CASTEL.
Nunca hubiera creído que llevar a cabo una boda fuese tan complicado, incluso solo siendo una ceremonia simbólica. Ni yo ni los demás teníamos conocimiento de cómo exactamente debían hacerse las cosas. Ni siquiera Ossian quien estuvo por casarse solo un par de meses antes. Pues según sus palabras, "él solo debía ser el novio". El resto ya lo habían organizado sus padres y llevado a cabo el personal de su castillo. Así que ambos éramos igual de inexpertos en el tema. Habíamos optado por ir por separado por los trajes y argollas. Él, acompañado de los dos ancianos y Vladimir. Aunque al segundo no le entusiasmaba mucho la idea de elegir ropa y joyas, al final había accedido, pues siempre estaba para apoyar a sus amigos. Yo, por otra parte, iba junto a Dina, quien estaba más que emocionada por ayudarme a escoger mi traje.
Ambos caminábamos por las calles del mercado de Bedland. Seguía siendo demasiado extraño deambular por ahí sin tener que correr o ocultarme de los soldados. Los carteles de mi rostro habían sido reemplazados por los de otros criminales y mi recompensa anulada. Era la primera vez que podía prestar atención a los puestos a mi alrededor. Vendían de todo: frutas y verduras, hierbas, joyería de fantasía, ropa, baratijas y artilugios que pretendían ser de hechicería. También había algunos puestos para adivinar la suerte o la lectura de cartas. Panaderías y sitios de comida. Todo era tan colorido y ruidoso que, a pesar de la incomodidad y el nerviosismo, no pude evitar emocionarme. Solo podía pensar en lo mucho que me gustaría entrar a cada uno de esos sitios con Ossian. Incluso pensar en comprar cosas tan banales como los ingredientes para un desayuno me parecía atractivo si las podía hacer al lado de quien sería mi esposo.
Sentí un fuerte hormigueo en el estómago al pensar en eso. En el hecho de que Ossian y yo uniríamos nuestras vidas para siempre en solo dos días, y eso hacía preguntarme cómo era que mi suerte había cambiado tanto. Como tiempo atrás me sentía tan miserable y de repente solo bastaba con que Ossian sonriera para sentir que mi vida era perfecta.
—Llegamos. —Dina me sacó de mis pensamientos en cuanto estuvimos frente a la sastrería.
Algunos trajes quedaron a la vista, exhibidos en los grandes ventanales del lugar. Parecía una tienda elegante y eso hizo que me sintiera cohibido. Ese tipo de lugares no iban conmigo. Sin embargo, quería hacer las cosas bien para que el día de nuestra boda fuese completamente especial para Ossian y eso requería elegir un buen traje.
No tenía idea de que Dina amaba ir de compras. Sobre todo si implicaba criticar cada uno de los atuendos que elegía para mí.
Estuvimos al menos una hora y media en ese sitio. Para mí, la mayoría de los trajes eran similares, pero ella prestaba demasiada atención a los botones, las tonalidades y los detalles. Hasta que al final ambos estuvimos de acuerdo en un conjunto blanco con finos detalles dorados que asemejaban largas hojas y que llevaba una flor en el bolsillo del pecho.
Me sentía ansioso por ver cómo luciría Ossian ese día. Incluso si optara por llevar su traje de siempre, seguramente estaría demasiado atractivo por el simple hecho de ser él y estar en nuestra boda.
Cuando salimos, solo tuvimos que caminar unos 10 metros para entrar a la joyería. Debíamos hallar una argolla perfecta; por eso tomarían las medidas de mi dedo anular.
Al principio, en la tienda solo estaba la dueña del lugar, quien me sonrió con amabilidad, mientras elogiaba mi anillo de compromiso. Había una pareja en el área de los collares. Admirando uno de lo que parecían ser esmeraldas.
Dina y yo estábamos frente a uno de los mostradores, esperando a que la mujer terminara de comprobar el tamaño de la circunferencia de mi dedo cuando dos tipos ingresaron al lugar. Ambos eran pelirrojos e iban vestidos con chalecos cafés, pantalones negros y playeras del mismo tono. No me llevó mucho tiempo reconocerlos y cuando uno de ellos se movió con rapidez y tomó el anillo de zafiro que había puesto en la vitrina y que solo tenía a un par de centímetros de mi mano, pude confirmar que eran los hermanos Lockhard. Un par de ladrones con los que me había topado en el pasado. Se habían hecho famosos cuando robaron una de las coronas de la princesa Myrcella.
—Demasiado lindo para ti, Fletcher —dijo uno de ellos antes de salir corriendo del interior de la tienda.
Todo pasó tan rápido que apenas pude girarme hacia Dina y mirar su expresión de desconcierto.
La rubia me sujetó del brazo y comenzó a hablar.
—Acaban de...
—robarme —complete su frase, mientras sentía cómo una mezcla de desesperación y emoción surgía en mi pecho.
Pocas veces me había tocado estar en esa situación, por lo que me costó más de lo normal digerir que me habían robado uno de los objetos más preciados de Lypantopia. Una joya familiar de valor invaluable y uno de los tantos obsequios que Ossian me había hecho y que me hacían sentir conectado con él.
Debía recuperarlo a como diera lugar o los reyes de Lypantopia terminarían por mandarme a la horca.
Tanto Dina como yo salimos corriendo de la joyería. Buscando con la mirada a los hermanos Lockhard, hasta que pude visualizarlos a unos 20 metros girando hacia una de las calles de la derecha. La rubia estaba por seguirlos en línea recta, pero la sujeté del brazo para guiarla hacia uno de los callejones que teníamos cerca.
—Pero no se fueron por ahí, los perderemos de vista —dijo entre confundida y alterada.
—Créeme, los alcanzaremos —respondí sin dejar de moverme—. Lo siento, pero voy a adelantarme —dije y Dina asintió.
El pasadizo estrecho estaba lleno de botes de basura, tablas y macetas. Así que tuve que brincar hacia las escaleras que daban hacia los techos de las casas y demás estructuras del lado derecho de esa zona. Cuando estuve en la parte alta, pude dar con Norton y Darren, quienes recién pasaban frente a la casa en donde yo estaba subido. Continué avanzando sobre los techos sin que ellos se percataran de que iba siguiéndolos de tan cerca. En cierto punto noté que tenían intenciones de girar en otro de los callejones. Así que me apresuré a bajar para lograr interceptarlos. Apenas pasaron, me dejé caer sobre uno de ellos hasta sujetarlo por el cuello y derribarlo en el piso. Norton me observó con asombro y confusión. Como intentando descartar la idea de que no estaba alucinando y que yo realmente estaba ahí. Tras unos segundos, finalmente decidió actuar y levantó ambos puños, dispuesto a pegarme. Aquello me puso nervioso porque ellos eran dos y me sacaban al menos 15 o 20 centímetros. Miré hacia los lados y cuando vi una vieja maceta con tierra y hojas secas, la tomé para después aventarla hacia su cabeza. No era muy pesada. Comparada con su rostro, era casi diminuta, pero debido al material, terminó por hacer que su ceja izquierda sangrara y que todo su rostro se llenara de polvo.
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Editado: 30.05.2026