Fallen Gods

CAPITULO #16 PARTE 1: La Grieta mas Alla de los Reinos

El campo blanco había desaparecido, pero la tierra aún parecía recordar el peso de la batalla. El aire era denso, cargado con el olor de la piedra pulverizada y la sangre reciente. Fragmentos de hielo se derretían lentamente entre los escombros, como si el propio suelo exhalara tras haber sobrevivido a una furia que no le pertenecía. Loki yacía inmóvil a varios metros, apenas consciente, mientras cada músculo de su cuerpo le reclamaba el precio de su ira. No muy lejos de él, Fenrir mantenía su postura salvaje, interponiéndose entre Furcas y todo aquello que aún debía proteger. Y por primera vez desde que aquel enemigo había aparecido… el silencio no era calma, era la respiración contenida de una tragedia que apenas comenzaba a revelarse.

Furcas entrelazó las palmas con fuerza, los músculos de sus brazos tensándose mientras una energía oscura serpenteaba entre sus dedos. Su respiración era pesada, pero su mirada permanecía fría.

—No tengo tiempo para ti, bestia —gruñó, sin apartar los ojos de Fenrir.

El aire detrás de él comenzó a deformarse, como si la realidad fuese una tela estirada al límite. Primero fue un temblor apenas perceptible… luego un crujido seco, antinatural, similar al sonido de huesos gigantes partiéndose. Una grieta se abrió en el espacio-tiempo, irregular y palpitante, sus bordes brillaban con un resplandor incandescente que no era fuego… era algo más antiguo, más hostil.

De la fisura emergió un calor insoportable. No era el calor reconfortante de una hoguera ni la furia limpia de un volcán; era un calor corrupto, sofocante, cargado de un hedor metálico, como sangre evaporándose sobre hierro ardiente. La tierra alrededor comenzó a ennegrecerse.

Entonces algo se movió dentro.

Una de las criaturas atravesó la abertura arrastrándose lentamente, como si el propio mundo se resistiera a dejarla pasar.

Era enorme, casi del tamaño de un oso, pero su anatomía parecía un error de la naturaleza. Su cuerpo estaba recubierto por placas quitinosas negras, superpuestas unas sobre otras, afiladas en los bordes como cuchillas. Entre las junturas brotaba un resplandor anaranjado, como si lava corriera por sus venas.

Tenía seis extremidades.

Las delanteras terminaban en garras curvas, largas y dentadas, diseñadas no solo para desgarrar carne sino para aferrarse a ella y no soltar jamás. Las posteriores eran más gruesas, articuladas hacia atrás, recordando a las patas de un insecto colosal; cada paso producía un chasquido húmedo.

Su cabeza era aún peor.

Alargada, sin ojos visibles, pero con múltiples cavidades que se abrían y cerraban a lo largo del cráneo, como si respirara por toda la cara. De esas cavidades salía vapor ardiente. Su mandíbula se dividía en cuatro secciones que se desplegaban como pétalos grotescos, revelando filas concéntricas de colmillos translúcidos que vibraban ligeramente, produciendo un zumbido agudo.

Pero lo más perturbador era el aguijón.

De su espalda nacía una cola segmentada que se arqueaba por encima de su cuerpo. Cada segmento estaba cubierto de espinas microscópicas que destilaban un líquido espeso y oscuro. La punta era larga, casi como una lanza viva, y goteaba una sustancia que, al tocar el suelo, lo hacía burbujear y hundirse.

Otra criatura salió.

Y otra más.

Algunas eran más bajas pero mucho más anchas, con caparazones rugosos que parecían piedra fundida. Otras tenían dos aguijones que se movían de forma independiente, golpeando el aire con ansiedad. Sus movimientos no eran torpes… eran inquietantemente coordinados, como si compartieran una sola voluntad.

El sonido que emitían llenó el campo de batalla: un coro de chasquidos, roces y zumbidos que se metía bajo la piel.

Incluso Fenrir, cuya ferocidad hacía temblar ejércitos, entrecerró los ojos. No era miedo.

Era instinto.

Aquellas cosas no pertenecían a ningún reino natural.

Furcas observó la escena con una ligera sonrisa.

—Mis sabuesos del abismo —murmuró—. Nacidos donde la luz jamás ha existido… y donde incluso los dioses evitarían mirar.

La grieta siguió ensanchándose detrás de él.

Y las bestias continuaron saliendo.

Fenrir no retrocedió, pero su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse. Sus orejas se inclinaron hacia atrás y un gruñido bajo vibró en su pecho, no como advertencia… sino como reconocimiento de algo que no debía existir.

Sus ojos recorrieron a las criaturas con rapidez, analizando cada movimiento, cada respiración irregular, cada chasquido de aquellos caparazones imposibles.

No.

No eran bestias.

No eran espíritus.

No eran engendros de magia conocida.

Fenrir había olido la sangre de guerreros de todos los reinos, había despedazado horrores nacidos en las guerras más antiguas, había visto monstruos que harían perder la razón a cualquier mortal… pero aquello era distinto.

Aquellas cosas no tenían presencia natural en el mundo.

Era como si la realidad misma las rechazara.



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En el texto hay: accion, mitología y leyendas, fantasía oscuro

Editado: 06.05.2026

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