Han pasado dos semanas desde que Loki aceptó su destino como rey de Jotunheim. Durante ese tiempo, la imponente figura de Laufey, madre del nuevo monarca, se había volcado por completo en los preparativos para la ceremonia de coronación, una celebración que no solo marcaría el inicio de un nuevo reinado, sino que también simbolizaría la esperanza de un futuro próspero para su pueblo.
Laufey, con la serenidad que solo los años de experiencia podían otorgarle, comenzó por seleccionar el lugar más sagrado de Joktldar para llevar a cabo la ceremonia. El Gran Salón de Hielo, un vasto recinto esculpido en la roca y hielo más antiguos del reino, fue escogido para esta ocasión tan especial. Sus paredes translúcidas, que reflejaban la luz de las antorchas en un juego de sombras y destellos, serían testigo de la coronación de su hijo.
El salón fue adornado con los más finos tapices de seda azul y plateada, que narraban las gloriosas leyendas de Jotunheim. Cada uno de estos tapices había sido tejido por las manos más hábiles del reino, y en ellos se podía ver a los antiguos reyes, a los dioses y a las criaturas míticas que habitaban el mundo desde tiempos inmemoriales. Los suelos de hielo pulido brillaban como un espejo bajo la luz de miles de velas, que fueron colocadas meticulosamente en candelabros de cristal que colgaban del techo en hileras interminables.
En el centro del salón, sobre una plataforma elevada, se encontraba el trono de hielo tallado con la magia más poderosa del reino, un asiento digno de un rey, donde Loki recibiría su corona. A su alrededor, Laufey había dispuesto un círculo de runas antiguas, grabadas en el suelo con la ayuda de la sacerdotisa, para invocar la protección de los antiguos dioses y garantizar que el reino prosperara bajo el mandato de su hijo.
Las puertas del Gran Salón fueron decoradas con guirnaldas de hojas perennes y flores de invierno, traídas desde los rincones más lejanos de Jotunheim. Estas plantas, conocidas por sus propiedades mágicas, habían sido bendecidas por los druidas del reino para garantizar que la fuerza vital de la tierra acompañara al nuevo rey en cada paso que diera.
En los días previos a la ceremonia, Laufey supervisó personalmente la elaboración de las vestiduras reales. El atuendo de coronación de Loki debía ser majestuoso y lleno de simbolismo, reflejando tanto la herencia de los gigantes de hielo como su nuevo estatus como rey. Los sastres reales trabajaron día y noche para confeccionar una capa de piel de oso polar, bordeada con hilos de plata, que se posaría sobre los hombros de Loki como un recordatorio de su fortaleza y su conexión con las tierras heladas de Jotunheim. El resto de su vestimenta estaba compuesta de tonos azules profundos y blancos inmaculados, adornados con joyas y runas protectoras.
Además de los aspectos visuales, Laufey también organizó un banquete digno de la ocasión. Se ordenaron manjares exquisitos, como carne de reno asada, pescados traídos de los ríos más prístinos, y frutas conservadas con magia para resistir las inclemencias del invierno. Cada plato estaba pensado para resaltar los sabores únicos de Jotunheim, mientras que los calderos se llenaron con el hidromiel más fino, fermentado durante décadas en las profundidades de las cuevas heladas.
Finalmente, la música, otro aspecto fundamental de la ceremonia, fue cuidadosamente planeada. Los bardos más talentosos del reino fueron convocados para tocar las melodías ancestrales que acompañarían la coronación. Estas canciones, transmitidas de generación en generación, eran cantos de poder que resonarían en los corazones de todos los presentes, recordándoles las glorias del pasado y alentándolos hacia un futuro prometedor.
Laufey, con un ojo atento y un corazón lleno de determinación, se aseguró de que todo estuviera perfecto para el gran día. Sabía que la coronación de su hijo no solo sería un evento monumental en la historia de Jotunheim, sino también una declaración de poder y esperanza que resonaría en todos los rincones de los nueve reinos.
Eirik, el mejor amigo de Loki, avanzaba por los pasillos helados de Jotunheim, donde los ecos de los preparativos para la coronación resonaban en el aire. Las paredes, esculpidas con runas antiguas, parecían vibrar con la actividad que las rodeaba. Al final del corredor, Laufey, la reina madre, supervisaba todo con una mirada atenta, asegurándose de que cada detalle estuviera en su lugar para el gran día.
Al llegar al salón principal, Eirik se detuvo un momento para observar a Laufey, quien, a pesar del caos a su alrededor, mantenía un porte majestuoso y sereno. Con un paso firme, Eirik se acercó a ella, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.
—Reina madre —saludó Eirik, su tono cordial, pero firme, mientras se detenía junto a ella.
Laufey, percibiendo su presencia, giró para mirarlo, esbozando una ligera sonrisa.
—Eirik —respondió, con una mezcla de afecto y curiosidad—. Qué bueno verte aquí.
—Eirik, tú siempre has sido un amigo fiel de mi hijo. ¿Qué es lo que te trae hasta aquí?
—Laufey —respondió Eirik, usando un tono más personal—, he estado observando a Loki desde que todo esto comenzó. Desde la batalla hasta su reciente ascenso como rey. Siempre supe que tenía un destino grandioso, pero incluso para él, esto es un gran paso. No puedo evitar preocuparme por él. Gobernar no es tarea fácil, y Loki... bueno, sabes cómo es. Es brillante, pero también impulsivo. Esta responsabilidad lo cambiará, pero no sé si está preparado.