En las oficinas de Centro de Comando, Erick olvidó firmar un documento.
La luz blanca e intermitente iluminó su oscuro rostro. Una montaña de documentos que él creyó en blanco quedó sobre su escritorio.
Los pasó uno por uno. Cuando volteó a ver, le dio la sensación que no había ni comenzado.
—Avistamientos de Praex…—murmuró para sí mismo—, treinta familias preocupadas… los sargentos les darán los pésames.
Alzó la vista. Uno de los soldados entró, casi sin permiso. Las manos le temblaron.
—Coronel, llegó un mensaje de la Nación del Norte.
—¿En Nevmark? ¿Cuándo los pedí?
—Fue ayer, Coronel. —Dejó los papeles sobre la mesa. El marcador sobre la mesa señaló hacia el resto de los documentos. —Dijo que era sobre el familiar de un compañero. ¿No lo recuerda?
Sostuvo algunos.
—“Dirigida a Rohan de parte de…”
La misma línea fue releída más de una vez, sin llegar a No comprender que decía. Era como si su memoria fuese borrada con cada lectura. Alzó la vista. El soldado se mantuvo firme, pero sus párpados nublados le impidieron distinguirlo.
—Los entregaré luego.
—Entendido.
El golpe de la puerta al cerrarse fue sordo. Sus hombros se mantuvieron tensos, luego dejó caer la cabeza hacia atrás con el cuello expuesto. No logró ni hizo el intento de levantarla de nuevo.
Cuando iba a levantarse, el sudor cayó frío. Los pasos se hicieron lentos en su camino hacia la ventana. Tenía las pupilas dilatadas.
Dejó a un lado los papeles. No le importó que casi cayeran al suelo. Incluso intentar abrir la ventana era como sumar una piedra a una mochila que ya arrastraba.
El aire le espesó en los pulmones. No fue su cuerpo el primero en rendirse, sino su voluntad.
Algo dentro de él simplemente se soltó. Los murmullos lejanos se apartaron, su escritorio y papeles dejó de ser importante, y el mundo se redujo al silencio más amable que había sentido en días. Justo ahí, cayó sin oponer resistencia.
Primero sintió tibia la mejilla. Luego voces. No entendió ninguna. Un murmullo destacó, luego fue llevado como corriente. Todo olió a humedad y a hierbas machacadas.
Cuando abrió los ojos, el techo blanco del hospital lo recibió con una calma limpia.
Rígido quedó su cuello tras intentar moverlo. Apenas y notó que Nora se mantuvo a un paso de él.
—Signos vitales regulados… —murmuró, una voz tan familiar y más baja de lo normal—. Hidratación intravenosa lista.
Escuchó el golpe de una silla. Luego, la vio a ella a su lado. Dejó su libreta contra un escritorio, luego giró hacia él con los ojos fijos.
—¿Sabes qué día es hoy?
Parpadeó más de una vez. La lengua quedó seca, como asfalto bajo el sol.
—10 de agosto.
—¿Nombre y apellido?
—Erick Montalbán.
—¿Recuerdas lo que pasó antes de que regresaras aquí?
Hubo un gruñido de por medio. Apretó los dientes con fuerza, como si eso lo ayudara a recordar. Su cabeza era como una página en blanco, llena de líneas a medio dibujar.
—Creo estar leyendo algunos reportes.
—Bien. —Dio una respiración más fuerte. Pesada. Frotó sus ojos antes de continuar. —Sufriste un desmayo por falta de líquidos y fatiga. En tu caso, no hubo traumatismo severo porque llegamos a tiempo.
El diagnóstico cayó como un golpe al pecho. Fue más hacia Nora, quien frunció el ceño, que Erick. Ella estuvo por dejarse caer en la silla del lado, pero se detuvo para verlo hacia los ojos.
—¿Por qué, Erick? —No alzó la voz. Erick, por primera vez, contempló los ojos enrojecidos de ella. —Ya han pasado tres días desde ello y nunca decides tomarte un descanso.
Pero su voz pareció dirigirse hacia sí misma que a él.
La luz demasiado blanca de la habitación le iluminó la espalda. No volvieron a cruzar las miradas y Erick apenas abrió la boca. Fue ahí cuando la mano de ella le pesó al intentar tomar el registro. Lo dejó sobre la mesa.
Caminó con pasos pesados hacia la puerta. Al abrirla, murmuró:
—Deja de ser solo un maldito coronel.
Suave fue el golpe de la puerta al cerrarse. Como una separación silenciosa.
Una brisa helada le mordió los dedos. Las ocultó bajo las sábanas con torpeza, no buscando escapar del frío, sino algo que hacer con las manos ahora que no tenía un informe que estrujar. Permaneció inmóvil, la vista contando las grietas en el techo como si fueran rutas de escape.
Rodó sobre la cama con la lentitud de un cilindro mal balanceado. Desde ahí, pareció un niño castigado, uno al que no dejaron salir por más que el sol siguiera brillando.
¿Qué hace la gente cuando no tiene nada que hacer?
Era normal para cualquier otra persona. Para él, cuyo cuerpo solo sabía reaccionar, no reposar, cada sonido era una alerta. Cuando un aleteo cruzó la ventana, se tensó al creer que era una señal enemiga. Eran pájaros. Solo pájaros.
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un mundo oscuro, apocalíptico (12 caracteres), guerra contra una especie alienígena
Editado: 02.01.2026