Como si el mundo se hubiera detenido antes que él, Marcel se sentó en una banca.
No miró hacia nada en particular; sus ojos blancos simplemente descansaron en algún punto del cielo, donde no había recuerdos ni sangre. Por un momento, sintió que el aire se había estancado, casi de manera incómoda, como un silencio que no pide respuesta.
Un hormigueo recorrió su brazo cuando bajó la mirada. La piel seguía sensible, pero sin dolor alguno. Flexionó los dedos lentamente, probando. Solo obtuvo un movimiento leve. Eso debió haber reducido el peso en su pecho, pero no lo hizo.
Solo le recordó que, aunque su cuerpo se iba a recomponer, algunas cosas tardaban más en cerrar.
—¿Marcel? —dijo una voz conocida al romper el silencio—. ¿Qué haces aquí?
Él giró apenas la cabeza, luego apoyó el brazo izquierdo sobre la banca:
—Solo quería descansar un poco. —Bajó sus lentes y los limpió con la manga de su uniforme. —Creo que voy bien, pero a ti te noto que no has dormido en días.
Negó con la cabeza. La mano de ella acomodó un mechón café detrás de su oreja antes de sentarse junto a él.
—Sí he dormido... —bostezó—, más de lo que debería. Quizás solo no me quería levantar.
—Y yo creí que serías la única que no tendría pereza de levantarse.
No cruzaron miradas, pero Marcel notó que la margarita de Nora ya no estaba en su cabeza. Abrió la boca de nuevo cuando ella dijo:
—No es mi culpa...
—Lo sé.
Un suspiro escapó de la garganta de ella. Miró por un segundo hacia sus manos. Las apartó al instante y las restregó contra su ropa. Como si tuviera sangre.
Las demás personas pasaron a su alrededor, sin verlas, sin notar que estaban ahí. Un árbol cercano cubrió a Nora bajo una sombra.
—Sabes, a mí me solía dar miedo ver a un doctor.
La oración hizo que Nora lo mirara hacia los ojos. En su pecho, trató de contener una pequeña risa.
—¿Por qué?
—No sé, a veces tratan hasta con gente muerta y luego dicen que tal persona es el asesino. No sé cómo le hacen.
—Se nota que no te gusta la medicina. No vaya a ser que yo también te dé miedo.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Marcel. La miró por segundo antes de responder:
—A veces sí, pero no todo el tiempo.
Genuina, casi imperceptible, fue la risa que soltó Nora. Marcel también. Se detuvo, y solo cuando observó su rostro, empezó a salir hacia el sol.
—No te creo.
—Pero es verdad.
La sonrisa de ambos prevaleció. El alivio momentáneo hizo que ella dejara de apretar sus muslos. Sus manos pudieron descansar en ello. Apartó la vista hacia el cielo. El viento arrastró las nubes hasta hacerlo ver despejado.
Entonces, arrastró una frase de ella:
—Creo que yo también tengo miedo.
Marcel no respondió.
Su mandíbula se apretó hasta hacerle desviar la mirada, no hacia el cielo, sino al suelo. Movió las manos sin darse cuenta, cerrándolas y abriéndolas en el aire.
Y un pensamiento le llegó sin poder detenerlo:
Si ella se va, me tendré que quedar aquí.
No era el miedo de ella lo que lo inquietó. Era eso. Que lo primero que pensara no fuera ella, sino en él. Sintió una punzada directo a su pecho.
—Quedarse aquí está dejando de ser una decisión. —Su voz salió más baja de lo que pretendía. —Estaba pensando en que...
Se interrumpió. Tragó saliva.
—... el desierto podría servir.
Las palabras salieron débiles, sin derecho a ser pronunciadas. Marcel la miró un segundo más de lo necesario y luego apartó la vista.
—De hecho—añadió, demasiado rápido—, yo también estaba pensando en ir al desierto.
Nora alzó la vista de golpe. Sus manos se quedaron quietas.
—¿De verdad?
—Sí. Si no estoy mal, la doctora Téllez debería de estar ahí. Quiero hablar algunas cosas con ella.
Dijo necesito, no quiero. Y, aun así, la fresa se sintió insuficiente.
No hubo respuesta inmediata. La sonrisa de ella que había tenido antes desapareció con una lentitud incómoda para Marcel.
—¿Pasa algo?
—No puedo irme así nada más. Tendría que hablar esto con Rohan y con Erick... y no sé cómo llegar hasta allá sin morir en el intento.
La boca de Marcel trató de abrirse para decir entonces no vayamos.
No lo hizo.
—Podríamos usar el convoy, ¿no?
—Es solo para misiones. No quiero quitárselos solo porque yo quiera irme.
El silencio cayó entre los dos, más pesado que antes.
Marcel suspiró. Acomodó el brazo y apoyó la mano sobre su mentón.
No volvió a levantar la vista. Trató de entrelazar sus dedos, pero el brazo no le respondió.
El murmullo de la gente siguió pasando, constante, indiferente. Nora no trató de hablar de inmediato. Se quedó mirándolo, no como quien escucha, sino como quien intenta entender.
Sus cejas se fruncieron apenas, no por enojo, sino por algo que no sabía en dónde acomodarse:
—No quiero que te quedes aquí solo porque yo tampoco sé qué hacer.
No fue una propuesta. Tampoco una disculpa.
Era lo más honesto que podía permitirse.
—No es como si fuera a pedírtelo.
Los hombros de ella se relajaron.
Respiró hondo. Su mano pasó por su cabeza, al lugar en donde solía estar la margarita, y la dejó ahí unos segundos. De alguna manera, creyó que tenía escrito algún nombre.
Luego, bajó la mano.
—Entonces... intentemos hacer lo posible para que pase.
No trató de sonar valiente.
Tampoco segura.
Solo honesta. Más hacia ella que a él.
Y por primera vez en esos días, Marcel sintió que el peso en su pecho y brazo no desaparecía... pero al menos dejó de aplastarlo.
Porque donde quedarse también da miedo, no existe solución limpia.
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un mundo oscuro, apocalíptico (12 caracteres), guerra contra una especie alienígena
Editado: 02.02.2026