La oscuridad no siempre cae del cielo; a veces, nace en el alma. Tyr yacía entre las sombras de su propia mente, donde el pasado nunca dormía y las cicatrices jamás cerraban. Mientras las llamas devora-almas quemaban su piel y su espíritu, los recuerdos ardían con más fuerza. No podía escapar de ellos. Las voces, los gritos y las miradas vacías lo arrastraban de vuelta a los campos de batalla donde perdió todo: su inocencia, su humanidad y las pocas esperanzas que alguna vez tuvo. En ese abismo de dolor, cada herida volvía a abrirse, recordándole que no solo era víctima... sino también verdugo.
El ser sostuvo la cabeza de Tyr con una fuerza cruel, hundiendo sus dedos como garras en su cráneo. Sus ojos brillaban con un deleite sádico mientras observaba el sufrimiento reflejado en el rostro del guerrero caído. Las llamas devora-almas danzaban alrededor de ellos, ardiendo no solo en su carne, sino también en lo más profundo de su alma.
—Esto es solo la superficie —susurró el ser, su voz goteaba veneno—. Pero sé que hay algo más... algo que escondes incluso de ti mismo. Un abismo más oscuro... y yo lo encontraré.
La presión en su cabeza aumentó mientras las llamas se intensificaban. Tyr se retorció, luchando contra las cadenas invisibles de su mente que lo mantenían prisionero. Las voces volvieron, más fuertes, más crueles, desgarrando lo que quedaba de su resistencia.
—Voy a cavar más profundo... —continuó el ser, acercándose a su oído—. Y cuando termine, ni siquiera tú sabrás quién eres.
El dolor explotó en su pecho como si un incendio consumiera todo su ser. Tyr soltó un grito desgarrador, un sonido que resonó en las ruinas y se perdió entre las llamas, como el último eco de un alma al borde de ser quebrada.
Loki jadeaba, apoyado contra los escombros mientras trataba desesperadamente de recuperar fuerzas. Su cuerpo temblaba por el agotamiento, las quemaduras en su piel aún ardían como brasas vivas, y cada respiración le recordaba lo cerca que estaba de romperse por completo.
Levantó la mirada y lo vio. Tyr estaba suspendido en el aire, retorciéndose bajo el agarre cruel del ser, mientras las llamas devora-almas se aferraban a su espíritu como garras invisibles. Su grito desgarrador hizo eco en la destrucción que los rodeaba, clavándose en el corazón de Loki como una daga.
—¡Tyr...! —susurró, pero su voz apenas salió como un hilo quebrado.
Miró hacia Furcas. El demonio luchaba frenéticamente contra el trozo de madera que lo mantenía anclado al suelo. Sus músculos se hinchaban y retorcían, y el fuego oscuro en sus ojos crecía como una tormenta desatada. Las raíces que lo sujetaban comenzaban a quebrarse, una tras otra, como si fuera solo cuestión de tiempo antes de que quedara libre.
La desesperación se apoderó de Loki. Estaba atrapado en un dilema imposible. Su compañero estaba siendo destruido poco a poco, mientras que su enemigo estaba a punto de liberarse para terminar el trabajo. Y él... él no tenía el poder para evitarlo.
Apretó los dientes, sintiendo cómo la ira y la impotencia ardían dentro de él. Pero no podía rendirse. No ahora.
Con las últimas brasas de energía que quedaban en su cuerpo, cerró los ojos e intentó conectar de nuevo con la naturaleza. Sabía que si fallaba, sería el fin. Para todos ellos.
Tyr abrió los ojos, pero no vio fuego ni escombros. Vio agua.
El reflejo ondulante del lago se extendía ante él como un espejo azul, tranquilo y sereno. Sintió el calor del sol acariciando su rostro y el canto lejano de los pájaros llenando el aire. Por un momento, creyó que todo había sido una pesadilla.
El agua del lago se extendía como un espejo de cristal, reflejando un cielo azul despejado y el verde vibrante de los árboles que lo rodeaban. El aire olía a madera húmeda y tierra fresca. Tyr, apenas un niño, estaba arrodillado junto a la orilla, recogiendo piedras lisas y frías entre sus dedos. Las lanzaba al agua, viendo cómo rebotaban antes de hundirse lentamente en las profundidades.
El sol brillaba sobre su piel, cálido pero no sofocante. Una suave brisa acariciaba su cabello desordenado mientras las hojas de los árboles danzaban en lo alto, proyectando sombras que se mecían sobre la superficie. Los sonidos del bosque lo envolvían: el canto de las aves, el crujir distante de ramas y el murmullo del agua al besar la orilla.
Cerca de él, un hombre trabajaba cortando leña. El golpe rítmico del hacha contra los troncos resonaba como un eco constante, poderoso pero calmante. Tyr apenas le prestaba atención. Estaba demasiado absorto en su propio juego, recogiendo pequeñas ramas para construir figuras en la arena húmeda.
A veces miraba de reojo al hombre, observando cómo levantaba el hacha y la dejaba caer con precisión. Los músculos de sus brazos se tensaban con cada movimiento, y las astillas volaban en todas direcciones. A pesar de la fuerza de sus golpes, había algo sereno en su postura, como si el acto de cortar madera fuera tan natural para él como respirar.
Tyr sintió una extraña admiración, aunque no lo comprendía del todo. Quería ser así algún día: fuerte, seguro, capaz de moldear el mundo a su alrededor.
El hombre se detuvo un momento para limpiar el sudor de su frente con el dorso de la mano. Su mirada se desvió hacia Tyr, y por un instante, el niño sintió que el tiempo se ralentizaba. No había palabras, solo un cruce de miradas que se quedó grabado en su mente.