Las criaturas terminaron de emerger de la grieta una tras otra, hasta que fueron veinte. Veinte aberraciones respirando al mismo ritmo, como si compartieran un solo corazón. El calor que desprendían deformaba el aire, y cada paso que daban dejaba marcas humeantes sobre la tierra castigada por la batalla.
Fenrir no se movió.
Giró lentamente la cabeza, midiendo distancias, contando cuerpos, anticipando trayectorias. Sus garras se hundieron en el suelo con un crujido seco mientras su pecho se expandía en una inhalación profunda. Sangre —propia y ajena— manchaba su pelaje, pero sus ojos seguían ardiendo con una ferocidad intacta.
Una de las criaturas avanzó medio paso.
Otra lo imitó.
Luego otra.
Sin prisa… sin miedo.
Lo estaban cercando.
El sonido era insoportable: el roce de los caparazones, el golpeteo irregular de los aguijones contra el suelo, el zumbido agudo que vibraba en el aire como una advertencia que solo los depredadores podían entender.
Fenrir mostró los colmillos.
Un hilo de saliva cayó entre ellos.
No retrocedió.
Detrás de él, Loki apenas respiraba. Más lejos, Lauffey luchaba por mantenerse con vida. No había espacio para la duda… ni para la retirada.
Las criaturas cerraron el círculo.
Ya no había ángulos muertos.
Solo muerte desde cualquier dirección.
Entonces todas se detuvieron al mismo tiempo.
Ni un solo movimiento.
Ni un solo sonido.
Esperaban.
Obedecían.
Fenrir entrecerró los ojos y, por primera vez, comprendió algo con absoluta claridad: aquellas cosas no peleaban por instinto… peleaban por mandato.
El lobo alzó lentamente la mirada.
Furcas observaba la escena con las manos aún juntas, su expresión cargada de una calma casi ofensiva, como un espectador acomodándose antes del espectáculo.
Una sonrisa delgada se dibujó en su rostro.
Y con voz baja, pero perfectamente audible en medio de aquella tensión insoportable, dijo:
—Hora de comer.
El mundo pareció contener el aliento.
Y las veinte criaturas atacaron al mismo tiempo.
Fenrir reaccionó en el mismo instante en que las criaturas se lanzaron sobre él. Sus músculos se comprimieron como resortes y dio un salto colosal justo cuando el primer grupo impactó contra el lugar donde había estado un latido antes. El suelo estalló bajo el peso de aquellos cuerpos aberrantes.
Cayó con violencia sobre una de ellas.
El crujido fue inmediato.
El caparazón se hundió bajo su peso titánico y una mezcla oscura y espesa brotó hacia los lados. La criatura ni siquiera alcanzó a emitir sonido antes de quedar reducida a una masa rota.
No hubo pausa.
Fenrir se movió.
Rápido. Demasiado rápido para algo de su tamaño.
Dos aguijones descendieron desde su flanco derecho; giró el torso y los dejó pasar a centímetros de su piel. Sintió el calor corrupto que desprendían al cortar el aire.
Otra criatura saltó directamente hacia su garganta.
Error.
Fenrir abrió las fauces y la atrapó en pleno vuelo. Sus colmillos atravesaron el cuello quitinoso y, con un brutal movimiento de mandíbula, desgarró la estructura completa. El sonido fue húmedo, fibroso. La garganta se partió y un líquido ardiente se derramó sobre su hocico.
Sin soltar el cuerpo, giró la cabeza y la lanzó contra otras dos criaturas, haciéndolas rodar entre los escombros.
Un aguijón descendió entonces como una lanza viva.
Se clavó en su pata.
Fenrir soltó un aullido que sacudió el campo de batalla, un sonido cargado de furia más que de dolor. La sustancia que recubría el aguijón quemaba como metal fundido dentro de la carne.
Sus ojos se encendieron.
Bajó la pata con violencia y luego la sacudió con una fuerza monstruosa. La criatura aún aferrada salió despedida varios metros antes de estrellarse contra el suelo.
No le dio tiempo a levantarse.
Fenrir ya no estaba donde había estado.
Otra aberración logró trepar por su costado, sus garras raspando el pelaje hasta encontrar carne. Se deslizó sobre su lomo y arqueó el aguijón directo hacia la base de su cuello.
Fenrir giró la cabeza en el último instante.
El aguijón pasó rozando.
Sus mandíbulas se cerraron sobre la cola segmentada.
Mordió.
La estructura se fracturó entre sus dientes con un chasquido seco. Tiró con brutalidad, arrancando a la criatura de su espalda, y la azotó contra el suelo una… dos veces…