CASTEL.
2 semanas después de llegar a Lypantopia...
—Otra vez confundiste el cuchillo de postres con el de la carne —habló la madre de Ossian con seriedad, observándome desde su sitio en la mesa, con su aura imponente, que el vestido vino y la reluciente corona que usaba, solo acentuaban.
La tensión en mis hombros aumentó, al igual que las ganas de salir corriendo hasta la habitación del príncipe.
—Lo siento, majestad —respondí, esforzándome porque mi rostro no delatara el estrés que sentía en ese momento—. Es que son muy parecidos —añadí, mirando los ordenados cubiertos que estaban sobre la mesa.
—Claramente, uno es más largo que el otro —debatió la mujer, levantando ambas cejas y aun mirándome con desaprobación.
Mi estancia en Lypantopia comenzaba a tornarse un tanto agobiante. Si bien antes de abandonar Bedland, ya había considerado que sería así. El hecho de pasar las mañanas junto a Ossian visitando los alrededores del reino o simplemente caminando en los jardines del castillo me habían hecho olvidar el gran cambio por el que atravesaba mi vida.
Conversar con Ossian, se convertía cada vez más en una de mis actividades favoritas. Aunque, casi siempre era él quien hablaba, me gustaba oírlo parlotear de lo que sea que se le cruzara por la cabeza, lo que era gracioso, porque cuando lo conocí, lo único que queria, era encontrar una forma de que se callara. Pero, ese día en específico, apenas y nos habíamos visto, y solo intercambiamos un par de palabras. Él y su padre salieron desde muy temprano en uno de los carruajes, para ir a uno de los pueblos que estaban a las orillas del reino.
Se suponía que regresarían por la tarde, y que ambos cenaríamos con los reyes, pero una fuerte tormenta se había desatado, por lo que era muy seguro que no volverían hasta la noche o inclusive hasta la mañana siguiente, así que por esa razón la reina y yo nos encontrábamos en una especie de clase de modales.
—Solo debo observarlos un poco más para aprender a diferenciarlos —la miré, intentando sonreírle con amabilidad, pero ella no cambió su expresión. —No hace falta que permanezca aquí conmigo, majestad. Seguramente tiene cosas más importantes que hacer o está cansada.
—¿Piensas que voy a dejarte solo con mi vajilla de plata? —soltó y me miró como si yo fuera estúpido. —Ni creas que permitiré que termine en una caja de piedad.
Una parte en mi interior se sintió ofendida, pero a la otra aquel comentario le pareció gracioso. Era consciente de que sería difícil que ella o el rey me aceptaran y dejaran a un lado mi pasado. Incluso yo desconfiaría de mí, si estuviera en su posición, aunque, para ese punto, nunca haría algo que pudiera herir o molestar de alguna forma a Ossian. Mucho menos robarle.
—Majestad, no pienso hurtar sus cubiertos —dije con tranquilidad; sin embargo, no pude contenerme y continué hablando. —Si quisiera dinero usaría esto —bromeé señalando la argolla en mi mano izquierda.
La reina no pudo evitar tragar aire ofendida y después negó con la cabeza.
—Sigo sin creer que Ossian fuera capaz de usar la joya familiar para comprometerse contigo—soltó como si aquello fuera la peor tragedia de su vida —Pero — volvió a tomar la palabra — Sé que mi hijo no lo hubiese hecho si no estuviera seguro de que te ama —añadió y me sorprendí ante sus palabras —Ossian a veces no piensa en sus acciones, pero él nunca había considerado casarse con nadie más hasta que tú llegaste, al menos no por voluntad propia —dijo refiriéndose a su antiguo compromiso con Myrcella.
—Majestad, yo sé que no soy la pareja que ustedes hubiesen soñado para él —hable, esforzándome por ser sincero y dejar en claro que no me alejaría de Ossian incluso si ellos se oponían —Y que hay muchas cosas que pueden dificultar nuestra relación, pero, no hay forma de que yo pueda dejarlo, no ahora. Yo no creo poder soportar hacer algo como eso, así que, con su aprobación o no, seguiré al lado de Ossian para siempre, al menos que él ya no quiera que sea así.
—Lo sé —suspiró resignada —. Pero al menos esfuérzate un poco por ser digno de mi hijo y aprende a diferenciar los cubiertos de una vez. —soltó con exigencia y no pude evitar sonreír.
—Como ordene, majestad —respondí y regresé mi atención a los cuchillos, cucharas y tenedores que estaban frente a mí.
(...)
Después de mi larga sesión de aprendizaje con la reina, me alisté para dormir. Aún me sentía un tanto extraño en la habitación de Ossian. No solo era enorme y estaba repleta de extravagancias, como el gran candelabro colgado cerca de la cama. Verlo me hacía pensar que en cualquier momento se desprendería y terminaría por aplastarme con el peso de sus brillantes joyas, o el armario de Ossian, que en realidad se trataba de otra habitación rebosante de trajes, y donde si uno se descuidaba acabaría perdido entre tantas prendas y coronas. También estaba la cuestión de que, tras un par de semanas, las personas que trabajaban en el castillo, aún murmuraban sobre el hecho de que un tipo extraño durmiera en la misma cama que su príncipe. Casi podía recordar la expresión en la cara de la señora Dotty cuando Ossian se lo dijo.
El primer día en el reino...
En cuanto llegamos a Lypantopia y finalmente tocamos tierra, no pude evitar alegrarme y observar con emoción todo a través de la ventana del carruaje. Lo cierto era que en algunos aspectos aquel reino era similar a Bedland, como en la estructura de las inmensas casas de piedra y los extensos bosques, pero sin duda era muchísimo más grande, además de tener coloridas praderas, y en lugar de pantanos, estaba rodeado por un sin fin de ríos y lagos.
Conforme nos acercábamos al castillo, no pude evitar sentirme asombrado, por lo gigantesco que era. Parecía hecho con algún tipo de piedra blanca, y las ventanas y puertas brillaban como oro. Además, había dos torres altas en los extremos, y lo rodeaban hermosos jardines, con un sin fin de plantas, de las cuales desconocía los nombres. Había fuentes enormes y esculturas con formas humanas.
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Editado: 29.08.2025