El aire se volvió denso, cargado de energía infernal. Astaroth rugió con furia contenida, su silueta se distorsionó por el calor del fuego oscuro, y en un destello espectral desapareció ante los ojos de Odín.
El Allfather apenas tuvo tiempo de girar la cabeza cuando una sombra surgió a su costado.
Un sonido metálico cortó el aire, y la hoja ardiente de la guadaña se enroscó alrededor de su cuello como una serpiente viviente.
Odín gruñó, intentando apartarla, pero el filo infernal se ajustó con fuerza, abriéndole la piel. Un hilo de sangre espesa cayó por su barba plateada.
El brillo dorado de sus ojos se apagó por un segundo mientras el aire se le escapaba de los pulmones.
—Gh—hh… ¡Bastardo! —gruñó entre dientes, intentando arrancar el arma.
Astaroth apareció frente a él, sujetando el mango de la guadaña con ambas manos, girándolo con lentitud, disfrutando del sufrimiento. Su voz retumbó grave, distorsionada por la furia.
—Tus engendros… —dijo con una sonrisa macabra— han logrado algo que ninguna deidad había hecho antes… hacerme perder la paciencia.
Tiró con fuerza, el filo profundizándose, y Odín soltó un rugido ahogado, el sonido de su propia sangre gorgoteando en su garganta.
Astaroth inclinó la cabeza, los ojos encendidos como carbones del infierno.
—Te doy mi palabra, Padre de Todos… —susurró con voz venenosa, acercando su rostro al de Odín— no verán el amanecer.
El dios, jadeante, logró alzar una mano. Entre sus dedos, destellos de energía dorada comenzaron a crepitar.
Los ojos de Odín se abrieron de par en par, y una ráfaga divina estalló desde su cuerpo, envolviéndolos a ambos en un resplandor cegador.
El suelo tembló. La guadaña se estremeció y soltó el cuello del dios, humeante por la energía que la quemaba.
Odín cayó de rodillas, tosiendo sangre, mientras Astaroth retrocedía, riendo entre los destellos.
—Eso fue todo, viejo… —dijo con desprecio, girando su arma—. Si ese es tu poder, tu era terminó hace mucho tiempo.
Odín levantó la vista, la sangre aún goteando por su cuello, pero en su mirada había fuego… y orgullo.
—Aún… no has visto nada, demonio.
El aire se estremeció con un rugido divino.
Odin, con el cuello marcado por la hoja infernal, alzó la mano manchada de sangre y bramó con una voz que hizo temblar la tierra:
—¡CLONES DE MI VOLUNTAD, A MÍ!
Dos destellos dorados emergieron a sus costados. De la nada, aparecieron dos proyecciones idénticas de él: guerreros hechos de pura energía y furia.
Los tres Odín se lanzaron al ataque en perfecta sincronía, moviéndose como si compartieran una sola mente.
Astaroth, confundido, apenas alcanzaba a reaccionar. Cada embestida venía de un ángulo distinto: una lanza al pecho, otra a las piernas, un golpe seco en la mandíbula. Su guadaña apenas podía bloquear la mitad de los ataques; su furia se mezclaba con una sombra de desesperación.
—¡MALDITO VIEJO! —gruñó, girando la hoja en círculos infernales.
Pero fue inútil. Los clones de Odin lo sujetaron de los brazos, cruzando sus manos espectrales y inmovilizándolo.
El verdadero Padre de Todo, con el rostro cubierto de sudor y sangre, levantó su lanza Gungnir y descargó una serie de estocadas rápidas, cada una acompañada de un relámpago cegador.
El cuerpo de Astaroth se arqueaba con cada impacto, su piel demoníaca chispeaba y su rugido resonaba como un trueno desquiciado.
Con un esfuerzo colosal, el demonio logró liberarse: empujó violentamente a uno de los clones, que se desintegró en polvo dorado, y derribó al otro de un puñetazo en el rostro.
Aprovechó el impulso y pateó al verdadero Odin, lanzándolo por los aires.
Pero el dios no cayó. En medio del vuelo, giró sobre su eje, el ojo ardiente de furia, y arrojó su lanza con precisión divina.
—¡GUNGNIR!
El arma cruzó el aire como un rayo de juicio y se incrustó en el brazo de Astaroth, clavándolo brutalmente contra la pared de piedra.
El demonio rugió con un dolor que estremeció los cielos.
Astaroth trató de liberarse, pero Gungnir seguía clavada en su brazo, hundida hasta el hueso.
Odin no perdió ni un segundo.
Apareció frente a él con un destello dorado y descargó el primer golpe.
Luego otro.
Y otro.
Y otro.
Una tormenta de puñetazos, cada uno acompañado de un estallido de energía divina que hacía retumbar toda la cámara.
El rostro del demonio se hundía entre los impactos, la pared se agrietaba detrás de él, la sangre oscura salpicaba como tinta en el aire.
Astaroth, jadeando, soltó una sonrisa torcida, casi divertida a pesar del castigo.
—Qué interesante… —escupió sangre negra—. Golpeas con fuerza, viejo. No pareces muy afectado por… ya sabes…