Naomi
Estábamos en la casa , la manada estaba con doña Gladys, Erik entrenaba para un partido. Eso me dejaba unas horas para mi, así que hice lo más lógico, llame a Stella, hablamos de su próximo evento, y de las mellizas. Rellene mi Stanley rosado y de pronto escuché un ruido como algo cayendo, pero no dentro de mi apartamento, sino afuera y un ladrido. Al salir, junto a mi marido que al parecer escucho lo mismo que yo, ambos corrimos a la puerta de doña Gladys, la cual a pesar de tocar y escuchar a la manada ladrar no abría. Fui por la llave de repuesto, mientras mi hombre intentaba abrir la puerta a su modo, toda nerviosa, solo fui capaz de pensar en lo peor , que pasaba si la doña había sufrido un infarto o algo peor.
—¡Doña Gladys! ¡¿Está bien?! —exclamé, pegando la oreja a la puerta. Por dentro, la manada rascaba la madera y Charlie sollozaba con un gemido agudo que me partió el corazón. Nadie abría.
Al entrar ambos vimos a doña Gladys tirada en el piso ,parecía mareada y no dejaba de agarrar su rodilla. Charlie solo sollozaba, las demás se arremolinaban alrededor de ella.
—¡Doña Gladys! —me arrodillé a su lado con cuidado por mi vientre—. No se mueva. ¿Qué pasó?
— Muchacha... —logró decir con la voz entrecortada, haciendo una mueca de dolor—. Fueron... fueron las malditas galletas.
—Quería... quería alcanzar el tarro de las galletas altas para la manada —confesó ella, avergonzada, desviando la mirada—. Se me fue el pie del taburete.
Ella nos explicó que trato de coger un tarro con galletas para la manada, cosa que hizo que mi corazón se aflojara no sin antes darle una reprimenda por semejante absurdo. Erik decidió agarrarla y llevarla al hospital, yo no podía por el embarazo y la manada, pero me comunico con Sam para dejarle saber que se dirigían para allá.
Erik asintió con la cabeza, firme y seguro, y salió por la puerta a zancadas con doña Gladys todavía protestando en sus brazos, mientras yo corría a buscar mi teléfono para alertar al hospital.