Fallen Gods

CAPITULO #10 PARTE 2: Choque de Titanes

El Ser aparece como una sombra detrás de Odín. Sin previo aviso, lanza un golpe directo a su nuca con la base de su guadaña. El impacto suena seco, brutal. Odín cae de rodillas, tambaleándose, y antes de que pueda reaccionar, el Ser lo toma del pie con fuerza y lo lanza con un giro hacia el aire como si fuera un muñeco. Su cuerpo surca varios metros hasta estrellarse contra un promontorio de piedra que se hace trizas con la colisión.

Pero el Padre de Todo no es tan fácil de vencer.

Entre la polvareda, se levanta con un rugido. Sus ojos brillan con energía dorada, y levanta su lanza hacia el cielo. Un rayo de energía pura desciende desde los cielos, cargado por su voluntad divina, y lo canaliza a través de su arma para lanzarlo en forma de una descarga devastadora.

El Ser, lejos de inmutarse, clava sus pies en el suelo, la tierra se agrieta bajo su peso y resistencia. Con un giro preciso de su guadaña, desvía el rayo, haciendo que se curve hacia las montañas distantes y las haga estallar con violencia.

Sin darle tiempo a reaccionar, Odín se teletransporta frente a él en una estela de luz brillante. En una maniobra veloz y precisa, desarma al Ser, haciendo que su guadaña caiga unos metros atrás.

Aprovechando el momento, Odín lanza un tajo con toda su fuerza con Gungnir.

El Ser, con los ojos abiertos de sorpresa, detiene el golpe con las manos desnudas. La hoja de la lanza tiembla por la presión de ambos, mientras el suelo a sus pies se hunde por la fuerza de la colisión. Odín empuja con furia, sus músculos tensos, cada nervio en su cuerpo vibrando con poder.

—¡No… retrocederás… más! —grita, y lanza otro rayo a quemarropa.

El impacto hace retroceder al Ser varios metros, arrastrándolo por el suelo y obligándolo a recuperar su guadaña mientras la explosión ilumina los cielos.

Odín, sin intención de ceder terreno, se lanza nuevamente con su lanza envuelta en rayos divinos, buscando herir al ser antes de que recupere completamente el equilibrio. Pero el ser atrapa la lanza a mitad del impulso, gira con fuerza y lanza a Odín por los aires, arrojándolo junto al arma.

En un parpadeo, aparece del otro lado, justo en el trayecto de Odín en el aire, lo intercepta y lo azota brutalmente contra el suelo, levantando una nube de polvo y escombros.

El ser lo deja por un momento, como si estuviera seguro de su ventaja. Pero Odín, herido pero decidido, no desaprovecha la oportunidad y contraataca, lanzando su lanza con fuerza quirúrgica. El ser esquiva por centímetros, casi como si leyera el tiempo mismo.

Odín aterriza detrás de él e intenta un corte vertical, pero el ser lo recibe con un codazo fulminante en el rostro, partiéndole parte del yelmo y haciéndolo tambalear. En un movimiento fluido, invoca su guadaña, la gira con elegancia letal y lanza un corte que impacta de lleno, mandando a Odín contra los escombros que se alzan como una muralla detrás de él.

La tierra tiembla. El campo de batalla se silencia un instante. La tensión se corta en el aire.

De entre los escombros, un estruendo resuena. Un destello azulado ilumina la nube de polvo: Odín, herido pero furioso, lanza una poderosa ráfaga de rayos de energía que atraviesan el campo como lanzas divinas.

El ser responde con frialdad, girando su guadaña con maestría, desviando uno a uno los rayos, cada impacto retumbando en el aire como truenos contenidos. Sus ojos brillan, preparando un contraataque devastador. Levanta su mano, y una oscura energía comienza a concentrarse en su palma, el aire se tensa.

Pero Odín ya lo había anticipado.

Con precisión milimétrica, lanza su lanza encantada a toda velocidad, la cual se clava en la mano del ser justo cuando este intenta liberar su ataque. El impacto lo detiene en seco, y el aura oscura se disipa en un chasquido violento.

La sorpresa se refleja en el rostro del ser por un instante. Odín, jadeando, da un paso al frente, la sangre escurriendo por su barbilla mientras con firmeza sentencia:

—No te equivoques… aún no has visto lo peor de mí.

El ser, herido en su orgullo y cuerpo, arremete con su guadaña en un corte descendente cargado de furia. Pero Odín, con reflejos agudos y el instinto de un veterano de mil guerras, esquiva el ataque con un giro ágil, colocándose justo en su flanco.

Su puño se estrella contra el estómago del ser. Un sonido seco retumba.

Pero Odín no da cuartel.

—¡¡NO VAS A LEVANTARTE DE NUEVO!! —brama con la furia de los antiguos dioses.

Lo toma del cuello y con su otra mano comienza a golpear su rostro brutalmente. Una, dos, tres veces. Cada puñetazo estalla como un trueno, sacudiendo el campo de batalla. El rostro del ser comienza a fracturarse, a mancharse de sangre oscura.

El ser intenta caer, desplomarse por el castigo… pero Odín no se lo permite. Con un rugido de pura determinación, lo sostiene erguido con una mano, mientras la otra sigue martillando sin misericordia.

El suelo tiembla. Los cielos oscurecen. Y por un momento… el universo parece contener la respiración.

Odín descargaba golpe tras golpe, su lanza había quedado atrás, y ahora usaba sus puños como martillos de juicio. Cada impacto hacía crujir el cráneo del ser, que parecía tambalearse, a punto de caer. Pero entonces, en un instante, el ritmo se quebró.



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En el texto hay: accion, mitología y leyendas, fantasía oscuro

Editado: 25.03.2026

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