Fenrir se lanzó sin medir distancia ni consecuencia. Su primera embestida hizo que Furcas apenas lograra rodar sobre el hielo antes de que una pata gigantesca descendiera donde su cabeza había estado un instante atrás. El impacto abrió una grieta brutal en la superficie congelada.
Otra pata cayó.
Y otra.
Cada golpe levantaba fragmentos de hielo que cortaban el aire como cuchillas. Furcas retrocedía, buscando ángulo, buscando espacio… hasta que sus dedos finalmente encontraron el asta de su lanza.
La alzó justo a tiempo.
El siguiente zarpazo chocó contra el metal con un estruendo seco. La vibración recorrió los brazos de Furcas, pero resistió. Giró la lanza, desvió otro golpe y se deslizó hacia un costado antes de que las fauces de Fenrir se cerraran donde había estado.
—Bestia maldita… —gruñó.
Fenrir no respondió. Solo atacó otra vez.
Esta vez fue más rápido.
Clavó una de sus patas sobre Furcas, hundiéndolo contra el hielo. La presión fue monstruosa; el suelo se fracturó bajo el cuerpo del general.
Fenrir abrió las fauces.
Su mandíbula descendió lentamente, proyectando una sombra de muerte sobre Furcas.
Un segundo más…
Y lo habría partido en dos.
Pero la lanza se interpuso.
Las mandíbulas chocaron contra el arma con un sonido feroz, los colmillos rechinaron contra el metal. Furcas sostuvo el asta con ambas manos, los músculos tensos hasta el límite mientras evitaba ser triturado.
Entonces sonrió.
Oscuridad comenzó a filtrarse desde sus manos.
No era una simple sombra; era algo más denso, más profundo, como si la noche misma estuviera siendo arrastrada hacia el mundo. La negrura trepó por la lanza, envolviéndola en un resplandor sombrío que devoraba la luz a su alrededor.
—Aprende tu lugar —susurró.
La energía se comprimió.
Y estalló.
Una onda expansiva monstruosa se liberó desde la lanza, detonando el aire con una violencia brutal. Fenrir fue arrancado del suelo como si no pesara nada y salió disparado hacia atrás, arrastrándose varios metros antes de lograr clavar las garras para frenar.
El hielo quedó surcado por profundas marcas.
Pero la bestia no se rindió.
Sacudió la cabeza, rugió… y volvió a cargar.
Furcas giró la lanza en un arco preciso.
El movimiento fue limpio.
Letal.
De la hoja emergió una llamarada colosal, una lengua de fuego oscuro que se expandió con furia y devoró la distancia entre ambos en un parpadeo.
El impacto envolvió a Fenrir.
El rugido que siguió fue ahogado por la explosión.
Cuando las llamas se disiparon, el enorme cuerpo de la bestia cayó pesadamente contra el hielo. El vapor se alzaba desde su pelaje chamuscado, y por primera vez… no intentó levantarse.
No de inmediato.
Furcas bajó la lanza con lentitud, observándolo.
—Uno por uno… —murmuró con frialdad.
El campo de batalla quedó en silencio.
Loki sin fuerzas.
Fenrir fuera de combate.
Y Furcas…
Aún de pie.
Furcas se acercó al cuerpo inmóvil de Fenrir y lo observó con desprecio.
—Criatura patética.
Dio media vuelta, dispuesto a dirigirse hacia Loki.
Entonces…
Los ojos de Fenrir se abrieron.
Sin advertencia, sus fauces se cerraron sobre la pierna de Furcas.
El crujido fue seco.
Furcas apenas alcanzó a reaccionar cuando la bestia comenzó a sacudirlo violentamente, como un depredador despedazando a su presa. Su enorme cuerpo se agitó de un lado a otro hasta que, con un movimiento brutal del cuello, lo lanzó contra una pila de escombros.
La estructura colapsó con estruendo.
El polvo se elevó alrededor.
Fenrir avanzó unos pasos y adoptó una postura más baja, más salvaje. Sus músculos temblaban, su respiración era pesada, pero sus ojos ardían con una ferocidad primitiva.
—Vas a necesitar más que un poco de fuego… para apartarme de tu camino.
Entre los restos, Furcas se incorporó lentamente.
Sabía lo que había desatado antes.
Ese poder había consumido criaturas mucho más grandes que aquel lobo.
Y sin embargo…
seguía en pie.
Los ojos de Furcas se entrecerraron.
Por primera vez desde que comenzó el combate, no hubo burla en su rostro.