Exterminio: El comienzo.

El catalizador:

Me levanto con extremo cuidado, tratando de hacer el menor ruido posible. Mis ojos, habituados a la penumbra de la noche, son capaces de discernir con claridad cada matiz de la densa vegetación que me envuelve.

Me desplazo con cautela, aprovechando mi excelente visión nocturna. La oscuridad ha cubierto el paisaje por completo, pero los arbustos que sobresalen a mi alrededor se presentan nítidamente ante mí. Estoy casi llegando a Alcázar, el lugar que considero mi refugio.

Esta pequeña edificación, una mezcla de hierro y hormigón, yace parcialmente oculta bajo la tierra, mimetizándose con el entorno. Antiguamente, este búnker sirvió como refugio, un hospital de campaña donde se vendaban las heridas de la guerra. Sus muros, testigos mudos de tiempos convulsos, me transmiten una sensación de seguridad y misterio que contrasta con el peligro que aún acecha.

La compuerta metálica cede con un chirrido que resuena en el silencio del búnker y me adentro en la oscuridad. La espesa vegetación oculta mi entrada, pero la sensación de vulnerabilidad me acompaña. Una vez cerrada la compuerta, el silencio es ensordecedor.

Soy recibido por las paredes de hormigón desnudo; el olor a humedad y metal me invade. Escudriño cada rincón: cajas apiladas, estanterías polvorientas y tuberías oxidadas forman un laberinto de metal y sombra. El tiempo se agota y cada segundo cuenta; el suero debe estar aquí, lo sé. Con movimientos rápidos y decididos, rebusco entre las cajas y los estantes; la desesperación se apodera de mí a cada instante.

El suero es mi única esperanza, un catalizador indispensable para mi organismo. Sin él, estoy condenado. La urgencia me empuja al límite; cada segundo que pasa me acerca al abismo. Reviso cada rincón con frenesí, desesperado por encontrar esa maldita ampolla.

Cada dos meses, la pesadilla se repite. La aguja, fría y metálica, se hunde en mi piel, un recordatorio constante de mi condición. Este líquido actúa como un catalizador y es mi única esperanza; sin él, mis células lentamente se corrompen, causando dolores agudos y una sensación de descomposición. La mutación es un reloj de arena que cuenta mis días, y este líquido es la única forma de detener la arena y la batalla por mantener mi humanidad.

—¡Maldición! —exclamo frustrado, revisando los estantes abarrotados de comida enlatada y municiones. Sin embargo, el kit que tanto necesito no aparece por ninguna parte.

Descarto los estantes. El escritorio, un caos de papeles amarillentos y documentos antiguos, es mi siguiente objetivo. Con movimientos bruscos, los desparramo por el suelo, levantando una nube de polvo. Necesito encontrar el kit, ¡ya!

Mi mirada se clava en una silla de hierro cubierta de polvo, y allí está: el kit, como un tesoro escondido.

Mis manos tiemblan al abrir el kit; la pequeña caja de metal se resiste a abrirse, como si quisiera ocultar su contenido. Al fin, cede, revelando una bandeja de espuma y una única jeringa. Una gota de sudor resbala por mi frente, tiene un solo uso, así que tengo un solo intento. Un nudo se forma en mi garganta. Es todo lo que queda; tendré que volver al laboratorio, arriesgarme de nuevo. La frustración me consume, pero la necesidad me obliga a seguir adelante.

Con cada paso, el peso de la fatiga en mis huesos se hace más evidente. Con movimientos lentos y cuidadosos, me acerco a la cama de campaña y me dejo caer con un suspiro. El algodón, gélido y húmedo, me produce estremecimiento; la simple tarea de limpiar la zona de la inyección se convierte en un suplicio.

La piel, irritada por días de uso excesivo, protesta ante el roce del algodón. Cierro los ojos y tomo una profunda respiración; el olor a alcohol llena mis fosas nasales ajusto la aguja de la jeringa.

El frío metal contra mi piel me pone alerta. Con un movimiento firme, introduzco la aguja y presiono el émbolo.

Con un temblor que me recorre el cuerpo, extraigo la aguja de mi piel. La adrenalina me inunda, y mi mano tiembla de forma incontrolable. La jeringa resbala y se estrella contra el suelo, su sonido metálico resonando en mis oídos. Una oleada de calor me invade, mis músculos se tensan al borde de la convulsión. La visión se me nubla, los objetos se distorsionan, y la realidad se desdibuja como un sueño.

Me sumerjo en lo más recóndito de mis recuerdos, aquellos que he mantenido ocultos y reprimidos en lo más profundo de mi ser.

“Me encuentro inmovilizado sobre una camilla, el cuerpo atado con correas que limitan cualquier movimiento. La habitación blanca, iluminada por focos fluorescentes, me ciega, clavándose en mis retinas. Mis brazos, conectados a un enjambre de cables y tubos, duelen con una intensidad sorda.

La sangre me abandona, arrastrada por tubos que se adentran en mi cuerpo. Las voces de los médicos, lejanas y distorsionadas, flotan en una niebla espesa. La máscara de oxígeno presiona mi rostro, dificultando cada respiración; soy como un muñeco desvencijado. El pitido monótono de la máquina me recuerda mi propia finitud.

—Es imprescindible que administremos otra dosis del catalizador y también de anestesia, ya que su organismo está expulsando la sustancia —exclama uno de los científicos, visiblemente preocupada.

Al escuchar sus palabras, giro mi rostro hacia la derecha. Observo cómo se mueven de un lado a otro con una increíble agilidad; sus batas blancas impecables ondean en el aire a la vez que se apresuran.

Una oleada de inquietud me envuelve, en un intento desesperado, me muevo con brusquedad sobre la camilla, tratando de desatarme de las ataduras que me mantienen inmovilizado.

—¡Sostenlo! —gritan a mi lado, intentando mantenerme en mi sitio. Me esfuerzo por moverme y ver quién es la persona que intenta sujetarme con fuerza. —¡APRESÚRENSE!

Trato de desatarme. Escucho el sonido de pisadas que se acercan, y mi instinto me dice que debo actuar rápidamente. Con esfuerzo, dirijo mi mirada hacia la fuente de ese sonido, pero lo único que consigo distinguir son sus zapatos: unos zapatos negros y brillantes que reflejan la luz.




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