Exsomnia: tres vidas, ninguna respuesta

Diez segundos tarde

El bosque era demasiado estrecho para huir.

Las raíces sobresalieron como trampas y los troncos se apretaron entre sí, obligando a Lyra a girar de lado para avanzar. Su respiración se desorientó.

El Guardia de Élite dio un solo paso al frente. No fue rápido. No fue brusco.

Pero los árboles crujieron igual.

Las colas carmesíes surgieron de su espalda por puro reflejo, agitándose entre las ramas, dejando vetas de sangre suspendidas en el aire. Al instante, el parásito reaccionó.

No ataques. No ahora. Respira. Mira cómo ataca.

Retrocedió, tropezando con una raíz. Su brazo derecho colgó, inútil, y el dolor le subió por el costado. El ardor llegó hasta sus ojos, los cuales cerró antes de arrastrarse por la tierra y volver a correr.

Detrás suyo, la figura metálica avanzó. No como curiosidad. Como evaluación.

La espada de energía fue lanzada con tal fuerza que el viento se inclinó. No hacia Lyra. Hacia una de las colas.

El corte no fue profundo, fue exacto. Agachó la cabeza, y el corte le arrancó un mechón de cabello. Gritó, no de dolor, sino de sorpresa: la cola cayó.

Rojo. Demasiado rojo.

El suelo volvió a inclinarse. Calor y olor a metal llenaron el aire. Igual que aquel día. El día que tuvo que ver su sangre correr.

Respira.

Su cuerpo no respondía.

Intentó moverse.

Respira.

Nada.

El rojo tapó cualquier sonido reconocible.

Creyó que el mundo se estrecharía en un túnel de ese color.

No puedes quedarte aquí.

Dentro de su cuerpo, la figura de hombre completamente blanco la sostuvo de los hombros.

—Mírame. —Una de sus manos, completamente ennegrecida, le sostuvo de la cabeza. El rojo se atenuó. —No es el mismo día.

Un paso. Torpe. Fue un reflejo tardío que hizo que sus otras dos colas la impulsaran entre árboles.

—Nada pasa a tu alrededor. No estás sola en este cuerpo.

El sonido empezó a volver.

Las cuchillas carnosas emergieron de su brazo izquierdo, torpes, defensivas. El Praex avanzó de inmediato. No persiguió a Lyra. La acorraló.

Las cortó una a una, cayendo con golpes carnosos y húmedos. Sus pasos cerraron opciones. Cada tronco se convertía en una pared. El visor metálico reflejó el rojo de la sangre suspendida, pero no reaccionaba a ella.

Va a cortar otra. No entres en pánico.

Lanzó una cola como látigo, sin apuntar bien. Solo quería distancia.

El filo inferior de la espada la enganchó.

Un tirón seco.

Fue arrastrada contra un árbol, el aire escapándole de los pulmones. Antes de que pudiera reaccionar, la empuñadura de la espada impactó contra su hombro izquierdo. No escuchó el crujir de sus huesos.

El mundo se volvió blanco por un segundo.

Cayó de rodillas.

—Rohan... —murmuró, sin saber si lo decía en voz alta.

El Guardia de Élite se detuvo frente a ella. Por primera vez, no atacó.

La espada descendió lentamente, el filo superior rozando otra de las colas, presionando apenas. No intentó cortar. Solo amenazar.

Quédate conmigo.

Yo estoy aquí, aunque tú no puedas estar.

La sangre comenzó a moverse sola, formando un escudo irregular, tembloroso. El esfuerzo fue demasiado. Lyra sintió el mareo llegar, espeso, caliente.

Retiró la espada. El filo inferior volvió a cortar al salir. Otra cola cayó.

Lyra se desplomó de costado, el cuerpo negándose a responderle. Su visión se nubló, y el mundo giró.

No remató. Alzó la espada. Era la última acción para terminar el procedimiento. Mantuvo la espada por unos momentos, como si esperara que algo sucediera.

Nada llegó. Nada apareció.

Pero hubo algo cuando decidió clavar la espada. Frente a él, a menos de un metro.

El Ángel sin Rostro.

Sostuvo su espada al revés. La empuñadura hacia abajo y el filo apuntando al cielo. No tenía rostro que evaluar. No tenía intención visible.

Solo corrección.

Lo vio durante una fracción de segundo. Suficiente para entenderlo. Insuficiente para reaccionar.

El Ángel alzó la espada. El PRAEX se movió, no por decisión. El filo pasó a centímetros de su eje central. Por reflejo. Y el mundo se partió sin sonido previo. El bosque explotó en una línea recta que dejó troncos abiertos como carne, raíces seccionadas, tierra hendida hasta mostrar roca viva.

El aire fue empujado hacia atrás con una violencia que dobló ramas antes de que estas entendieran que habían sido cortadas.

Su comunicador estalló. El visor metálico se resquebrajó con un chirrido seco, fragmentos volaron como escamas arrancadas. Parte de su máscara cayó al suelo, aún vibrando por la energía residual.

Llegó el silencio. Donde antes había metal pulido, quedó expuesto un ojo.

Azul.
Biomecánico.
Inmutable.

Evitó parpadear. Ni siquiera mostró miedo. Se negó, incluso así, a parecer humano.

Giró apenas la cabeza, y el Ángel ya no estaba.

Pero la marca sí.

En la roca que había quedado al final del corte, tallado con una precisión imposible, permanecía el símbolo de un ala: profunda, limpia, definitiva. Un sello.

Sin responder, se inclinó de golpe, tomó a Lyra del suelo y la cargó sobre su hombro. No como trofeo. Como se transporta algo que no debe romperse... todavía.

La sangre manchó su armadura mientras se lanzaba entre los árboles. Ramas se quebraron contra su cuerpo, y la estática del comunicador muerto resonó dentro del casco abierto, insistente, burlona.

La comunicación no había fallado. Había sido manipulada.

Y el Ángel no lo persiguió. No hacía falta.

El bosque se cerró detrás de ella como si nunca hubiese sido atravesado. Lyra seguía viva. Y el ala, grabada en piedra, no desaparecería.

—¡Lyra! —gritó Rohan en intercomunicador—. ¡Estoy cerca!

Estática.

Rohan no pudo esperar más. Corrió. Raíces golpearon sus botas, las ramas rasgaron su manga, pero no disminuyó el paso. El comunicador apretado contra su mano, intentando arrancarle una respuesta a la fuerza.




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