A la mañana siguiente, tras aquella silenciosa oración en la iglesia, Matvey se despertó de noche. No podía dormir; soñaba con algo inquietante, el eco del dolor ajeno. Se levantó, se lavó con agua fría, bebió una taza de té y salió de casa justo cuando el sol estaba a punto de asomar la franja gris del horizonte.
La parada de autobús estaba vacía. Solo una fina niebla se arremolinaba sobre el asfalto, y la frescura llegaba de los prados. Matvey se sentó en un banco y observó cómo la luz de la mañana rozaba las copas de los árboles. En esos momentos, siempre le parecía que Dios hablaba a la gente no con palabras, sino con esa luz, sencilla pero viva.
Y justo entonces oyó unos pasos silenciosos y vacilantes detrás de él. Se giró y vio a Iván. El mismo Iván del que todos en el pueblo hablaban a la vez: primero había sido tractorista, luego conductor, y luego... luego había caído en decadencia. Algunos decían que había bebido tras la muerte de su esposa, otros que era por deudas, otros que él era el culpable de sus problemas. Fuera como fuese, Iván se había convertido hacía tiempo en la personificación de la debilidad humana.
Tenía mal aspecto: delgado, con los hombros encorvados y las manos ligeramente temblorosas. En sus ojos no se veía ira ni agresión, sino un profundo cansancio, como si llevara un saco de piedras a la espalda y no pudiera quitárselas de encima.
"¿Puedo estar contigo un momento?", preguntó tímidamente, sin siquiera mirarla directamente.
"Quédate de pie", asintió Matvey. "Aquí no está prohibido. Todos tienen derecho a amanecer".
Permanecieron uno al lado del otro, en silencio. Cinco minutos, diez. Solo se oía el ladrido de un perro a lo lejos y el crujido de la puerta del jardín del vecino.
Iván suspiró profundamente, como si estuviera recogiendo fuerzas. Y entonces soltó:
"Tengo un hijo". No quiere verme. Dice: "Has tenido la culpa de todo, toda tu vida". Y yo... no sé qué hice mal. Quizás no supe hacerlo de otra manera. Quizás fui débil. Quizás fui estúpido.
Matvey se giró hacia él y lo miró a los ojos. Realmente no había enojo. Había una petición que temía expresar en voz alta.
"¿Por qué me dices esto?", preguntó Matvey con calma.
Iván se encogió de hombros y bajó la cabeza.
"Porque la gente decía... que ayudas. Pero solo a los que aún no han desaparecido del todo. Fue entonces cuando pensé: ¿quizás aún no he desaparecido?".
Esas palabras le llegaron al corazón a Matvey. Había una verdad tan simple y amarga en ellas que por un momento no supo qué responder.
Lo pensó y luego dijo lenta y claramente:
"Si te digo que tu vida puede ser diferente, ¿lo creerás?". Iván sonrió con amargura:
—Ya no confío en nadie. Pero… lo intentaría.
—Entonces escucha —dijo Matvey con firmeza—. Mañana, a las nueve en punto, irás al pueblo a ver a Nikolay Sych. Tiene una casa vieja; el tejado y el jardín necesitan reparaciones. Dirás que es de Matvey. El trabajo es duro, pero honesto. Si lo consigues, en dos semanas será diferente. No prometo nada. Pero hay un camino. Tienes que recorrerlo tú mismo.
Iván no respondió. No me dio las gracias, no lloró. Simplemente asintió levemente y se fue, aunque de alguna manera con más calma que cuando llegó.
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Al día siguiente, a las nueve en punto, estaba allí. Llegó con unas herramientas viejas que le habían prestado unos amigos. Trabajó en silencio, sin quejarse, hasta la noche. Los vecinos observaban con asombro: Iván, que apenas el día anterior había estado tumbado bajo la tienda, ahora cargaba ladrillos y reparaba el tejado.
Pasaron los días. Una semana. Un segundo. Iván no se rindió. No se emborrachó. Se mantuvo firme en su trabajo hasta el último minuto, incluso con las manos temblando de cansancio.
Y un mes después, ocurrió un milagro: llamó a su hijo por primera vez en muchos años. Al principio, no quería contestar el teléfono, pero oyó la voz de su padre: sobria, no borracha, tranquila. Y la conversación tuvo lugar. Breve, contenida, pero sincera.
El trabajo empezó a encontrar a Iván por sí solo. La gente vio los cambios en él: que trabajaba con honestidad, que no hacía trampas, que tenía las manos doradas. Y dejaron de evitarlo como antes.
Un día, ya en pleno verano, Iván se acercó a Matvey en la parada del autobús. Sus ojos brillaban con algo nuevo: el cansancio seguía ahí, pero la esperanza ya crecía por encima de él.
—No sé cómo pasó —dijo—. Pero desde aquella mañana, cuando me oíste, es como si se hubiera abierto la puerta. Y ya no quiero volver.
Matvey sonrió.
—No soy yo, Iván. Es Dios. Simplemente callaba cuando lo necesitaba y hablaba cuando lo necesitaba.
Iván suspiró profundamente. Y esa noche, por primera vez en muchos años, también fue a la iglesia. Se quedó en el porche, avergonzado de ir más lejos, pero escuchó el sermón. El sacerdote habló de la misericordia, de que el Señor no da según los méritos, sino según el arrepentimiento y la fe. Iván lloró en silencio, para que nadie lo viera. Porque sabía que Dios espera buenas intenciones de ti, y todo lo demás te lo dará.
Y Matvey se sentó en su banco de siempre. Y en su alma resonó una silenciosa gratitud:
> La bondad no son obras grandiosas. Es la capacidad de ver a una persona por su culpa. Y darle una oportunidad.
Entonces pensó en una cosa más:
> Los verdaderos cambios no se hacen ruidosamente. Crecen como un grano en la tierra, en silencio. Pero producen una cosecha que lo cambia todo.
Y desde ese momento, Matvey no tuvo dudas: un nuevo camino se había abierto para Iván. Un camino difícil de seguir, pero que merecía la pena.