Las criaturas surgieron del bosque como un torrente de pesadilla, una marea oscura que arrasaba con todo a su paso. El eco de sus gritos resonaba en el aire, un sonido desgarrador que helaba la sangre de quienes aún se atrevían a enfrentarlas. En cuestión de minutos, Joktldar se convirtió en un infierno desatado.
Los monstruos, deformes y llenos de rabia, se abalanzaban sobre la población indefensa. Sus garras afiladas desgarraban carne y hueso con facilidad, dejando un rastro de cuerpos destrozados. Un hombre fue levantado por el cuello, sus pies apenas rozando el suelo, antes de ser lanzado contra una pared con un golpe sordo. El impacto resonó como un trueno, y la sangre salpicó las piedras, tiñendo el paisaje con un rojo oscuro y espeso.
Una madre, aterrorizada, intentó proteger a su hijo, pero una criatura con escamas humeantes le propinó un zancada brutal, haciendo que su cuerpo cayera al suelo con un crujido escalofriante. Su rostro, en un último intento de proteger a su pequeño, fue desfigurado por un golpe que hizo estallar su cabeza como una sandía. La sangre y los restos volaron por el aire, dejando a su hijo en estado de shock, sin comprender la realidad de la muerte que lo rodeaba.
Las criaturas no mostraban piedad. Un grupo de mujeres que intentaba escapar se encontró con un monstruo de llamas que rugió con placer, dejando un rastro de cenizas mientras desataba un torrente de fuego. Las llamas abrazaron a las desdichadas, devorando su piel y dejando solo gritos de horror en el aire. La piel se crispó y burbujeó, y los gritos se convirtieron en un silencio asfixiante, mientras caían al suelo, carbonizadas y sin vida.
Los centinelas de Joktldar, aunque pocos, intentaban resistir. Sin embargo, sus esfuerzos eran en vano. Uno de ellos, alzado con su espada, fue abordado por una criatura de tres cabezas que, en un movimiento sincronizado, devoró su cuerpo en un festín grotesco. Las cabezas giraban como serpientes, cada una compitiendo por un bocado del guerrero, desgarrando la carne y dejando solo huesos despojados.
El horror se multiplicaba mientras los monstruos seguían avanzando, destruyendo todo a su paso. Las calles de Joktldar, una vez llenas de vida y esperanza, se convirtieron en un campo de muerte y desesperación. El eco de la masacre reverberaba en cada rincón, y el miedo se instaló en el corazón de los pocos que quedaban con vida, mientras contemplaban cómo su hogar se desmoronaba en la anarquía.
Los guerreros de Joktldar, conscientes de la inminente catástrofe que se cernía sobre ellos, se agruparon en la plaza central, donde una mezcla de determinación y desesperación llenaba el aire. Con sus armaduras resplandecientes y las armas en mano, se prepararon para lo que sería una de las batallas más feroces de sus vidas. Los rostros, marcados por el miedo, estaban decididos a defender su hogar hasta el último aliento.
Los jinetes de la guardia, con sus caballos de batalla, formaron una línea en la entrada del pueblo. Cada uno llevaba consigo la fuerza ancestral de Joktldar, un símbolo de resistencia y valor. La tierra temblaba bajo el peso de sus pasos, mientras los guerreros afilaban sus espadas y preparaban sus arcos, la tensión palpable en cada respiración.
El sonido ensordecedor de la batalla comenzó a alzarse, un murmullo que crecía como un tormenta. Los monstruos, insaciables en su voracidad, continuaban su asalto, arrasando con todo lo que encontraban en su camino. Con un rugido aterrador, un centinela se lanzó al ataque, su espada brillando al sol mientras cortaba el aire, encontrando el cuello de un monstruo. La criatura cayó al suelo, su sangre negra y viscosa brotando como un río oscuro, pero no había tiempo para celebrar. La marea de enemigos era interminable.
Los arqueros, posicionados en las murallas, comenzaron a disparar sus flechas con precisión mortal, sus proyectiles surcando el cielo como un enjambre de avispas. Las flechas se clavaban en los cuerpos de las criaturas, haciendo que retrocedieran momentáneamente, pero la ira de los monstruos solo se intensificaba. Un guerrero gritó en la batalla, alzando su hacha hacia el cielo y lanzándose hacia el grupo más cercano de monstruos, su grito resonando como un llamado a las armas. En un movimiento contundente, descabelló a una criatura, la cabeza cayendo al suelo con un golpe seco, mientras la sangre brotaba como un manantial.
El sonido del acero chocando contra el cuero y la carne resonaba en los oídos de los guerreros. El aire se llenaba con el hedor de la sangre y el fuego, un recordatorio constante de la brutalidad del combate. Cada guerrero luchaba con una ferocidad alimentada por la desesperación. Un grupo de ellos se encontró rodeado por un monstruo de fuego; su piel brillaba como el sol, y en un instante, uno de los hombres fue consumido por las llamas, su grito de agonía cortando la atmósfera. Sin embargo, sus compañeros no se detuvieron; arremetieron con sus espadas, tratando de salvar a los suyos, empujando a la bestia con cada golpe.
El combate se tornaba cada vez más caótico. Los guerreros, cubiertos de sudor y sangre, avanzaban en la batalla, sus rostros endurecidos por el dolor y la pérdida. Un guerrero, con el brazo roto pero aún sosteniendo su espada, embestía contra un monstruo que le había arrebatado a su hermano, atacando con una fuerza casi sobrenatural que solo podía provenir de la venganza.
En medio de la masacre, los centinelas de Joktldar se enfrentaron con valentía a la ola imparable de criaturas, sabiendo que no solo luchaban por sus vidas, sino por el futuro de su hogar. Cada uno de ellos era un bastión de resistencia, una chispa de esperanza en un mar de destrucción. A pesar de la desesperación, a pesar del horror, no cedieron, no retrocedieron. En sus corazones ardía una llama que ni siquiera el fuego de los monstruos podía apagar.