Fallen Gods

CAPITULO #11 PARTE 5: No Morirás Aquí

La nieve estaba teñida de sangre.

Cualquier otro ejército, cualquier otra raza, habría caído hace mucho.

Los ataques de Astaroth eran demoledores, cada uno capaz de partir montañas o reducir a polvo un ejército entero… y aun así, los tres hijos de Odín seguían en pie.

Thor respiraba con dificultad, sus costillas dolían como si cada inhalación fuera un cuchillo.

Tyr apenas podía cerrar los puños alrededor de sus hachas, sus brazos temblaban por el esfuerzo y el dolor.

Balder tenía un corte en el rostro, y su luz parecía parpadear, pero sus ojos seguían fijos en el enemigo.

Astaroth los observó, con la guadaña al hombro, y por primera vez su rostro reflejó algo distinto al aburrimiento: una chispa de irritación.

—Golpes que quebrarían mundos… y ustedes aún respiran.

—Nosotros… —jadeó Thor, levantando su martillo una vez más— …no conocemos la palabra rendición.

El horripilante ser inclinó la cabeza, curioso.

—Tal vez eso sea lo único que respeto de ustedes… —su voz era un eco oscuro que erizaba la piel—. Pero la terquedad no los salvará.

Se desvaneció por un instante, moviéndose a una velocidad que los ojos mortales no podrían seguir.

De pronto estaba frente a Balder, y una patada brutal lo lanzó a través de tres columnas de hielo.

Giró la guadaña y cortó el aire frente a Tyr, liberando una onda que lo arrastró decenas de metros, destrozando el suelo bajo sus pies.

Thor fue el último.

Intentó un contraataque, pero Astaroth lo sujetó del cuello con una sola mano y lo levantó del suelo, como si no pesara nada.

—Ustedes resisten… porque no entienden lo inevitable.

Astaroth esquivó el proyectil divino con una gracia antinatural, apenas girando el cuerpo mientras el Mjolnir surcaba el aire a centímetros de su rostro. Sin dar tregua, contraatacó con una furia despiadada: su puño, envuelto en una oscuridad hirviente, se estrelló contra la garganta de Thor con una violencia tal que un crujido gutural resonó por todo el campo de batalla. El dios del trueno retrocedió ahogándose, su tráquea casi pulverizada.

Tyr rugió y lanzó ambas hachas con rabia, pero su precisión fue inútil ante la velocidad monstruosa de Astaroth. El demonio lo sujetó del brazo en pleno ataque y lo elevó como un trapo viejo. Luego vino la masacre: azotó el cuerpo de Tyr contra el suelo con tal fuerza que el suelo se fragmentaba con cada impacto, dejando grietas profundas en la tierra. No solo una, sino otra vez, y otra… y otra.

Lo estampó contra pilares, ruinas, contra losas de roca, y luego lo arrastró violentamente, dejando una estela de sangre, escombros y carne herida. Cada impacto era una sinfonía de huesos rompiéndose. Tyr apenas podía gritar, su conciencia colgaba de un hilo invisible. Su aliento era errático, cada golpe le robaba parte del alma, del orgullo, de la fuerza. Era el dios de la guerra… y estaba siendo tratado como un simple mortal.

Lo dejó tirado, sangrando, roto, pero el martirio no había terminado.

Astaroth levantó un pie colosal y comenzó a aplastarle la cabeza con lentitud. El rostro de Tyr se retorcía de impotencia. Intentó mover un brazo, levantar una rodilla, siquiera respirar con normalidad… pero era inútil. La presión aumentaba con cada segundo. El cráneo crujía, los gritos se ahogaban en su garganta ensangrentada. Era un acto de humillación total, una ejecución cruel. El dios de la guerra, por primera vez, estaba siendo aniquilado.

Tyr podía sentir cómo los huesos de su cráneo se resquebrajaban lentamente bajo la presión inhumana. Cada crujido era una sinfonía de dolor. El metal de su casco se deformaba, cediendo como papel entre las garras del demonio.

—¡AAAAAARRGH! —rugía Tyr, con un alarido tan bestial que sacudía la sangre de los guerreros más cercanos. Su voz ya no parecía humana; era el lamento desgarrado de un dios al borde del abismo.

Sus ojos comenzaron a sobresalir, forzados por la presión brutal en su cabeza, mientras la sangre le brotaba a chorros de la nariz, de los oídos, de la boca. Su cuerpo convulsionaba con violencia, y su brazo restante golpeaba el aire, inútil, buscando escapar a una fuerza que no podía romper.

Astaroth, impasible, lo sostenía con una sola mano por la cara, apretando con lentitud, deleitándose con cada espasmo, con cada grito. Sus ojos brillaban con un placer casi erótico ante la desesperación absoluta del dios nórdico.

—Grita, perro de Asgard —susurró Astaroth, su voz como lava derramándose en el alma de Tyr—. Quiero oír cómo se apaga tu luz… cómo muere tu fuego.

Tyr sentía que su mente comenzaba a apagarse. El mundo se volvía rojo… luego negro… luego silencio.

Pero dentro de esa oscuridad, una chispa.

Un recuerdo.

Una voz lejana.

El eco de un juramento hecho con sangre.

“Jamás… volveré… a caer de rodillas.”

Un latido.

Luego otro.

Su ojo aún sano brilló con una furia primitiva.



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En el texto hay: accion, mitología y leyendas, fantasía oscuro

Editado: 16.04.2026

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