Extras. El ladrón y el príncipe sapo.

EXTRA 9. CUPIDO, LA BRUJA ROSA Y LOS CONTRABANDISTAS.

Tiberia.

Esperar a que la pócima estuviera lista comenzaba a volverse estresante. Solo podía ver el gran reloj en la pared y la forma tan lenta en que las manecillas se movían. Quería averiguar quién era el misterioso brujo o bruja tras los ataques.

Suspiré resignada e invoqué una esfera pequeña de magia. El dorado resplandeció al instante, pero tras unos segundos volvió a desvanecerse. Me paré de la silla donde me encontraba y caminé hasta el espejo en mi habitación. Observé mi rostro con detenimiento por algunos segundos. Eso mezclado con el poco aprecio que tenía hacia mi tan insípida apariencia me hizo tener una idea insensata.

Tomé uno de los mechones de mi larga cabellera y lo acaricié con mis dedos. Respiré profundamente y volví a invocar nuevamente mi magia, mientras pensaba en la apariencia que deseaba que mi cabello tuviera. Siempre me había gustado la idea de ser pelirroja. Me parecía atrevido y me hacía pensar en el fuego y las fresas. Los hilos de luz dorada salieron disparados hacia mi cabeza. Cerré los ojos mientras sentía un frío recorrer mi cráneo, y cuando de nuevo observé mi imagen frente al espejo, no pude evitar sobresaltarme. No sabía si reír o gritar, así que por un momento solo jugué con algunos mechones entre mis dedos. Mi cabello se había tornado de un rosa claro. Como si un algodón de azúcar se hubiese derretido en mi cabeza. Negué varias veces, mientras intentaba revertir el proceso, pero la poción aún no hacía efecto y mi magia se había agotado.

—Demonios —susurré, llevándome una mano hasta la frente.

Alguien llamó a la puerta y mi corazón se aceleró. Sabía que mi hermano entraría sin más, y Dante estaba con él en ese momento, así que solo podría tratarse de una persona. Me moví con rapidez para dar con mi capa; no quería que Vladimir viera el desastre que era mi cabeza en ese momento. Me coloqué la prenda y me subí el gorro hasta poder cubrir todo el cabello rosado.

Finalmente, abrí la puerta y sonreí al ver al más alto frente a mí.

—Vladimir—saludé con entusiasmo.

—¿Estás bien? —cuestionó mirándome con detenimiento.

Sabía que aquella pregunta abarcaba mucho más que solo eso. Era un saludo, una forma de averiguar si había algo relevante con la poción y una manera de asegurarse de que no había hecho algo imprudente. Aunque, claramente lo último ya había sucedido.

—Solo algo impaciente—admití.

—¿Saldrás? —dijo mirando mi vestimenta.

No quería explicarle el motivo por el cual cubría mi cabeza, así que asentí con rapidez y cerré la puerta al salir.

—Iré al Centauro —respondí. No tenía idea de a qué otro lugar ir y necesitaba una distracción para dejar de pensar en la pócima y el erradicador de almas.

—A veces tiende a ser peligroso, no deberías ir tú sola —dijo caminando con tranquilidad a mi lado.

—Voy contigo ahora —respondí sin evitar sonreír.

Tras unos minutos andando, la estructura de piedra quedó a la vista. Aunque las luces estaban encendidas, no parecía haber mucho movimiento o, al menos, no lograba ver a nadie a través de las ventanas. Aun así, me apresuré a abrir la puerta. Al entrar, todo estaba en silencio. Había un par de bancos volteados y el piso estaba empapado de bebidas alcohólicas y otras sustancias que no quería averiguar. En una de las paredes había un agujero, y todo el lugar daba la impresión de haber sido víctima de una pelea. El dueño acomodaba algunas botellas en las tablas tras de él y Dante recogía los asientos a su alrededor. Me moví con rapidez al ver a mi hermano sostener un frasco de un extraño ungüento y aplicarlo en su labio inferior. Tenía la zona enrojecida y un tanto hinchada.

—¿Te metiste en un lío? —cuestioné, esforzándome por no sonar preocupada.

Quería a mi hermano más que a nadie en el mundo. Hubo un momento en el que él fue todo lo que tenía y la única persona en la que sabía que podía confiar, pero las muestras de afecto entre nosotros no solían ser muy evidentes o al menos no lo eran así de mi parte.

Cupido volvió a verme como pensando en qué decir, pero al final solo suspiró con cansancio, mientras cerraba el frasco.

—Perdí un diente —dijo señalando su boca y levanté las cejas con asombro.

—Y el golpe ni siquiera era para él —intervino Dante, acercándose a nosotros.

—¿Entonces eras tú el de la pelea? —cuestioné mirando al de cabello café, pero este negó con rapidez.

—No sé si eso hubiese mejorado o empeorado la situación —admitió mi hermano. Aunque te culpo por traerme aquí —reprochó eso último a Dante.

—Nos hubiese servido tu ayuda —dijo el mencionado, ignorando las acusaciones de mi hermano y mirando a Vladimir, quien se había mantenido en silencio.

El más alto no parecía tener intenciones de responder, así que tomé asiento al lado de Cupido y hablé nuevamente.

—Podría arreglarlo con magia —sugerí—. Aunque sería después, ahora mismo mi magia está agotada.

Cupido negó con lentitud, mirándome a los ojos.

—No sabemos si resultará bien y, sinceramente, me da miedo averiguarlo —respondió y rodeé los ojos—. ¿Y por qué tu magia está agotada? ¿Acaso ya intentaste rastrear al culpable? —cuestionó con seriedad.

—De ser así no estaría aquí —contesté a la defensiva.

—Tiberia—insistió. Sabía que seguiría cuestionando hasta que le dijera la razón por la que había gastado mi magia.

Resoplé con irritación y me llevé las manos a la cabeza para bajar mi gorro.

—Estaba aburrida —expliqué con rapidez, mostrando mi cabello.

—Es rosa —dijeron Dante y Cupido al mismo tiempo, sin poder ocultar la sorpresa en su rostro.

—¡Madre de Dios! —exclamó Isaac levantando ambas cejas.

Estaba a punto de aclarar que había cometido un error y que, en cuanto tuviera oportunidad lo volvería a cambiar a su tono original, pero Vladimir tomó la palabra.

—Resalta más tus ojos —dijo y desvié la mirada hacia su rostro, mientras sentía cómo el corazón se me acelera—. Yo creo que luce bien —añadió y sonreí ampliamente.




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