Mucho más lejos, la columna de supervivientes finalmente alcanzaba el lugar destinado para el éxodo. El terreno era diferente allí: el aire vibraba sutilmente, como si dos realidades intentaran tocarse.
Angrboda fue la primera en detenerse, observando el horizonte con atención mientras Eirik organizaba a jötnar y asgardianos agotados.
—Hemos llegado —dijo ella con firmeza—. Este es el punto nexus… el lugar donde ambos reinos están mejor alineados.
Los supervivientes apenas tuvieron tiempo de reaccionar.
Angrboda se adelantó sin vacilar, extendiendo los brazos mientras la nieve giraba a su alrededor en espirales lentas. Sus dedos comenzaron a trazar símbolos invisibles en el aire, y una energía tenue brotó desde el suelo.
Su voz se alzó entonces, antigua y resonante:
—Veyr… skaldir… nauthr heimr…
—Línur milli veralda… opnist nú…
Las palabras vibraron como ecos de un lenguaje olvidado, resonando entre las montañas.
El suelo respondió.
Runas luminosas comenzaron a encenderse bajo sus pies, conectándose unas con otras como raíces de luz. El aire se volvió pesado, cargado de una presión creciente.
Angrboda continuó el conjuro, su voz cada vez más firme:
—Frá frosti til jarðar… frá blóði til lífs…
—Rjúfið mörkin… sýnið leiðina…
Un resplandor comenzó a formarse frente a ella, primero pequeño, luego expandiéndose lentamente como una grieta brillante en la realidad misma.
Los soldados observaron en silencio, conteniendo el aliento.
El portal comenzaba a abrirse.
Pero en el horizonte lejano, el cielo se oscurecía ligeramente… como si algo terrible estuviera acercándose demasiado rápido.
Angrboda continuaba el conjuro sin detenerse. Sus palabras antiguas resonaban en el aire mientras la energía crecía a su alrededor, formando lentamente un círculo de luz que desgarraba la realidad. El viento giraba en espiral y la nieve era arrastrada hacia el centro del hechizo, donde el portal comenzaba a tomar forma.
Poco a poco, la abertura entre mundos se hacía más clara.
A unos pasos detrás de ella, Eirik vigilaba el perímetro con tensión. Sus ojos se movían constantemente, atento a cualquier movimiento entre la niebla helada.
Entonces lo vio.
Sombras avanzaban a gran velocidad hacia la columna.
Eirik reaccionó al instante, adoptando una postura defensiva y levantando su arma.
—¡Prepárense! —advirtió, colocándose frente a los supervivientes.
Angrboda no se detuvo; el portal estaba casi completo y no podía arriesgarse a perder la concentración.
La luz finalmente se estabilizó.
Con un último susurro del conjuro, el portal se abrió por completo, revelando una brecha brillante hacia Midgard.
Las figuras se acercaron lo suficiente para ser reconocidas.
Primero apareció Balder, avanzando con dificultad, cargando a Laufey y al inconsciente Loki. A su lado corría Thor, soportando el enorme peso de Tyr y de Fenrir.
Eirik reconoció sus rostros y bajó la guardia de inmediato.
—¡Son ellos! —gritó.
El alivio recorrió brevemente a los supervivientes, aunque el cansancio seguía marcado en cada rostro.
Eirik alzó la voz, imponiéndose sobre el ruido del viento:
—¡Todos al portal! ¡Muévanse! Solo cruzando estaremos a salvo.
La orden se extendió rápidamente.
Los aldeanos jötnar y los soldados de Asgard comenzaron a avanzar, primero con cautela y luego con desesperación contenida. Algunos ayudaban a los heridos, otros sostenían a los que apenas podían caminar. La columna entera empezó a fluir hacia la luz del portal, una marea agotada empujada por la esperanza y el miedo.
Angrboda observó brevemente a Loki y Fenrir mientras pasaban cerca de ella, la preocupación cruzando su mirada, pero no dijo nada; aún había demasiado por hacer.
Detrás de ellos, el cielo parecía oscurecerse.
Y aunque nadie lo decía en voz alta, todos sentían lo mismo:
el tiempo se estaba acabando.
Mientras la columna de supervivientes comenzaba a cruzar el portal hacia Midgard, Balder se acercó rápidamente a Angrboda, respirando con dificultad por el esfuerzo.
—¡Ayúdalos! —dijo con urgencia, señalando a los cuerpos que cargaban—. Loki nos dijo que el general de las legiones envenenó a Laufey y a Fenrir. Si no haces algo… morirán.
Angrboda no dudó ni un segundo. Se arrodilló junto a ellos, concentrada, mientras las luces del portal iluminaban su rostro.
—Eirik —ordenó sin apartar la mirada—, asegúrate de que todos crucen. No puede quedarse nadie atrás.
Eirik asintió con firmeza y volvió a dirigir a los supervivientes, empujando la marcha hacia la luz.