Con un rugido desgarrador, Tyr volvió a la carga. Corrió a toda velocidad, levantando sus hachas, dejando atrás el dolor, el miedo, el juicio.
Astaroth lo miró con desprecio.
—Persistencia… sin entendimiento.
El dios de la guerra lanzó un tajo furioso con ambas hachas. Astaroth lo esquivó girando sobre sí mismo, y en un solo movimiento, se colocó detrás de él.
Sus brazos se cerraron como tenazas alrededor del cuello y el torso de Tyr, aplicando una llave cruel, precisa, que presionaba la columna y la garganta al mismo tiempo.
Tyr gritó. Gritó con la voz rota, con el alma estrujada.
—¡AAAAAGHHH!
El dolor era insoportable.
La guadaña de Astaroth brillaba cerca de su cuello, lista para poner fin a todo.
—Gritas… como todos los que creen ser más de lo que son —susurró Astaroth al oído de Tyr—. Qué decepción.
Y entonces… vino el trueno.
Un estallido de relámpagos descendió del cielo como un juicio divino.
Y en medio del estruendo… Mjolnir voló como un cometa de furia.
El martillo impactó directamente en el rostro de Astaroth. Un golpe devastador, acompañado de un estallido de energía que rompió el agarre sobre Tyr y lo lanzó varios metros hacia atrás.
Tyr cayó de rodillas, jadeando, libre.
Y entonces, entre la nube de polvo y truenos, una figura aparecio con el martillo en lamano
Thor.
Sus ojos brillaban con la tormenta. Su expresión era de ira pura.
—Aparta tus manos de mi hermano, engendro —gruñó con voz grave—. O esta vez… será tu cráneo el que retumbará con el trueno.
El campo tembló.
Astaroth se reincorporó lentamente, girando el cuello con un crujido, limpiando la sangre de su boca con el dorso de su mano. Su sonrisa… ya no era de desprecio.
Era de interés.
—Ah… el segundo hijo. El Martillo de la Tormenta. —Su tono era casi... entretenido—. Esto se está volviendo interesante.
Y en el cielo, los relámpagos no cesaban.
El viento helado cortaba el rostro de Loki mientras cabalgaba a toda velocidad sobre el lomo de Fenrir.
El lobo gigante atravesaba el terreno nevado con una fuerza imparable, cada zancada sacudía la tierra bajo sus patas.
—No hay otra opción —murmuró Loki, apretando los puños sobre el pelaje negro—. El éxodo es la única esperanza para Jotunheim.
A lo lejos, el refugio esperaba en las afueras del territorio, un lugar seguro donde se refugiaba el pueblo. Pero el tiempo no estaba de su lado.
En el horizonte, el cielo tronaba con la intensidad de la batalla que se libraba no muy lejos.
Odín, Thor, Tyr y Balder mantenían la línea frente a Astaroth, el enemigo cuyo poder era comparable al de Odín, quizás incluso superior.
—No podemos dejar el destino de Jotunheim a la suerte —dijo Loki para sí mismo—. Ellos ganarán todo el tiempo que sea necesario, aunque no sé si será suficiente.
A pesar de la fuerza y el coraje de los Æsir, la situación era crítica. Astaroth apenas utilizaba el 70% de su poder total, reservando lo peor para después.
Y lo más inquietante: Odín ha perdido el deseo de pelear. La revelación de su verdadera naturaleza —ser una creación de una fuerza mucho mayor, sin recuerdos de un pasado propio ni de progenitores— ha apagado la llama en su espíritu.
Fenrir lanzó un gruñido decidido y aceleró aún más.
—Aguanten —susurró Loki—. No dejaremos que esto termine aquí.
El lobo y su jinete se adentraron en la tormenta de nieve y truenos, llevando consigo la última esperanza de su pueblo.
La tormenta de nieve rugía alrededor, mezclándose con el estruendo del combate.
Thor, Tyr y Balder estaban heridos, magullados, con sus cuerpos marcados por los golpes recientes.
El sudor y la sangre se mezclaban con la nieve que les cubría, y cada respiración era un esfuerzo sobrehumano.
Pero sus ojos brillaban con una determinación feroz, una voluntad de hierro que ni el cansancio ni el miedo podían doblegar.
—¡No caeremos! —gruñó Tyr, apretando los dientes mientras bloqueaba un golpe brutal de la guadaña de Astaroth—. ¡Por Asgard, por nuestro linaje y por el reino que nos confió el Padre!
Thor, con el rostro ensangrentado y el cabello despeinado, levantó Mjolnir una vez más, lanzándose contra el enemigo con un rugido ensordecedor.
—¡No dejaré que nada destruya lo que Odín construyó!
Balder, aunque tambaleante, se mantuvo firme junto a sus hermanos, usando sus espadas para interceptar ataques que parecían imparables.
—Él es nuestra fuerza, aunque hoy su alma esté vacía… —murmuró—. Nosotros somos el escudo.
El peso de la verdad que Odín cargaba los había golpeado tan fuerte como cualquier arma, pero ellos no se rendirían. No cuando el destino de Jotunheim pendía de un hilo.