Extinción, la resistencia avanza.

∞ • Adiós al frío invierno (Extra) •

Nación de My—Trent.

Año 302 después del la tercera guerra mundial.

CLEMATIS

Había sido un año complicado, la guerrilla interna que se desató en contra del yugo de Giorgio Wolfgang, había costado muchas vidas inocentes en el proceso. Pero luego de dos meses de haber conseguido derrotar al tirano, en cierta forma, por fin lográbamos disfrutar de algo de paz.

Al igual que cada seis de octubre nos encontrábamos frente al monumento que había mandado a erguir en memoria de los caídos, y la gente del pueblo fiel a la memoria de sus muertos, venían puntuales a dejar diversos arreglos florales para conmemorarlos.

Dirigí la ceremonia al igual que siempre, y luego de brindar algunas palabras, los aldeanos me acompañaron a pedir por las almas de aquellos valientes que entregaron la vida, con tal de traer finalmente la libertad a todos los habitantes de My-Trent.

Las repercusiones de la batalla aún eran palpables en la nación. La producción de alimento era lenta, los almacenes de comida poco a poco iban agotándose, y las naciones que aún se mantenían leales al tirano de Giorgio Wolfgang, simplemente le habían dado la espalda al pequeño pueblo, ya que el hijo de su antiguo amo y señor había abdicado al puesto y le había cedido el control absoluto de la nación a una humana.

Pero no todo el panorama era obscuro, la familia Hanton y sus aliados se habían mostrado más que dispuestos a ayudarnos por haber peleado codo a codo en la batalla, y esto permitía que mi hogar se mantuviera con vida, y pudiera volver a renacer de los escombros.

En cuanto la ceremonia terminó caminé en dirección al monumento que irguieron en conmemoración de mi hermano. Zefer y Argon se encontraban allí, al captar mi aroma gracias a su sentido del olfato desarrollado, voltearon a observarme y me sonrieron.

—A veces me cuesta pensar en todo lo que ha pasado hasta el día de hoy —dije mientras me posicionaba al lado de Zefer.

Observé nuevamente el monumento y acaricié la superficie de mármol tallado, luego, deposité un pequeño ramo de flores debajo.

—Agradezco que incluyeran el nombre de mi padre en el monumento —me dijo Argon desde atrás.

—No tienes porque agradecernos —le respondí mientras sonreía—. Le debo mucho a tu padre, Argon, lo menos que podía hacer era preservar su memoria.

Argon sonrió y depositó un ramo de Lirios justo debajo de la inscripción donde figuraba el nombre de su padre “Rier Hanton”. Zefer, por su parte, únicamente observaba el monumento con la mirada perdida.

Desde que Giorgio había sido derrotado, Zefer se encargó de llevar el cuerpo de su propio padre al mausoleo de su familia, pero desde ese día, nunca más había vuelto a pisar ese lugar, inclusive, le pidió a los sirvientes del palacio que no le brindaran mantenimiento a ese lugar, y que permitieran que quedara poco a poco en el olvido.

No podía culparlo por querer enterrar a Giorgio en su pasado. Su propio padre lo había arrimado a cometer actos que jamás se hubiera imaginado, y en consecuencia, había provocado una herida tan profunda en él, que, por más que tratara de mostrarse indiferente, yo lograba darme cuenta de que el fantasma de Giorgio aún seguía rondando por su mente.

En cuanto Argon terminó observó a Zefer con poco disimulo y luego volteó a observarme.

—Tengo algunas cosas que hacer en el pueblo —me informó aunque su actitud era por demás extraña.

Antes de irse, Argon se detuvo frente a mi y me brindó un fuerte abrazo. No recordaba cuándo fue la última vez que lo hizo, así que no pude evitar sorprenderme. En cuanto se separó, me sonrió con los ojos achinados y me proporcionó una sonrisa radiante.

—¿Vamos? —Zefer estiró su mano y yo entrelacé sus dedos con los míos.

Antes de regresar aún nos quedaba un lugar por visitar.

Zefer y yo caminamos sin prisa al lugar donde reposaba el cuerpo de nuestra pequeña hija, cuando los demás ya no nos veían, él rodeó con uno de sus brazos mi cintura y me apegó un poco hacia él para que sintiera su compañía.

—¿Clematis, te sientes bien? —preguntó mientras sentía mi cuerpo temblar.

—Lo estoy, es solo que… a veces pienso…

—¿En ella? —no necesitaba completar la oración, Zefer sabía perfectamente a que me refería—Yo también la pienso constantemente —confesó cabizbajo— Sé que nada en este mundo podrá reemplazarla…

Al llegar ambos nos arrodillamos frente a la pequeña placa donde figuraba el nombre de nuestra amada Camelia. Zefer entrelazó nuestros dedos y juntos dejamos un pequeño ramo de flores blancas encima del montículo de tierra como ya tantas veces habíamos hecho desde que nos encontrábamos en My-Trent.

Comencé a llorar. Por más que el tiempo pasara jamás podría olvidarla. Me había sido arrebatada desde antes de su nacimiento, jamás tuve la oportunidad de expresarle cuanto la amaba, pero estaba segura de que donde sea que ella se encontraba, lo sabía, y también sabía cuánto amor su padre hubiera tenido para ofrecerle.

Al terminar, ambos nos pusimos de pie. Zefer sujetó mi rostro entre sus manos, besó mis mejillas para llevarse consigo los restos de las lágrimas, y posteriormente depositó un casto beso sobre mis labios. Lo abracé con fuerza, y él me correspondió con la misma intensidad expresando de esa forma el inmenso amor que sentíamos el uno por el otro.

Entrelazamos nuestros dedos y comenzamos a recorrer nuevamente el sendero del bosque. Zefer me observaba cada cierto tiempo y podía distinguir su nerviosismo, por alguna extraña razón sus mejillas se encontraban sonrojadas y no lograba sostenerme la mirada.




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