Extraordinario en la vida ordinaria

Capítulo 70 ¿Qué son los hijos adultos?

En algún momento, la vida de Matvey se volvió un poco más tranquila. Todo iba bien, las deudas estaban bajo control, personas de confianza ayudaban con proyectos comunitarios y las preocupaciones diarias ya no lo agobiaban tanto. Así que, cuando se vislumbraba un breve respiro entre asuntos, decidió aprovecharlo para ver a lo más preciado: su familia.

Junto con Valentina, fueron a Kiev a pasar el fin de semana con su hijo, Oleksandr. La capital, como siempre, impresionaba con su ritmo, sus altos edificios y la multitud de gente corriendo a todas partes. Pero entre tanto ruido, el momento más importante fue cuando vieron a su hijo: sonriente, enérgico, un poco delgado, pero feliz.

Oleksandr los recibió con cariño y los llevó a un restaurante con vistas panorámicas al Dniéper. La velada fue agradable, llena de conversaciones. El hijo habló con entusiasmo de su trabajo, de cómo crea páginas web, de cómo promueve proyectos, de cómo no se trata solo de "hacer clic en el teclado", sino de verdadero arte, de creatividad. Sus ojos brillaban de pasión por su trabajo, hablaba con pasión, y esto no podía sino complacer a sus padres.

Pero... Matvey y Valentina, como verdaderos padres, esperaban algo más. Querían oír: «Mamá, papá, estoy enamorado... estamos pensando en casarnos... quizá pronto se conviertan en abuelos». Pero no se oyeron tales palabras. Cuando Valentina, con cautela, inició una conversación sobre su vida personal, Alexander se limitó a sonreír y dijo:

— Pero ahora no es el momento... Quiero hacer tantas cosas. La familia es para después, cuando tenga más tiempo...

Matvey sintió una ligera tristeza. Parecía que hablaban idiomas diferentes. Los padres vivían con el corazón, los recuerdos y las tradiciones familiares, mientras que su hijo vivía en un mundo de ideas, plazos y proyectos digitales. Pero a pesar de ello, el encuentro fue sincero, y el corazón de Matvey se llenó de calidez: su hijo había crecido, era independiente, honesto y vivía según su conciencia. Y lo demás llegaría con el tiempo.

De regreso a Rivne, Matvey no se detuvo. El siguiente paso fue visitar a su hija, Oksana. Ya no era Kiev, sino la lejana Alemania, la ciudad de Ehingen, situada a orillas del pintoresco Danubio. El camino era largo, pero la ilusión del encuentro lo hizo fácil.

Oksana los recibió con su esposo Dieter: felices, tranquilos y hermosos. La casa en la que vivían era como de ensueño: pulcra, con flores en las ventanas y una amplia terraza que olía a café y pasteles recién hechos. Dieter resultó ser un hombre muy sincero y atento. Trataba a Matvey y Valentina con respeto, les organizaba excursiones y les presentaba a su familia: sus padres, la amable Gisela y el bondadoso Tim, así como sus hermanos, Albert y Andriana.

Todo a su alrededor estaba tan tranquilo y ordenado que a Matvey se le encogía el corazón de vez en cuando, no por envidia, sino al pensar que su hija ya se había arraigado por completo allí, en un país extranjero. Hablaba alemán, bromeaba, pedía café, resolvía problemas con naturalidad y naturalidad, como si siempre hubiera vivido allí.

"Ya es alemana", dijo Valentina en voz baja una noche cuando se quedaron solos.

"Pero es una alemana feliz", respondió Matvey. "Y eso es lo principal".

Y, efectivamente, la felicidad de Oksana se notaba en todo: en su mirada, en su voz, en la forma en que Dieter le cogía la mano. Matvey estaba feliz por su hija. Lo único que eclipsaba su alegría era que él y Valentina nunca tendrían nietos. Y aquí también resonaba la cantinela de siempre: "Todavía no es el momento. Aún no estamos listos".

Por la noche, mientras todos estaban sentados en la terraza, bebiendo vino y escuchando el tranquilo fluir del Danubio, Matvey pensó en ello. Sus hijos se habían convertido en adultos. Cada uno tenía su propia vida, sus propias metas y prioridades. Ya no eran los pequeños a los que se podía abrazar, enseñar y decirles cómo vivir mejor. Eligieron su propio camino. Y era difícil aceptar que ya no eras la persona principal en sus vidas. Pero esta era la mayor prueba de que habían crecido correctamente.

A la hora de despedirse, Matvey abrazó a Oksana un buen rato. No le pidió nada, no la convenció. Simplemente dijo:

—Eres feliz, y para un padre, esto es lo más importante.

El viaje había terminado. Regresaban a Ucrania, su tierra natal, dura, pero tan familiar. El viento de sus campos natales los abrazaba y les frotaba los ojos. Y en el corazón de Matvey ardía una importante comprensión: los hijos adultos no son aquellos que aún les deben algo a sus padres, sino aquellos por quienes ya no hay que preocuparse. Porque ya están en camino.




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