La mañana comenzó tranquila en casa de los Hoshino. Al menos, tranquila para todos menos para Ren, que llevaba casi media hora escuchando el mismo pasaje de violín a través de la pared.
En la habitación contigua, Sayaka Hoshino practicaba frente a un atril mientras la luz del sol iluminaba las partituras. Sus dedos recorrían las cuerdas con soltura, pero se detuvo justo antes de terminar la frase musical. Frunció el ceño, levantó el arco y volvió a mirar aquellas notas que ya casi sabía de memoria.
—Otra vez no. Le falta algo.
No era una parte especialmente difícil de la «Meditación de Thaïs», de Massenet. Podía tocarla de principio a fin, pero la última nota siempre le sonaba demasiado brusca. Tal vez necesitaba más aire, menos presión en el arco o, simplemente, dejar de pensar tanto. Respiró hondo y comenzó de nuevo. Al llegar a la transición, sin embargo, se quedó inmóvil.
—¿Eh? ¿Cómo seguía?
Tenía la partitura delante y, aun así, por un instante no pudo recordar qué nota venía después. Miró el papel, desconcertada, hasta encontrar el compás correcto.
—¡Ah, sí! Qué mensa estás, Sayaka —se dijo entre risas.
Volvió a colocar el violín bajo la barbilla. No había terminado la primera frase cuando Ren golpeó la pared desde su habitación.
—¡Sayaka! ¡Son las ocho de la mañana!
—¡Buenos días para ti también, hermanito!
—¡¿Puedes dejar de tocar cinco minutos?!
Sayaka sonrió. Conocía esa voz de recién despertado y sabía exactamente cómo empeorarle el humor.
—¡Claro! Voy a practicar solamente cuatro, para mi querido hermanito.
—¡No manches!
—¡La música clásica es cultura, inculto!
—¡Pues cultívate más tarde!
Antes de que comenzara otra ronda de gritos, Misaki llamó a sus hijos desde la planta baja. El desayuno estaba listo. Subió un momento para comprobar por qué Sayaka no se había separado todavía del atril y, apenas vio la partitura, comprendió el problema.
—¿Sigues con esa frase, cariño?
—¡Mamá! No me sale como quiero. ¡No guta!
Misaki se acercó, siguió los compases con la mirada y señaló el final del pasaje.
—Estás presionando demasiado el arco. Prueba a soltarlo un poco y deja que la última nota respire.
Sayaka levantó una ceja con una sonrisa burlona.
—¿Otra vez vas a presumir que también sabes tocar?
—¿Presumir? ¿Quién crees que te enseñó tus primeras escalas?
—Mmm… ¿YouTube?
—¡Sayaka!
Las dos rieron. Su madre le dio un beso en la frente y le recordó que el desayuno se enfriaba. Sayaka dejó el violín en su estuche y bajó con ella, todavía tarareando el pasaje que se había negado a salirle bien.
En el comedor, Ren bostezaba mientras untaba mermelada en una tostada. Kenji intentaba acomodarse la corbata sin apartar los ojos de unos mensajes de trabajo. Misaki terminó de servir la mesa y Sayaka, que no podía dejar pasar la oportunidad, señaló el nudo torcido de su padre.
—Papá, la traes chueca.
—¿Otra vez vas a empezar?
—La corbata —aclaró ella, muy seria.
Misaki se acercó para arreglársela, como casi todos los lunes. Kenji se dejó ayudar entre risas y aprovechó para preguntarle a Sayaka por sus ensayos.
—El viernes tenemos una presentación en el auditorio —respondió—. Quiero perfeccionar una pieza antes de tocarla frente a todos.
—Pues recuerda descansar también —le aconsejó él—. No todo se resuelve practicando hasta el cansancio, los grandes artistas descansan también.
Ren levantó la vista de su tostada.
—¿Eso significa que voy a seguir oyendo el mismo pedacito quinientas veces?
—¡Es una frase musical, ignorante!
—¡Pues la frase ya me la aprendí! Ahora, no sé, aprende la oración completa.
Kenji casi se atragantó con el café. Incluso Sayaka terminó riéndose, aunque le sacó la lengua a su hermano por encima de la mesa. Todavía le quedaban ensayos, tareas y muchas cosas por mejorar, pero aquella mañana tenía un desayuno caliente y a su familia reunida. Por ahora, le parecía un excelente comienzo.
Al regresar a su habitación, Sayaka estaba convencida de que le sobraba tiempo. Diez minutos después seguía frente al espejo, indecisa entre un moño azul y un pasador amarillo. La mochila, las partituras y el estuche del violín aguardaban sobre la cama, perfectamente preparados para salir. Su dueña, en cambio, acababa de recordar que ni siquiera había guardado el almuerzo.
—¡Sayaka, vas a llegar tarde! —advirtió Misaki desde abajo.
—¡Ya casi estoy lista!
—¡Eso dijiste hace diez minutos!
Miró la hora en el teléfono y soltó un grito. Se colgó el estuche al hombro, tomó sus cosas y bajó a toda prisa. Ren estaba sentado en el último escalón, poniéndose los zapatos.
—¿No que las artistas eran muy organizadas?
—¿No deberías respetar a tus mayores, baboso?
—Eso te lo inventaste.
—¡Y tú sigues estorbando la salida!
Ren se apartó entre risas. Misaki alcanzó a entregarle una bolsa con el almuerzo y a recordarle que no corriera con el violín.
—¡No prometo nada! —contestó Sayaka desde la puerta. Al ver la cara de su madre, añadió—: ¡Era broma!
El aire fresco de octubre le rozó las mejillas al salir. En las calles, las bicicletas pasaban frente a pequeñas fachadas; de una panadería escapaba el aroma de los primeros bollos y un empleado ordenaba bebidas junto a una tienda de conveniencia. Sayaka conocía aquel recorrido casi de memoria, desde el escaparate de la papelería hasta el semáforo que parecía tardar una eternidad en cambiar.
Llegó a la estación con el tiempo justo y subió al tren antes de que se cerraran las puertas. Se sujetó de una barra, sacó el teléfono y se puso un audífono. Una canción de J-pop empezó a sonar. Amaba la música clásica, por supuesto, pero no necesitaba escuchar conciertos para violín a todas horas. A veces le bastaba una canción pegajosa para tararear mientras contemplaba la ciudad por la ventanilla.