La noche sobre Joktldar no era una simple oscuridad; era un presagio, un velo que anunciaba la caída de un reino. El eco de los truenos, los gritos de dolor y el estruendo de los escombros eran la sinfonía de un campo de batalla condenado. Astaroth, imponente y desatado, avanzaba como una tormenta viviente, mientras los hijos de Odin, desgarrados y sangrantes, se alzaban una y otra vez contra lo imposible. Ninguno de ellos ignoraba la verdad: aquel no era un combate por la victoria, sino por el tiempo… y el tiempo era lo único que podía salvar a Jottunheim del exterminio.
Astaroth alzó su puño envuelto en energía oscura, listo para hundirlo en el pecho de Balder y arrancarle la vida de un solo golpe. Thor, atrapado por aquellas manos colosales que lo inmovilizaban, reunió lo poco que le quedaba de fuerza. Con un rugido desesperado, extendió su brazo y lanzó a Mjolnir. No tenía la potencia devastadora de otros lanzamientos, pero su intención no era herir, sino desviar.
El martillo no impactó en Astaroth, sino que se interpuso en la trayectoria de su puño, convirtiéndose en el escudo de su hermano. El choque fue brutal, una onda de fuerza sacudió el aire. El golpe mitigado no fue suficiente para salvar a Balder del todo: su cuerpo recibió parte del impacto, y un dolor desgarrador recorrió cada fibra de su ser. Sus costillas se quebraron como ramas secas, y un hilo de sangre escapó de su boca mientras era lanzado hacia una pila de escombros.
El dios de la luz quedó tendido entre ruinas, su cuerpo rojo intenso por las heridas, respirando con dificultad, cada jadeo un tormento. Thor apretó los dientes al verlo, su furia creciendo contra las cadenas de sombra que lo mantenían preso.
Y aun así, aunque su hermano parecía destrozado, Thor había logrado lo imposible: había reducido un golpe que, de otro modo, lo habría matado al instante. Thor lo sabía. Había visto la naturaleza del ataque, había sentido en el aire la magnitud de la fuerza que Astaroth iba a emplear. Ese golpe estaba destinado a perforar el cuerpo de Balder, a aniquilarlo sin remedio.
Astaroth, en cambio, se detuvo un instante, observando con desdén la escena. Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro mientras giraba lentamente la cabeza hacia Thor.
—¿Eso fue todo, dios del trueno? —bufó con sorna, sus ojos brillando de deleite macabro—. Un esfuerzo patético… apenas lograste retrasar lo inevitable.
Thor, jadeando, con la rabia clavada en su garganta, apretó los dientes al ver a Balder sangrar entre los escombros. Sabía que su hermano aún respiraba, pero apenas.
Thor gruñó con furia, y las cadenas sombrías que lo mantenían atado comenzaron a crujir como hierro al rojo vivo. La energía del trueno recorrió su cuerpo, envolviéndolo en relámpagos, hasta que con un estallido ensordecedor las manos colosales se hicieron añicos. El dios del trueno cayó de rodillas por un instante, exhausto, pero enseguida se incorporó, con la mirada fija en Astaroth.
Alzó su mano derecha, temblorosa pero firme, y Mjolnir, que aún vibraba en el aire tras el choque anterior, regresó a su dueño como un rayo que corta el cielo. El martillo encajó en su palma con un estruendo eléctrico, haciendo temblar los escombros bajo sus pies.
Astaroth lo observó en silencio unos segundos, con esa sonrisa torcida que revelaba tanto burla como interés.
—Admiro tu voluntad, Thor… —dijo, con una voz que resonó como un eco sepulcral—. Cualquier otro ya habría aceptado su muerte. Pero tú sigues levantándote… una y otra vez.
Su expresión cambió en un instante, oscureciéndose con un destello de impaciencia.
—Pero tu persistencia no es más que una molestia. Me haces perder un tiempo que no tengo.
Astaroth giró apenas la cabeza, como si pudiera sentir la presencia de Loki alejándose cada vez más en la distancia. Su mirada se afiló con urgencia: si dejaba que pasara más tiempo, el hijo del engaño cruzaría hacia otro reino, y el objetivo que había jurado alcanzar se escaparía de sus manos.
—Si no te destruyo ahora, tu obstinación seguirá retrasándome —rugió Astaroth, alzando su guadaña que crujió como si el aire mismo se desgarrara—.
Thor apretó con fuerza el mango de Mjolnir, la electricidad recorriendo su brazo hasta envolverlo por completo.
—¡Si quieres ir por el, tendrás que pasar sobre mí! —bramó el dios del trueno, su voz tronando como una tormenta desatada.
El choque parecía inevitable: la furia de un dios contra la abrumadora impaciencia de un demonio colosal.
Mientras tanto, Loki cabalgaba sobre el lomo de Fenrir a toda velocidad, pero su mente estaba en otra parte. Cada golpe que escuchaba a lo lejos, cada rugido del monstruo que desafiaba a los dioses, le recordaba lo que estaba en juego. Angrboda, Eirik, su madre Lauffey y todo su pueblo… todos podían perderse en un abrir y cerrar de ojos.
Su angustia lo consumía, pero no permitió que lo frenara. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, divisó las murallas improvisadas del refugio, una estructura levantada con desesperación y esperanza en las afueras de Joktldar.
—¡Ahí está! —gritó, apretando con fuerza las riendas sobre Fenrir, que rugió con fiereza al reconocer que habían llegado.
En cuanto cruzaron las puertas, Angrboda lo vio. Sus ojos, llenos de lágrimas contenidas, se iluminaron al instante. No dudó ni un segundo: corrió hacia él con el corazón desbordando alivio.