Erik
Ahora que me dedicaba más tiempo a estar en casa y con las nuevas responsabilidades de mi mujer, yo había ganado mejor comunicación con la manada, pero había cosas que no cambiarían ni aunque fuera el génesis. Entre ellas, la guerra de dominio entre su majestad Paris y yo. Ya Naomi se había ido a trabajar como todos los días, y yo como siempre había entrenado y todos habíamos desayunado como la familia que eramos, tocaba la hora de ir al parque central a pasear y como siempre su majestad no quería, le parecía algo muy por debajo de su clase. A pesar de negociar con ella sobre peinarla la semana entera, de regalarle otro lazo brillante con un dije de corona británica, ofrecerle comprarle ropa, siempre llegábamos a lo mismo, el reto de miradas, no importaba que fuera más grande, ella siempre se iba a creer la alfa.
—París, muévete. Es hora de salir —le ordené, parado frente a su cojín con las correas en la mano.
Ella ni se inmutó.
Ella se sentó, irguiendo el lomo, y me clavó una mirada fija, fría y calculadora. Volvíamos a lo mismo: el reto de miradas.
A un lado, el resto de la manada observaba el drama diario.
—¿Ves? Ella sí coopera —le dije a París, señalando a Magda.
Incluso Magda habiendo aceptado, tenía condiciones; mientras la dejara solearse podíamos salir al parque, Charlie solo se resignaba a esperar que sus hermanas estuvieran listas, con Betsy y Lulú.
Ya al cabo de un rato, tuve que cargarla par salir y encender el aire del auto, porque obvio no nos fuimos a pie.
—Ni una palabra de esto a Naomi —le advertí por el espejo retrovisor mientras Paris se acomodaba en el asiento del copiloto, ignorándome por completo—. Tu madre cree que soy el que manda aquí.