Loki se adentró junto a Fenrir en las ruinas humeantes de su pueblo natal, un lugar que apenas horas atrás aún respiraba vida. Las casas destrozadas yacían abiertas como heridas recientes, la nieve manchada por ceniza y restos de batalla que el viento aún no había logrado borrar. El eco de la destrucción seguía presente, demasiado fresco, demasiado cercano. Fenrir avanzaba con el lomo erizado, olfateando el aire cargado de sangre y magia, mientras Loki recorría el lugar con la urgencia de quien se niega a aceptar lo evidente.
No había gritos, ni pasos apresurados, solo un silencio antinatural que pesaba más que cualquier estruendo. Loki llamó a su madre una y otra vez, moviendo escombros aún tibios, buscando entre sombras que no respondían. Cada segundo sin respuesta hacía que su respiración se volviera más irregular. La batalla había terminado, pero la incertidumbre no. Y mientras el miedo comenzaba a apoderarse de él, un pensamiento oscuro se abrió paso en su mente, insoportable y persistente: si ella había estado allí… quizá no había sobrevivido.
Thor avanzaba con paso firme, cargando a Tyr inconsciente sobre sus hombros, mientras Balder corría a su lado sin apartar la vista del camino helado que los llevaba hacia el punto donde los jotuns iniciarían el éxodo. El campo de batalla había quedado muy atrás; Astaroth y Odín ya no eran más que un recuerdo envuelto en humo y relámpagos. Aun así, Balder giró el rostro un instante, mirando en dirección al lugar del combate, como si algo invisible lo llamara.
—¿Te diste cuenta de eso? —dijo Balder sin dejar de correr.
—¿De qué hablas? —respondió Thor, ajustando el peso de Tyr para que no cayera.
Balder frunció el ceño, inquieto.
—Mientras luchábamos contra Astaroth… podía sentir su energía. Era aterradora, densa, como si el mundo mismo se encogiera a su alrededor. Ahora no siento nada.
Thor resopló.
—Nos hemos alejado bastante. Tiene sentido que ya no lo percibas.
Balder negó con la cabeza, sin convencerse.
—Es muy improbable. Incluso antes de llegar al campo de batalla, podía sentirlo desde una gran distancia. Esa presencia no desaparece así como así.
Thor guardó silencio por un momento, y Balder terminó de decir lo que ambos pensaban, pero ninguno quería admitir.
—Tal vez… —murmuró— mi padre derrotó a Astaroth.
Thor no respondió de inmediato. Siguió avanzando, con el peso de Tyr y una duda creciente que ni siquiera la fuerza de un dios podía apartar.
Thor mantuvo el paso firme, el peso de Tyr inconsciente hundiéndosele en los hombros, mientras el hielo crujía bajo sus botas.
—Dudo que eso haya pasado —dijo finalmente, con la voz grave—. En el último instante, nuestro padre mostró el máximo poder que le he visto en eras… y aun así, no fue suficiente para inclinar la balanza con claridad.
Balder lo miró de reojo, atento.
—El poder de ese maldito demonio era demasiado —continuó Thor—. No solo para ti o para mí, sino para todos. Si he de ser sincero, por un momento creí que aquella sería la última pelea de nuestro padre.
Balder apretó los puños mientras corría.
—Aceptamos huir porque fue lo único que nos quedó —prosiguió Thor—. Su última posible voluntad. Padre no buscaba vencer, sino darnos tiempo… tiempo para alejarnos, para reagruparnos. Quizá logró más de lo que creemos.
Balder bajó la mirada un instante, luego volvió a mirar al frente.
—Pero tú viste lo que ocurrió con Nictofer —añadió Thor, con un tono más áspero—. La magnitud de ese poder, la forma en que el mundo parecía romperse solo por su presencia. Astaroth no se diferenciaba tanto.
Thor respiró hondo antes de continuar.
—Sabes lo que tuvimos que sacrificar para apenas aprisionarlo. Vidas, juramentos, dioses quebrados. Así que no… —negó lentamente— no creo que ese maldito haya caído tan fácilmente. Y si su presencia se ha desvanecido… eso solo significa que algo peor está por venir.
El silencio volvió a imponerse entre ambos, pesado, mientras el camino hacia el éxodo se extendía ante ellos como una huida que ninguno había deseado tomar.
Odín avanzaba con paso tembloroso, forzando a su cuerpo a obedecer una voluntad que se negaba a ceder. Cada movimiento le arrancaba un dolor profundo, como si las ramas de Yggdrasil aún lo atravesaran por dentro. Había aceptado morir en Jotunheim, lo había hecho desde el momento en que decidió enfrentarse a Astaroth. Pero ahora la balanza se había inclinado, y al sepultarlo bajo el poder del Árbol, comprendió que aún no podía permitirse ese final.
Pensó en sus hijos. En Thor, en Balder, incluso en Tyr. Esa sola idea lo empujó a seguir avanzando, negándose a caer, negándose a desaparecer en aquel páramo helado. No había ganado la guerra, solo había comprado tiempo, y ese tiempo aún debía ser usado. Sin embargo, por más inquebrantable que fuera su determinación, su cuerpo ya no respondía. Las fuerzas que lo habían sostenido se extinguieron de golpe.
Odín dio un último paso antes de que sus rodillas cedieran. El mundo se volvió borroso, el frío lo envolvió, y cayó sobre la nieve sin poder evitarlo. Su conciencia se apagó lentamente, dejando al Padre de Todo inconsciente y solo, en medio del silencio de Jotunheim, mientras el destino seguía avanzando sin esperar a nadie.