Extras •ceo malo•

EXTRA 1(⁠✿⁠^⁠‿⁠^⁠)

BASTIAN

El día por fin llegó.

Intenté mantenerme tranquilo, respirar con calma, pero me era imposible. La ansiedad me carcomía. Cada segundo se sentía eterno, cada respiro era un recordatorio de que en cualquier momento seríamos una familia de cinco.

Sostenía la mano de Andrea con fuerza. Ella, mi vida entera.

Me miró con esos ojos llenos de amor y, con una sonrisa, intentó calmarme sin decir una palabra.

—Gracias… gracias por darme otro hijo —murmuré con la voz cargada de emoción, inclinándome para dejar un beso en sus labios dulces y cálidos.

Su respiración tembló contra la mía y, por un momento, sentí que el mundo entero desaparecía.

—No sabes lo que siento cada vez que te refieres a mis hijas como tuyas —susurró, con una ternura que me estremeció hasta los huesos.

—Lo son, Andrea. Sabes que son mías —afirmó con convicción, mirándola a los ojos, dejando claro que nada ni nadie podría cambiar lo que siento por ellas.

Un gemido de dolor la interrumpió. Su mano se aferró con más fuerza a la mía, y sentí sus uñas clavarse en mi piel.

—Tranquila, amor… respira —le pedí, inclinándome para acariciar su frente sudorosa.

El doctor revisó rápidamente y asintió.

—Estamos listos. El bebé está en posición.

Andrea jadeó y dejó caer la cabeza contra la almohada.

—Vamos, vida… —susurré, dejando un beso en su frente—, en solo segundos tendremos a nuestro hijo. Dios…, vida, te amo.

Las lágrimas cayeron sin control, pero Andrea, aún en medio del dolor, las limpió con una caricia.

Lo que siguió después fue un infierno y un milagro al mismo tiempo. Gritos, esfuerzo, más dolor del que podría soportar verla sufrir. Mi mano casi fracturada por la fuerza con la que Andrea se aferraba a mí. Y entonces, finalmente…, el sonido más hermoso del mundo llenó la habitación:

El llanto de nuestro bebé.

Mi pecho se apretó, y por un momento, olvidé cómo respirar. Era tan pequeño. Tan perfecto. El cabello oscuro como el de Andrea cubría su cabecita, y cuando finalmente sus ojos se abrieron, me quedé sin palabras.

«Los mismos ojos de Bel» .

Lo colocaron sobre el pecho de Andrea, y el bebé dejó escapar un sonido diminuto, casi como un ronroneo de gatito buscando calor.

«Mi hijo»

La emoción me sobrepasó, sentí un nudo en la garganta y el corazón latiéndome fuera del pecho.

—Bienvenido al mundo, Beckett Verne… —susurré con la voz rota de amor, incapaz de contener las lágrimas.

Andrea sonrió débilmente y llevó su mano a mi mejilla, acariciándome con dulzura.

—Tienes a la mejor mamá…, y las hermanas mayores más controladoras del mundo —añadí con una sonrisa trémula mientras besaba la cabecita de mi hijo.

Sentí su respiración cálida contra mi piel y, en ese instante, supe que no había nada más grande en mi vida que esta familia. Pero mi mente no pudo evitar divagar por un instante.

«Las niñas.»

Nueve meses explicándoles, incluyéndolas en todo, intentando calmar sus celos…, pero desde el momento en que supieron que sería un varón, todo se salió de control. Dios…, nos ayude a que lo acepten. Miré a Andrea, que observaba a Beckett con una adoración infinita, y supe que sin importar lo que pasara, estaríamos bien.

Porque ella es mi hogar y las niñas son mi todo.

El ambiente en la habitación es tranquilo, pero puedo sentir la tensión. Andrea parece relajada, sin dolor alguno, pero sé que en su interior está igual de nerviosa que yo. Estamos esperando a las niñas. El aire se siente denso. Nueve meses enteros tratando de prepararlas para este momento, y aún así…, no sabemos qué esperar.

La puerta se abre con un leve chirrido. Débora entra primero, con una sonrisa serena, sosteniendo a Mía en brazos. Mi pequeña malcriada se aferra con fuerza a su cuello, su rostro escondido contra su hombro, negándose a mirarnos. Detrás de ellas, Dan empuja suavemente a Bel para que entre a la habitación. Mi princesa tiene los brazos cruzados sobre el pecho, el ceño fruncido y los labios apretados en una mueca que intenta ocultar su incomodidad. Dan, a su lado, apenas puede contener la risa.

En nueve meses, todos nuestros esfuerzos fueron en vano. Algunas veces parecían ilusionadas, pero otras… Otras nos dejaban claro que la llegada de Beckett no les hacía gracia en absoluto.

—Debe ser feo igual que el tío Dan —gruñe Mía desde el refugio de los brazos de Débora.

—O tal vez es arrugado como una pasa, como el abuelo —bromea Bel, aunque su voz suena más nerviosa que burlona.

Sonrío con ternura y, sin apresurarme, me acerco a ellas con Beckett en brazos. Cuando los ojos de Bel finalmente se posan en su hermano, su expresión se suaviza por completo.

—Es…, es hermoso —susurra, su voz temblorosa—, se parece a ti, papá.

Y entonces la veo desmoronarse.

La acerco a mi pecho sin pensarlo dos veces, rodeándola con un brazo mientras con el otro protejo al bebé. Mi pequeña, mi valiente niña, acaba de rendirse ante la realidad. Mía, al vernos, finalmente decide bajar de los brazos de Débora y se acurruca a mi costado, como si quisiera formar parte del abrazo sin admitirlo en voz alta.

Mi corazón se encoge.

—Es tan chiquito… —murmura Mia, con un dejo de asombro en su voz. Finalmente cediendo a la curiosidad.

Extiende un dedo con timidez y toca la diminuta manita de Beckett, observando fascinada cómo sus deditos intentan cerrarse en torno a ella.

—Se parece a ti, papi… —susurra con un dejo de orgullo, antes de fruncir el ceño de nuevo—, tiene los ojos de Bel. ¿Por qué yo no tengo tus ojos?

Por un segundo, todo en mi mundo se detiene.

Siento un nudo en la garganta, y el aire parece abandonarme por completo. Mía es demasiado pequeña para entender que, aunque no compartimos la misma sangre, ella es mía tanto como lo es Bel.

Antes de que pueda responder, Bel se inclina hacia ella con una sonrisa.




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