimentando con niños? ¿Cuál es su propósito?
El Jefe sonrió lentamente, mirando su reflejo en la puerta metálica del ascensor.
—Pues... mi propósito es obtener dinero a través de estos experimentos. Cuando encuentre la manera de tenerlos bajo control fuera de sus jaulas, podré venderlos a mafias, algún circo... o tal vez los use para mi propio beneficio. La verdad, para mí es divertido experimentar con niños.
Biyin sintió un escalofrío en la nuca. —¿Cómo puede decir que hacerle daño a niños es divertido?
—Cada uno tiene su forma de divertirse. Experimentar con estos niños me puede dar dinero si los vendo a mafias como armas. Sé que dirás que estoy loco, y un poco de eso es verdad...
La puerta del ascensor se abrió, interrumpiendo su terrible confesión al llegar al piso de los experimentos peligrosos.
—Algunos de los experimentos que hay aquí tienen nombre, ya que estos sí valen la pena —continuó el Jefe, caminando por el pasillo—. Son peligrosos para la seguridad del laboratorio, por eso los mantenemos encerrados en celdas especiales para que no puedan escapar.
Después de caminar unos minutos, se detuvieron ante la puerta de una habitación.
—En esta habitación tenemos un experimento muy útil. Nos fue difícil contenerlo, pero no imposible. Como puedes ver arriba de la puerta, está el nombre.
—Experimento Soarinng —leyó Biyin.
—Sí, ese es el nombre que le pusieron.
Entraron. Biyin vio una cápsula de contención llena de agua. Dentro había un niño de unos nueve años. Tenía un respirador para no ahogarse y varias cicatrices notables en el cuerpo.
—Este niño tiene la habilidad de la electricidad. Esa cápsula es especial para contener su habilidad. Si la usa, se electrocutará a sí mismo. Es un experimento útil, ya que usamos su habilidad para darle energía al laboratorio. Las cicatrices son porque ha estado expuesto a demasiadas descargas eléctricas.
—¿Cómo hacen... para usar su habilidad y darle energía al laboratorio?
—Fácil. ¿Ves esos tubos con jeringas en algunas partes de su cuerpo?
—Sí...
—La función de esos tubos es que si necesitamos usar más de su habilidad, solo tenemos que presionar unos botones. Por esos tubos ingresan unos químicos que se le inyectan. Esto le genera dolor y el experimento libera sus descargas eléctricas. Si quieres, te puedo enseñar cómo funciona...
—¡No! —dijo Biyin, la voz temblándole por la indignación—. ¡No es necesario que le haga daño al niño para demostrar cómo funciona! No entiendo cómo le gusta ver a un niño sufrir.
—Él dejó de ser solo un niño hace mucho tiempo —el Jefe se encogió de hombros—. Ahora solo es un experimento. No sientas lástima por él.
Biyin miró a Soarinng. Sabía que estaba sufriendo. Aunque el niño apenas podía ver por tantas veces que lo habían electrocutado, había escuchado cómo Biyin lo había defendido. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
—Gra-gracias... por... defenderme... —habló Soarinng con dificultad, manteniendo su débil sonrisa.
Biyin le devolvió la sonrisa. —No es necesario que me des las gracias... Solo quiero que no te hagan daño.
El Jefe chasqueó la lengua. —No te pongas sentimental con este experimento. Parece que necesita algunas descargas para que pierda la esperanza. Científico 123, haz que el experimento nos dé más energía.
—Sí, señor —respondió el científico en el panel de control.
—¿Cómo se atreve a hacerle más daño solo porque mostró un poco de humanidad? —gritó Biyin.
—No cuestiones mis métodos, Biyin. —Antes de que ella pudiera reaccionar, el Jefe la agarró del brazo y la sacó de la habitación.
—Tranquilízate. Si quieres intentar hablar con él, lo harás después. Aparte del científico que está ahí dentro, tú también te encargarás del experimento llamado Soarinng. Pero no intentes sacarlo de su cápsula, a menos que le inyectes algo para que se quede inconsciente y así le puedas poner un collar anulador de poder.
—¿Por qué me está diciendo esto?
—Porque sé cómo eres. Además, no necesitamos que esté siempre en esa cápsula. —Biyin lo miró, confundida—. Te preguntarás por qué de repente estoy hablando como si me preocupara el experimento.
Editado: 02.06.2026