OSSIAN.
Siempre creí que la vida no me bastaría para conocer todo lo que deseaba. El mundo era inmenso y las cosas maravillosas; interminables, pero en ese momento sentía que tenía todo el universo justo entre mis brazos. Que tenía todo lo que necesitaba para ser feliz y sentirme satisfecho. Aún pensaba en viajar y ver lugares hermosos, pero solo porque sabía que tendría a Castel a mi lado. Deseaba que él viera todas las partes buenas. Que supiera que, a pesar de haber pasado por cosas horribles, aún había bastantes cosas asombrosas. Solo quería que él fuese completamente feliz.
Amaba demasiado a mi nación y a mis padres, pero para ese punto Castel estaba sobre absolutamente todo. Había influido demasiado en mí. Me había inspirado a ser mejor. Aun así, por momentos tomaba en cuenta la idea de huir junto a él a un lugar donde mi título como futuro rey no se interpusiera en nuestra felicidad. Ya estábamos casados y me negaba a dejar que algo más nos separara. A veces me gustaba pensar en cómo sería nuestra vida si yo no fuese de la nobleza. En todas las cosas que haría si tuviese más libertad. Aunque en el fondo sabía que también así tendríamos dificultades.
—Aprenderé a cocinar —dije y Castel levantó la mirada para observarme. —Y te haré el desayuno.
—¿Ah, sí? —cuestionó con diversión—. ¿Estás pensando en nuevas ideas para sacar de quicio a tus padres? Porque sabes que no les parecerá que el futuro líder de su reino le cocine a un plebeyo como yo.
—Creo que lo que menos les importa que haga contigo es prepararte el desayuno —dije de manera juguetona muy cerca de su oído, y Castel se ruborizó mientras me golpeaba en uno de los brazos.
—¿Cuándo dejarás de ser un descarado? —cuestionó fingiendo molestia, aunque al final no pudo evitar sonreír.
—Yo sé que te gusta que lo sea —respondí, y él bajó la mirada.
—Sí —admitió—. Eres un príncipe engreído.
—Pero lo digo en serio —insistí—, quiero preparar algo para ti. Quiero hacer todo lo que las parejas hacen y quiero hacerlo todo contigo.
—También yo —respondió y volvimos a besarnos.
Celebramos nuestra unión con todos los demás el resto del día. Cantamos, bailamos, reímos. Todo se sintió demasiado perfecto, como si el mundo conspirara a nuestro favor después de mucho tiempo.
Cuando quise darme cuenta, la mayoría de mis amigos ya habían caído rendidos por el agotamiento. Dina dormía en una de las sillas. Su cabeza estaba recargada sobre su hombro y su larga cabellera rubia caía suelta. Se veía demasiado pacífica y delicada de esa forma. Dante y Cupido, por otro lado, balbuceaban y se reían en el suelo. Uno al lado del otro, con una cantidad sorprendente de alcohol en su sistema. Solo entonces pude percatarme de que los instrumentos estaban tocándose solos, envueltos en la magia dorada de Tiberia, quien bailaba lentamente con Vladimir a solo un par de metros de nosotros. Castel también parecía cansado, así que lo abracé con delicadeza.
—¿Quieres que nos retiremos a descansar? —le pregunté mirándolo a los ojos.
Cupido y Dante habían ofrecido prestarnos uno de sus caballos para que pudiéramos regresar a la cabaña de Castel. Todos los demás pasarían la noche en la casa de Tiberia.
—Estemos un rato más así —respondió y volvió a recargar su rostro en mi pecho.
Asentí y seguimos moviéndonos al ritmo del piano y la guitarra. Al principio solo estaba concentrado en el sonido de la música, pero tras unos minutos pude percatarme de que Vladimir y Tiberia hablaban. No quería escuchar una conversación ajena, pero, a excepción de la ligera melodía y sus voces, todo lo demás estaba en silencio.
—No me lo pidas de nuevo —dijo Vladimir. Por primera vez escuchaba angustia genuina en su voz—. No después de todo esto... No después de esta noche.
Tiberia guardó silencio por unos segundos y luego respondió con tono tembloroso.
—Sabes que te amo y por eso no puedo condenarte a pasar el resto de tu vida en este lugar. —¿Cómo podría ser tan egoísta para hacerte algo así? —cuestionó con dolor—. No serías feliz.
Castel levantó el rostro y me observó apenado, pues al parecer también estaba escuchando a los mayores.
—No he sido feliz desde que nos alejamos—confesó Vladimir—Mi vida solo tiene sentido cuando estoy contigo, así que cada vez que me apartas solo soy un cuerpo vacío.
—No se suponía que fuera así —respondió la de rosa—. Tú debías ser feliz. Conocer a otras personas. Casarte y formar una familia.
—¿Qué sentido tendría si no es junto a ti? —respondió de inmediato. —Incluso si ahora hay personas que me importan, no puedo ser completamente feliz... —Solo estemos juntos el tiempo que aún nos queda —dijo el más alto, casi suplicando—. —Por favor, dime si eso es lo que tú también quieres —pidió, cuando Tiberia se mantuvo en silencio.
Pensé que Tiberia no respondería, pero tras una larga pausa, sorbió su nariz y habló con voz temblorosa, como si se esforzara por no llorar.
—Es lo que siempre he querido —admitió después de lo que parecía ser mucho tiempo.
—Creo que ya deberíamos irnos —dijo Castel finalmente y nos separamos.
—¿Ya se retiran? —indagó Tiberia separándose de Vladimir, mientras se limpiaba el rostro discretamente.
—Sí —dije y Castel asintió—. Antes de que se ponga aún más oscuro.
—Aunque primero deberíamos meter a los demás a la casa —sugirió Castel.
—Tienes razón, llevaré a Dina —dije acercándome a la rubia y Castel levantó una de sus cejas. —¿Qué? Es la más ligera. —Me reí y él rodó los ojos.
—Yo me encargo de los otros dos —intervino Vladimir.
—¿Vas a presumirnos tus grandes músculos? —preguntó Castel con diversión y el mayor lo observó sin gracia.
—Entonces llévalos tú. —Lo regañó Vladímir e intenté no reírme ante su indignación.
—No, amigo, todos tuyos —respondió Castel, y el más alto se echó a Dante al hombro para entrar con rapidez a la casa y hacer lo mismo con Cupido.
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Editado: 12.08.2026