Eirik y Fenrir permanecieron frente al cráter, atentos al menor movimiento. El polvo comenzaba a asentarse, pero ninguno de los dos bajaba la guardia. Eirik, aún jadeante por el esfuerzo, escupió sangre a un lado y permitió que una sonrisa ladeada cruzara su rostro.
—Bien hecho, pulgoso —dijo, todavía con la vista fija al frente.
El efecto fue inmediato.
Fenrir giró la cabeza con lentitud antinatural, y luego dio un paso hacia él. Después otro. En dos zancadas cerró la distancia por completo. Su enorme figura se impuso sobre Eirik, obligándolo a inclinar ligeramente la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El aliento caliente del lobo le golpeó el rostro.
—¿Cómo me llamaste? —preguntó en voz baja, pero cargada de amenaza.
No era un rugido. Era peor.
Eirik tragó saliva, manteniendo la compostura como pudo.
—Eh… pulgoso. Ya sabes. Entre camaradas.
Fenrir mostró los colmillos muy despacio, hasta que el filo de estos quedó a centímetros del rostro de Eirik.
—No soy tu camarada —respondió—. Y no vuelvas a llamarme así.
El suelo vibraba levemente bajo las garras del lobo, que se habían hundido en la tierra por pura tensión contenida. Sus ojos ardían con una mezcla de orgullo y furia.
Eirik levantó ambas manos, intentando parecer relajado aunque claramente no lo estaba.
—Está bien. De acuerdo. Me disculpo. No volverá a salir de mi boca.
Fenrir lo sostuvo unos segundos más, evaluándolo, como si considerara seriamente morderlo solo para dejar claro el punto. Finalmente resopló con desdén y apartó el rostro.
Eirik apenas alcanzó a soltar el aire que había estado reteniendo.
Entonces, desde el cráter, algo se movió.
La hoja de la guadaña emergió entre los escombros con un deslizamiento sinuoso, reptando sobre la tierra como una criatura viva. Fenrir la detectó primero, pero cuando abrió la boca para advertir a Eirik, el filo ya había actuado.
La hoja se arqueó y rodeó el torso de Eirik con precisión letal. El corte atravesó su armadura y carne en un movimiento limpio, arrancándole un grito ahogado antes de que la guadaña lo elevara del suelo y lo lanzara a la distancia con violencia brutal.
Fenrir giró con un rugido que ya no contenía nada.
En ese mismo instante, el cráter explotó en una onda de energía oscura y Astaroth emergió como una fuerza desatada. Se proyectó hacia el lobo y, antes de que este pudiera prepararse, descargó un golpe demoledor contra su costado. El impacto levantó a Fenrir del suelo y lo lanzó varios metros atrás, abriendo surcos profundos en la tierra al deslizarse.
Pero el lobo no permaneció caído. Clavó sus garras, frenó el impulso y se reincorporó casi de inmediato, el pecho subiendo y bajando con furia creciente.
Esta vez no había orgullo herido.
Había odio.
Y Astaroth lo sabía.
Astaroth se incorporó con calma en medio del campo devastado, girando ligeramente el cuello como si evaluara daños menores. Sus ojos se fijaron en Fenrir con una atención distinta a la de antes; ya no había simple desprecio, sino un análisis frío.
—¿Qué clase de criatura eres? —preguntó con una curiosidad casi académica—. Superaste mi fuerza durante un instante… y ahora has resistido un golpe que habría partido montañas. No eres una bestia convencional.
Fenrir avanzó unos pasos, el suelo resquebrajándose bajo su peso. Su respiración era densa, profunda, cargada de furia. Sus ojos no mostraban miedo, ni duda, ni siquiera orgullo… solo determinación.
—He decidido que serás mi cena —respondió con voz grave—. Y yo no hablo con mi comida.
Sin más advertencia, se lanzó al ataque.
La embestida fue directa, brutal, una masa de colmillos y músculo proyectada con intención de devorar. Sus fauces se abrieron lo suficiente como para engullir el torso de Astaroth de una sola mordida.
Pero el demonio no retrocedió.
En el último instante, levantó ambos brazos y sujetó las mandíbulas de Fenrir, deteniéndolas a centímetros de su rostro. El choque fue ensordecedor. La presión de la mordida hizo vibrar el aire, pero Astaroth sostuvo las fauces abiertas con una fuerza inhumana, sus pies hundiéndose en la tierra por el empuje.
Una sonrisa apenas perceptible cruzó su rostro.
—Interesante.
Con un movimiento súbito, torció la cabeza del lobo hacia un lado, giró sobre su propio eje y, aprovechando la inercia de la embestida, ejecutó una llave brutal. Sujetando a Fenrir por el hocico y la parte superior del cráneo, lo elevó parcialmente y lo lanzó hacia atrás con una variación violenta de suplex, estrellándolo contra el suelo con tal fuerza que la tierra se abrió bajo su cuerpo.
El impacto levantó una onda expansiva que arrastró polvo y escombros en todas direcciones.
Sin embargo, en ese mismo instante, Astaroth cometió un error.
Había concentrado toda su atención en Fenrir.