Exterminio: El comienzo.

El tren:

—A ti no te importa —respondió con indiferencia, ocultando sus emociones.

—Eso es cierto —afirmé, a la vez que me acomodaba en un lugar cercano a la fogata. Ella toma un libro que yacía en el suelo, deshojó algunas de sus páginas y las arrojó al fuego, observando cómo las llamas las consumían.

—Durante mi niñez, solía ir al parque junto a mis padres y mis dos hermanos menores. Pasábamos largas horas jugando y disfrutando de nuestras aventuras al aire libre —su voz suena tenue y desprovista de entusiasmo—. En esa época, era una niña muy dinámica, llena de energía y vitalidad. Pero todo dio un giro inesperado cuando, al cumplir quince años, un virus surgió en el mundo, lo que llevó a organizaciones como la OTAN, la OEA y la ONU a determinar que, la seguridad de todos, era necesario implementar un aislamiento total en nuestro entorno.

Permanezco en silencioso, observando cómo un par de lágrimas se escapan de sus ojos. La situación me deja sin palabras y completamente incapaz de saber cómo actuar en este instante. Una extraña incomodidad me invade; a lo largo de mi entrenamiento, he sido preparado para quitar vidas sin experimentar el más mínimo remordimiento. Sin embargo, ahora me encuentro atrapado en una emoción que nunca pensé que pudiera sentir.

—Se pensaba que sería más fácil luchar contra el virus X de esta forma, pero nadie esperaba que todos comenzáramos a mutar tan rápido. Recuerdo claramente que el 7 de agosto de ese año, los científicos de los laboratorios Enhys decidieron crear una cura letal para el virus. Sin embargo, ninguno de sus intentos funcionó; solo lograron hacer que el virus se volviera más fuerte y resistente a cualquier tratamiento, acelerando las mutaciones.

Su voz adquirió un tono ronco, y su repentina acción me sorprendió. Se levantó de un salto y se dirigió hacia un estante antiguo, cubierto de polvo acumulado con el tiempo, donde lo golpeó con fuerza.

—Te aconsejo que dejes de compartir detalles personales conmigo —le sugerí con cautela—. No es necesario que me cuentes todo eso.

—Las pruebas con animales también comenzaron, eso fue el final; el virus X había cruzado todos los límites, nunca pudieron pararlo —ríe con tristeza a la vez que narra—. Tenía dieciocho años cuando esas criaturas horribles salieron de los laboratorios Enhys. Recuerdo cómo una de esas criaturas mató a mi familia sin compasión.

Ante su dolorosa narración, le pido por segunda vez a April que detenga su relato.

—La última vez que vi a mis padres fue en la noche. Estábamos a punto de tener una cena familiar, como ya era costumbre. Un grupo de experimentos irrumpió en la casa —me mira con los ojos enrojecidos por el llanto—. Mi padre fue el primero en morir, se interpuso para protegernos, pero no fue suficiente. Luego, fueron tras mi madre, quien luchó hasta su último aliento por nosotros, viendo a mis hermanos y a mí con vida.

Se separa del estante y se dirige con pasos pausados hacia la fogata encendida, la contempla con pesar y exhala un profundo suspiro, para después dejarse caer en el suelo.

—Agarré a mis hermanos de la mano y escapé con ellos de nuestra casa. Nos refugiamos en un sótano de una vivienda deshabitada, donde permanecimos ocultos durante toda una semana. Sin embargo, desgraciadamente, mi hermano más pequeño empezó a mostrar síntomas de enfermedad. Fue solo cuando ya había pasado mucho tiempo que comprendí que estaba infectado con el virus X. Hubo un momento en el que tuve que enfrentar una de las decisiones más difíciles de mi vida: poner fin a su sufrimiento. La culpa me abruma y me siento horrible por lo que hice —susurra entre lágrimas.

—Era una cuestión de supervivencia, no tenías otra alternativa —le respondo con total honestidad.

—Mi segundo hermano murió a causa de una de esas criaturas —dice con voz temblorosa, como si cada palabra le costara un esfuerzo monumental—. Estábamos tratando de huir de ellas cuando su pie se quedó atrapado en algo.

Yo no pude detenerme para ayudarlo, y fui testigo de cómo lo devoraban sin compasión —continúa murmurando, con la mirada perdida en un recuerdo doloroso—. Antes de que muriera, le prometí que encontraríamos la última civilización humana.

—Te sugiero que intentes descansar un poco más —se forma un silencio incómodo—. Yo te avisaré cuando sea momento de irnos de aquí. Además, antes de buscar la civilización, necesitaremos hacer una parada —ella asiente—. Saldremos mañana por la mañana.

Debo salir en busca de alimento para satisfacer mi necesidad de nutrirme, ya que mi cuerpo está más debilitado de lo habitual. Con cautela, me deslizo por la parte trasera de la biblioteca, prestando especial atención a los sonidos que me rodean para identificar a mi presa ideal.

A unas pocas millas de distancia, capto el sutil sonido de los pasos de un pequeño ser que parece estar alimentándose. Es fundamental que aproveche esta inusual situación en la que se encuentran estos seres; sin embargo, debo tener cuidado de no caer en ninguna trampa que pudieran haber dejado.

Me dirijo al lugar donde se halla ese pequeño mutante. Con cuidado, me oculto entre la densa vegetación que lo rodea y comienzo a observarlo detenidamente. Su vulnerabilidad y tamaño reducido me llaman la atención, no puedo evitar reflexionar sobre la mejor manera de llevar a cabo su eliminación.

Su cuerpo, delicado y frágil, sus diminutas orejas y su caminar torpe lo convierten en una criatura aún más inofensiva de lo que ya parece.
Disparo a la criatura con precisión, su cuerpo se desploma inerte al suelo.

Después de asegurarme de que ya no representa ninguna amenaza, me acerco lentamente a al cadáver. Con cuidado, me agacho y extiendo las manos para tomar su cuerpo entre mis dedos, sintiendo el frío contacto de su piel. Lo levanto con solemnidad.

Giro sobre mis talones para regresar hacia la biblioteca, evitando que los experimentos y demás mutantes se acerquen debido al ruido. Aparto la tabla de madera para poder pasar y la vuelvo a colocar en su lugar. Al comenzar a caminar, me encuentro con la chica observándome con los brazos cruzados.




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