Fallen Gods

CAPITULO #10 PARTE 1: La Ira del Padre, La Sombra del Abismo

Quiero disculparme por la ausencia de casi un mes. Durante este tiempo comencé a publicar la historia en otra plataforma, y decidí esperar hasta ponerme al día también aquí en Booknet, manteniendo un ritmo constante en ambas. Agradezco mucho la paciencia y el apoyo de todos los que han seguido la historia hasta ahora, de verdad significa bastante. A partir de este punto, los capítulos serán más fragmentados y ligeros para hacer la lectura más cómoda, pero en lugar de una publicación semanal, estaré subiendo contenido varias veces por semana. Dicho todo esto… los dejo con el capítulo.

El cielo de Joktldar ardía como un lienzo desgarrado, cubierto de brasas y nubes oscuras que giraban en un remolino infernal. Bajo esa tempestad, las ruinas del gran pueblo nórdico crujían, partidas por el peso de la batalla. Entre las sombras, el eco de los caídos flotaba en el aire, un lamento que se mezclaba con el silbido del viento helado. En medio de ese campo destrozado, dos figuras destacaban: Odin, erguido con su lanza resplandeciente, y el Ser, con su guadaña alzada, sonriendo como si el fin del mundo fuera apenas un juego.

Los ojos de Odin ardían como carbones encendidos, no por ira ciega, sino por una determinación que había sobrevivido a incontables eras. Cada paso que daba hacía vibrar el suelo, como si los propios cimientos de Yggdrasil sintieran su presencia. Frente a él, el Ser entrecerró los ojos, su voz cortante como un cuchillo:

—¿Y ahora, Padre de Todo? ¿Acaso vienes a enmendar lo que tus hijos no pudieron?

Odin no respondió. Ajustó el agarre de Gungnir, y el aire se tensó como la cuerda de un arco al borde de romperse.

Desde lo alto de las ruinas, Loki, cubierto de heridas y hollín, sonrió apenas, apenas consciente pero lo bastante lúcido para susurrar entre dientes:

—Empieza el segundo acto… y qué maldito acto será.

El Ser lanzó un rugido que hizo temblar las montañas cercanas, abalanzándose sobre Odin como un relámpago oscuro. Su guadaña cortó el aire en un destello letal, pero Odin, con una velocidad que desafiaba su edad, giró apenas, esquivando el filo por un suspiro. El Padre de Todo apenas tocó tierra cuando, en un parpadeo, el Ser apareció tras él, y con un golpe devastador lo lanzó como un muñeco de trapo contra un muro de piedra.

El impacto sacudió el suelo, levantando una lluvia de polvo y fragmentos. Los escombros apenas se asentaban cuando un estallido retumbó: Odin emergía, su figura bañada en luz, haciendo volar los bloques destruidos en todas direcciones. El Ser inclinó apenas la cabeza, una sonrisa torcida en los labios, y saltó hacia el aire, esquivando los proyectiles de piedra que silbaban alrededor.

Sin mediar palabra, ambos corrieron el uno hacia el otro. Gungnir brillaba como un rayo dorado en la mano de Odin; la guadaña del Ser ardía con un fuego negro que devoraba la luz misma. El choque fue brutal: un estallido de pura energía sacudió Joktldar, rompiendo ventanas lejanas, agrietando torres, y lanzando a los guerreros heridos por los suelos, como hojas al viento. Thor, Tyr, Fenrir, Eirik y Balder apenas pudieron cubrirse, sintiendo en la piel la fuerza de un encuentro entre titanes.

El suelo se partía bajo sus pies, el aire vibraba con un estruendo ensordecedor, y en medio de ese choque apocalíptico, por primera vez en siglos, el destino de los reinos pendía de un hilo.

—No es de extrañar que mis hijos hayan sido derrotados… —murmuró Odin, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano, su mirada fija, feroz, evaluando cada movimiento de su enemigo.

El Ser soltó una carcajada oscura, el eco retumbando como un trueno entre las ruinas de Joktldar.

—¿Apenas lo comprendes, viejo? —dijo con voz grave, girando su guadaña entre los dedos—. Ellos fueron meros aperitivos. Tú… tú eres el plato principal.

Dio un paso al frente, haciendo crujir la tierra bajo sus pies. Su sonrisa era una mezcla de burla y sadismo.

—Dime, ¿realmente creíste que tus siglos de reinado, tus títulos y tus leyendas significaban algo para mí? Los dioses envejecen, se debilitan. Las sombras… las sombras solo crecen.

El polvo aún flotaba en el aire tras el último choque. Odin, apoyado en su lanza Gungnir, alzó la mirada. Su túnica estaba rasgada, su pecho subía y bajaba con fuerza, pero sus ojos, dorados e imponentes, no mostraban miedo, solo una mezcla de furia contenida y resolución.

Frente a él, el Ser permanecía erguido, envuelto en aquella siniestra aura púrpura que crepitaba en el aire como relámpagos atrapados. La guadaña descansaba sobre su hombro, y bajo la capucha, la mueca de burla apenas se insinuaba.

Odin escupió al suelo, limpiándose con el dorso de la mano la sangre que le manchaba la comisura de los labios. Dio un paso adelante, firme.

—Asumo… —dijo con voz grave, haciendo resonar cada palabra entre las ruinas de Jotunheim— …que no eres más que otro perro atado a la voluntad del maldito Nictofer. Dime, ¿es por lealtad? ¿O simplemente porque temes lo que yace tras su regreso?

El Ser inclinó ligeramente la cabeza, como si la pregunta fuera un juego. La energía a su alrededor vibró, levantando fragmentos del suelo.

—¿Lealtad? —repitió el Ser, con voz áspera, resonante, como si hablara a través de mil ecos— No soy un siervo. Soy el umbral. Soy el abismo entre lo que fue y lo que vendrá. Tú, viejo dios, eres solo un obstáculo que debe romperse.



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En el texto hay: accion, mitología y leyendas, fantasía oscuro

Editado: 25.03.2026

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