La nieve se teñía de rojo bajo los pies de los guerreros jottuns mientras el fuego devoraba los muros exteriores de Joktldar. Los Flamyrs avanzaban como una marea de destrucción, envolviendo todo a su paso en llamas y cenizas.
En el centro del caos, Tyr se movía como un torbellino de acero. Sus dos hachas cortaban el aire en ráfagas mortales, arrancando gritos de agonía a los enemigos que se atrevían a acercarse. Su respiración era pesada, pero sus ojos brillaban con furia.
Frente a él, la figura envuelta en sombras avanzó sin prisa. Su armadura brillaba con un resplandor maligno bajo el fuego, y sus ojos rojos llameaban como brasas.
—¡Muere! —rugió Tyr, lanzando una serie de golpes veloces.
La figura bloqueó los ataques con movimientos precisos, desviando las hachas como si fueran hojas arrastradas por el viento.
—No eres rival para mí —susurró con desprecio.
Tyr apretó los dientes y redobló sus ataques. Las chispas volaban cada vez que sus armas chocaban contra la armadura negra. Pero la figura se mantuvo firme, sin ceder terreno.
De repente, Tyr dio un salto hacia atrás, buscando espacio. Sus músculos se tensaron mientras levantaba ambas hachas por encima de su cabeza, preparando un golpe devastador.
La figura levantó lentamente una mano y cerró el puño.
Un estruendo sordo resonó en el aire. Una onda sonora invisible golpeó a Tyr como una ola imparable.
—¡Agh! —gritó Tyr, soltando las hachas mientras caía de rodillas. Sus manos volaron hacia sus oídos, intentando bloquear el dolor que le perforaba el cráneo.
La figura dio un paso más cerca, sus ojos brillando con intensidad.
—Inclínate.
Tyr tembló, apretando los dientes mientras la onda aumentaba. El sonido parecía retorcerse dentro de su cabeza, aplastando sus pensamientos. Su respiración se volvió entrecortada mientras el suelo temblaba bajo sus rodillas.
—¡No... me rendiré! —rugió, pero su voz se ahogó en el eco infernal que lo rodeaba.
La figura alzó su espada transformandose en una guadaña, apuntándola directamente al pecho de Tyr.
—Entonces, muere.
Tyr apretó los dientes, luchando contra el dolor ensordecedor. Sus músculos temblaban, pero su mirada se fijó en la guadaña alzada sobre él. La sangre le latía en las sienes como tambores de guerra, pero no podía rendirse.
Con un rugido, estiró una mano hacia una de sus hachas. Su visión estaba borrosa, pero sus dedos encontraron el mango frío del arma.
—¡AARGH! —gritó al levantarla con todas sus fuerzas.
La figura avanzó, su guadaña descendiendo en un arco mortal.
Tyr giró sobre una rodilla y lanzó el hacha. El filo cortó el aire como un relámpago, directo hacia la mano del enemigo.
El impacto fue brutal.
—¡GRAGH! —rugió la figura cuando el hacha le cercenó el brazo derecho, haciendo que la guadaña negra se soltara y cayera al suelo con un estrépito.
La sombra retrocedió tambaleándose, su brazo mutilado chispeando con una energía oscura que se retorcía como serpientes.
Tyr avanzó a toda velocidad, levantando su hacha para asestar el golpe final.
Pero, en el último segundo, el ser bajó la cabeza y, ante los ojos atónitos de Tyr, su brazo cercenado se regeneró. Una sombra viscosa y ardiente cubrió el muñón, reformando carne y hueso en un instante.
—¡¿Qué demonios?! —gruñó Tyr, frenando su ataque por la sorpresa.
El ser alzó la vista con sus ojos ardientes y, antes de que Tyr pudiera reaccionar, lo tomó del cuello con su nueva mano.
—¡Ahh! —Tyr intentó liberarse, pero la fuerza era abrumadora.
Con un rugido gutural, el enemigo lo lanzó por los aires como si fuera un muñeco de trapo. Tyr impactó contra el suelo helado, rompiendo bloques de hielo al caer y dejando un rastro de grietas a su paso.
Se levantó tambaleante, sacudiendo la nieve de su rostro.
—¡¿Por qué mierda todos se regeneran?! —gruñó para sí mismo, apretando los dientes con frustración.
El ser avanzaba lentamente hacia él, arrastrando su guadaña envuelta en llamas oscuras.
Tyr aferró con fuerza su hacha restante, respirando con dificultad mientras se preparaba para continuar el combate.
Por otro lado, Thor y Balder continuaban conteniendo a los Flamyrs, manteniéndolos alejados de los aldeanos que huían hacia los refugios.
Thor avanzaba como una tormenta desatada, su Mjolnir brillaba con relámpagos mientras aplastaba a los enemigos que se atrevían a acercarse. Cada golpe enviaba ondas de choque que hacían volar a los Flamyrs como hojas arrastradas por el viento.
—¡Balder! ¡A la izquierda! —rugió Thor al ver un grupo acercándose.
Balder giró rápidamente, sus dos espadas luminosas destellaron como estrellas fugaces, cortando a través de las criaturas con precisión letal.
—¡No tienes que decírmelo, hermano! —respondió Balder con una sonrisa confiada, aunque gotas de sudor recorrían su frente.