La nieve apenas tocaba el suelo antes de evaporarse por el calor que traían consigo. Desde las grietas de las montañas, surgieron los Flamyrs. Sin frenar el paso, giró sobre el lomo del lobo y extendió ambas manos, conjurando un escudo rúnico que desvió las primeras lanzas de fuego que volaron hacia ellos. —¡Nos emboscaron! —masculló mientras lanzaba una ráfaga de dagas encantadas, cada una explotando al impactar en los torsos de los enemigos. Fenrir rugió, su aliento vaporoso y fiero, embistiendo a uno de los demonios en el camino, aplastándolo contra una roca. Más criaturas descendían en masa desde los riscos, bloqueando el camino. Loki saltó del lomo de Fenrir un instante, dibujó un sello en el aire con sus dedos y golpeó el suelo con una onda expansiva de fuego azul que lanzó a varios Flamyrs por los aires. En un segundo, volvió a subir a Fenrir, y sin mirar atrás, gritó entre dientes: —¡No tenemos tiempo para esto! ¡Aún no llegamos con ellos! —. Fenrir gruñó, como si entendiera, y aceleró el paso mientras Loki seguía lanzando conjuros desde su lomo, defendiendo su avance con todo lo que le quedaba. Sabía que no podía fallar. No esta vez.
Las zancadas de Fenrir eran tan violentas que cada paso hacía temblar el suelo. El viento helado azotaba los rostros de los enemigos y el lomo del lobo titánico se sacudía como un campo de batalla inestable. Loki apenas había conjurado otro sello cuando sintió el peso de tres Flamyrs que lograron trepar hasta su posición. Uno rugió justo detrás de él, su aliento ardiente rozándole la nuca. Loki giró con velocidad felina y clavó una de sus dagas encantadas directo en el pecho incandescente de la criatura, que estalló en una llamarada violenta. El lomo de Fenrir se sacudió con una curva cerrada mientras esquivaba un risco, y Loki casi pierde el equilibrio. Se deslizó unos metros sobre el pelaje espeso de su compañero, rodando sobre sí mismo mientras otro Flamyr le lanzaba un zarpazo.
—¡No es el mejor momento para perder el equilibrio! —gruñó, mientras giraba el torso y cruzaba ambas dagas, atrapando la garra entre las cuchillas. Con un movimiento rápido, giró la daga derecha y cortó de lleno el brazo de la criatura. El tercero aprovechó el instante para lanzarse sobre él, pero Loki usó el rebote del salto del Flamyr y el impulso del movimiento de Fenrir para girar por el aire, invocando una cadena mágica que envolvió el cuello del monstruo y lo arrastró hasta las patas traseras del lobo, donde fue aplastado sin piedad.
No había espacio para errores. El movimiento constante, los sacudones por cada salto de Fenrir, el hielo resbaladizo en algunas zonas del pelaje, todo lo obligaba a calcular al milímetro. Mientras el cuerpo del último Flamyr caía calcinado por una explosión de energía rúnica, Loki respiró agitado y se sostuvo del pelaje para estabilizarse. —Sigo aquí, malditos —espetó entre dientes, mientras conjuraba más dagas de luz oscura en sus manos.
Fenrir dio un rugido, como señal de que más enemigos se aproximaban.
De entre los árboles emergieron siluetas ardientes, veloces y feroces, montadas en criaturas que parecían surgidas de un delirio infernal. Eran bestias cruzadas entre lobos y felinos, cubiertas de escamas ígneas y zarpas que ardían con fuego vivo. Los Flamyrs, ahora a caballo de estas abominaciones, rodearon a Loki y Fenrir como una jauría de cazadores, emitiendo gritos guturales y salvajes.
Loki, aún sobre el lomo de Fenrir, intentó conjurar, pero sintió el vacío dentro de su pecho: su magia se había agotado. Solo quedaban las dagas… y su ingenio.
—Justo cuando el día no podía empeorar… —murmuró, empuñando sus armas con determinación.
Uno de los jinetes saltó desde lo alto con su lanza flamígera. Loki se agachó, dejando que el impulso de Fenrir lo elevara apenas lo justo para esquivar el ataque. Una segunda bestia se acercó rugiendo, y Fenrir, con un giro violento del cuerpo, la embistió. Su colosal mandíbula se cerró con brutalidad sobre el cuello de la criatura, partiéndolo con un chasquido seco. El jinete fue arrojado como muñeco de trapo contra un árbol, donde quedó inerte.
Pero no había tiempo para celebrar.
Las sacudidas del galope hacían que Loki apenas pudiera mantenerse en pie sobre el pelaje resbaloso de su compañero. Cada movimiento de Fenrir era un desafío: el equilibrio se volvía una batalla constante mientras los enemigos atacaban por todos los flancos. Loki tuvo que impulsarse sobre las espaldas del lobo para evitar una lanza que casi le atraviesa el costado.
—¡Muévete más derecho, Fenrir! ¡Me estás lanzando como trapo al viento! —gritó con sarcasmo, mientras clavaba una daga en la garganta de un nuevo atacante que intentaba subir al lomo del lobo.
El cuerpo del enemigo cayó rodando entre el fuego del bosque y las sombras que lo devoraban.
Otro de los Flamyrs logró aferrarse al pelaje de Fenrir, levantando una espada corta. Loki giró bruscamente y, usando el movimiento del salto anterior, le lanzó la segunda daga directo al ojo. El grito del enemigo fue apagado por su caída al suelo, mientras la criatura que montaba se desbocaba sin jinete.
Y aún más venían...
Fenrir soltó un rugido que estremeció el bosque, un rugido que no era solo de furia… sino de lealtad. Loki se aferró al pelaje, con las manos manchadas de sangre y la mirada fija.
—Vamos, viejo amigo
El viento rugía en sus oídos mientras Fenrir corría como un relámpago viviente entre los árboles. A su costado, una de las últimas bestias ígneas se acercaba velozmente, montada por un Flamyr que blandía una lanza envuelta en fuego. Loki no lo dudó. Se impulsó con fuerza desde el lomo de Fenrir, desatando una acrobacia feroz en el aire.