A pesar de que la vida de Matvey había dado un giro radical y sus prioridades habían cambiado, no podía dejar de lado el tema de la seguridad y la protección de instalaciones. No era solo una curiosidad profesional, sino su pasión, casi un hobby. Pero no se trataba de una simple colección de maquetas de aviones o de sellos, sino de un verdadero reto intelectual que mantenía su mente despierta y lo inspiraba a encontrar soluciones innovadoras.
Le interesaba especialmente un avance en el campo de los sistemas de seguridad: no alarmas mecánicas ni cámaras de vigilancia, que se habían vuelto comunes desde hacía tiempo, sino sistemas inteligentes y adaptativos capaces de registrar eventos, analizarlos, predecirlos y prevenirlos. Y Matvey lo comprendió claramente: en el mundo moderno, no basta con poseer información; es necesario comprenderla, comprender su estructura, lógica y relaciones.
A menudo citaba el ejemplo de los códigos QR. Algo simple a primera vista, pero con una gran funcionalidad: una cantidad concisa de información que se puede transmitir en un instante. Para Matvey, esto fue un descubrimiento y una confirmación de la idea de que las nuevas tecnologías pueden simplificar significativamente la vida. Pero no idealizó la situación: la abuela que vino a la base a buscar un cubo barato no sabía nada de códigos QR y ni siquiera tenía un smartphone. Simplemente preguntó: "Hijo, ¿dónde está la empresa aquí para que sea más barata y con descuento?".
Esta se convirtió en otra conclusión importante para Matvey: no hay que agobiar a un cliente potencial con dificultades técnicas. Al contrario, todo debe ser sencillo, accesible, comprensible y atractivo. Si una persona es cómoda y rentable, volverá. Y esto no solo afectaba al comercio, sino también a los sistemas de seguridad: debían ser imperceptibles, pero eficaces. Nada de restricciones innecesarias, solo ayuda, mejora y sensación de seguridad.
Como Matvey era y sigue siendo una persona creativa, no podía renunciar a la experimentación constante. Sus pensamientos se dirigían cada vez más a la inteligencia artificial. No como una amenaza, como suele retratarse en las películas, sino como un socio. Consideraba imprudente e incluso peligroso ignorar el potencial que ya estaba en manos humanas gracias a la IA. Por lo tanto, Matvey buscó formas de cooperación tecnológica con la IA; no fantasías, sino proyectos reales que pudieran aportar beneficios. Uno de estos proyectos fue el análisis y la reformulación de las funciones de seguridad. Matvey puso todo en orden. Vio claramente que lo principal es la prevención. Es mejor prevenir un delito que lidiar con sus consecuencias más adelante. Y todo comienza con el paso. Desde el lugar donde una persona cruza el límite de las instalaciones. ¿Quién es? ¿Por qué vino? ¿Cuáles son sus intenciones?
Y aquí es donde entró en juego la IA.
Matvey desarrolló el concepto de usar inteligencia artificial para clasificar automáticamente a los visitantes. Utilizando la base de datos acumulada y algoritmos de análisis de comportamiento, cada huésped recibió una categoría condicional: "deseable" (clientes habituales y confiables), "de riesgo medio" (aquellos que necesitan vigilancia), "indeseable" (infractores conocidos o potencialmente peligrosos) y, finalmente, "prohibido" (aquellos a quienes se les niega la entrada debido a infracciones graves en el pasado).
Esto no era discriminación, como podría pensarse, sino prevención: considerar hechos reales, sin emociones ni sesgos humanos. La IA no tenía preferencias ni desagrados; analizaba exclusivamente datos, lógica y la secuencia de eventos. Y esto, según Matvey, era la mejor manera de garantizar la honestidad y la objetividad del sistema de seguridad, al menos en este caso. Porque un análisis estricto sin tener en cuenta el factor humano no es adecuado para todo. En este caso, todo era perfecto y Matvey, como persona para personas, así lo decidió.
Esta cooperación entre el hombre y la IA, en su opinión, era ideal: cada uno hace lo suyo. El hombre es el iniciador, creador, analista, según la voluntad de Dios, y la IA es una poderosa herramienta, asistente, ejecutora. Juntos crearon un sistema que no solo era funcional, sino también éticamente equilibrado.
Matvey comprendió que, por ahora, era solo su afición. Pero ¿quién dijo que una afición no puede cambiar el mundo?