—¡Cierren las puertas! —gritó uno de los soldados, sin darse cuenta en qué momento ya habían entrado demasiados.
El humo salió cada vez que el cielo se abría con un ruido metálico. Los Praex avanzaron en formación dentro de las murallas, como si fuesen una sola persona.
Algunos de los habitantes ya habían cerrado las puertas de sus casas. Otros guardaron silencio, como si eso ocultara el exterior.
Pero cuando el primer cuerpo en una tienda de carne cayó, todo explotó.
Uno de los Comandantes vio, a lo lejos, un par de soldados puestos en fila que bloquearon la entrada principal.
En las paredes cercanas, un niño pudo ver sus siluetas. La madre cerró la puerta con fuerza antes de escuchar el primer estruendo.
—¡Apunten al Comandante! —resonó la voz quebrada de uno de los soldados. Alzó su espada, y la mano le tembló, como si su filo fuese incapaz de cortar el metal.
Los primeros disparos llegaron antes de que se dieran cuenta. Dos soldados cayeron al instante. El resto se cubrió detrás de las casas. Olor metálico a sangre llenó el aire.
Jalaron el gatillo de sus armas, pero cuando una de ellas rozó al Comandante, el resto de los Praex cercanos corrieron como animales hacia las murallas.
No les importaron los disparos. Por un momento demasiado largo, creyeron que no avanzaría y podrían retroceder.
Fueron reducidos a círculos de plasma que mancharon toda la pared. Los gritos cesaron por un momento. Solo quedó uno. Su mirada puesta en el líquido rojo.
Pudo ver la sombra metálica frente a él. La ignoró. Cerró los ojos. Por un microsegundo, soltó su arma.
Y entonces, se escuchó el sonido de un motor arrancando.
Erick dejó que su vehículo se estrellara contra el Comandante Praex y lo redujera a escombros. Saltó antes del impacto.
Su respiración pesada le hizo levantarse al instante. Mantuvo los dientes cerrados con fuerza, su arma en mano, y disparó hasta tumbar cinco Praex que tenía en frente.
¡Malditos!
Un segundo Comandante apareció por detrás. Lo empujó con fuerza suficiente para sacarle el aire de los pulmones contra la pared de una casa.
Bloqueó con su arma el siguiente impacto. La fuerza del biomecánico empezó a aplastarlo, el sudor cayéndole hasta los ojos.
Pero él ya no estaba impulsado solo por su pueblo.
Sus manos soltaron el rifle, se agachó y giró a su lado, haciendo que el Comandante chocara contra la pared por su propia fuerza. Tomó con rapidez su cuchillo de combate hasta clavarlo en la cabeza.
No le importó si no funcionaba. Siguió empujando mucho más profundo.
Solo dejó de presionar hasta escuchar gritos ahogados en la lejanía.
El cuerpo del Comandante cayó al suelo con un golpe fuerte; tomó el rifle. Fue directo con aquel soldado puesto de rodillas. Sostuvo su hombro:
—Respire. Míreme, Roy. Dispare después de mí.
Los ojos del soldado reaccionaron por un momento. Erick jaló el gatillo de su arma hasta tumbar a dos biomecánicos al frente. No logró que Roy cambiara de ánimo. Hizo que se levantara.
Frente a un campo repartido por cuerpos sin vida, metales biomecánicos y escombros, Erick no retrocedió. Se expuso lo suficiente para ser visto por todos.
—A mi señal.
Los Praex voltearon al instante hacia él. Disparos volaron por doquier, y una roca cerca fue lo único que lo cubrió.
Los arqueros, desde las murallas, lo observaron con los ojos abiertos.
—Si caigo, no se detengan.
Estuvo por hablar, pero notó que los disparos enemigos no eran los únicos.
—Quédense detrás de mí.
Soldados tras de él se cubrieron a su lado. Lo recibió un toque suave en su pecho que casi lo hace sonreír.
Cuando las balas parecieron detenerse por un momento, las flechas desde las murallas se tensaron.
—¡Fuego!
Miles de flechas azules volaron erráticamente, atravesando Praex, cuerpos sin vida y casas por igual. Los soldados se levantaron al instante como una avalancha humana.
Erick fue el primero en hacerlo. Vio un reflejo metálico dentro de una casa. Empujó la puerta. Cayó. El ruido hizo que una madre, con cuchillo en mano e hijos detrás suyo, volteara al instante.
Trozos de madera cayeron cuando un Comandante atravesó la pared. Erick corrió enseguida antes de que tomara su arma. Embistió hasta tumbarlo contra el suelo. Apuntó con su arma. Un disparo. Dos. Tres. El cuarto llegó por inercia.
—¡Huyan!
Dejó de verlos en cuanto salieron. Se cubrió contra la pared cuando disparos atravesaron las ventanas; el vidrio voló hasta parecer nieve filosa, dejándole un corte corto, pero profundo, en su mejilla.
—¡Coronel, baje la cabeza!
Una descarga eléctrica partió a la mitad el lugar. Mantuvo su respiración controlada, pero los residuos le erizaron la piel. Cuando alzó la mirada, vio a un hombre de dos metros.
—¿Marcel? ¿Cómo sucedió todo esto?
—Ataque sorpresa. Nadie estaba en posición.
—¿En dónde está Nora?
Justo por encima de un montículo de tierra que daba paso a las murallas, observaron la silueta de un hombre: Rohan. Este corrió sin voltearlos a ver, justo en la dirección por donde el Guardia de Élite se dirigía.
—Está resguardada en la trinchera.
—Síguelo. Me adelantaré después.
Marcel asintió, y Erick corrió entre los disparos hasta saltar por la ventana rota del Centro de Comando. Otros soldados hicieron lo mismo, cubriéndose tras las paredes de concreto.
—Cubramos las ventanas. Disparen si miran a alguno entrar.
El primero en colocar la primera tabla fue él. Luego le siguió Roy. El sonido seco del martillo marcó un ritmo constante, casi metódico. Uno, dos, tres golpes. Otro tablón. Otra ventana cubierta.
—Más arriba. Que no quede ningún hueco.
En menos de dos minutos, cada soldado había puesto al menos una tabla. La madera crujió bajo presión, pero resistía. Las rendijas se cerraron una a una. Desde dentro, el edificio se sintió más compacto, más protegido.
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un mundo oscuro, apocalíptico (12 caracteres), guerra contra una especie alienígena
Editado: 27.02.2026