Falleció mi abuela.
Aún no me acostumbro a esa palabra, o puede que mi cerebro no haya procesado bien lo que significa. Han sido días de dolor, angustia y desespero. Es como si me hubieran drenado las ganas de sentir o vivir; nada es capaz de levantarme el ánimo. Es crudo, duro; el dolor se filtra en cada célula de tu ser y no te deja ver más allá, perdiendo por completo la esperanza. Soy muy consciente de que esto es un proceso y para nada fácil. Sé que pasará, pero jamás se olvidará; es algo con lo que hay que aprender a vivir, pero no por eso es menos difícil. Me consuela saber que siempre estuve para ella y que la disfruté al máximo. Ahora, con el pasar de las semanas, lo que me llega a la mente son sus risas, alegrías y tantos momentos lindos vividos. Se me fue, pero tuvo una vida bien vivida. Ella no era una abuela común; eso sería un insulto hacia ella. Ella jamás permitiría que la catalogaran así. Era una estrella donde quiera que llegaba, era la misma vida en sí. Sí, se fue, pero siempre va a estar presente. Marcó la vida de tantos que hace que su ausencia se note a grandes escalas en nuestras vidas. No, definitivamente nunca fue común; era fiesta, alegría. Aún pienso que va a estar ahí sonriéndome, burlándose con la mirada y pellizcándome para que me echara algún pase, creyendo ser discreta (no, no lo era). Todos lo notaban; era tan real.
Editado: 29.03.2026