Diez metros de músculo y colmillos se lanzaron hacia adelante como una avalancha viviente. Cada zancada hacía temblar el terreno. El impacto fue brutal. El cuerpo colosal del lobo embistió a Astaroth con la fuerza de una muralla en movimiento.
El hielo estalló en fragmentos.
Astaroth salió disparado hacia atrás, el aire explotando a su alrededor por la violencia del golpe.
Pero no llegó a tocar el suelo.
Eirik ya estaba allí.
Apareció bajo su trayectoria como si hubiese calculado cada centímetro del desplazamiento. Sus brazos se cerraron alrededor del torso del demonio en pleno vuelo.
—Buenas noches, idiota.
Y entonces lo levantó.
El movimiento fue limpio. Preciso. Brutal.
Eirik arqueó la espalda y ejecutó un suplex devastador, invirtiendo el cuerpo de Astaroth en el aire antes de estrellarlo de cabeza contra el suelo.
El impacto fue seco.
La tierra se abrió en una grieta radial que se extendió varios metros. La onda de choque levantó polvo, hielo fragmentado y escombros en todas direcciones.
Durante un segundo, el campo de batalla quedó en silencio.
La cabeza de Astaroth había golpeado con suficiente fuerza como para agrietar el terreno bajo él.
Pero el silencio… duró demasiado poco.
Porque algo en el cráter comenzó a moverse.
Astaroth emergió lentamente del cráter.
El humo se elevaba alrededor de su figura. Su armadura estaba resquebrajada. Sus ojos ardían… pero había algo nuevo.
Desconcierto.
—No… lo entiendo… —murmuró, mirando sus propias manos—. Mi poder aumentó… lo sentí… es abrumador… ¿por qué no está haciendo la diferencia?
Eirik retrocedió unos pasos, acomodándose el hombro como si apenas hubiese sentido el impacto.
—Había notado algo distinto cuando llegaste a este reino.
Astaroth alzó la mirada.
—Pero no sabía qué era —continuó Eirik—. Hasta ahora.
Silencio.
El viento helado arrastraba polvo y ceniza entre ambos.
—Tu aumento fue gigantesco. Antes eras poderoso… sí. Pero ahora estás forzando algo que tu cuerpo no comprende.
Astaroth frunció el ceño.
Eirik señaló su pecho con la lanza.
—Tu energía creció demasiado rápido. Y tu cuerpo no está adaptado a contenerla. El desgaste que estás sufriendo es mucho mayor de lo que crees.
Astaroth apretó los dientes.
—Imposible.
Eirik inclinó ligeramente la cabeza.
—No. Es básico.
Y entonces soltó la estocada verbal:
—Creí que alguien con tus años de antigüedad entendería algo tan elemental.
Silencio.
La pupila de Astaroth se contrajo.
El orgullo fue golpeado más fuerte que su cráneo contra el suelo.
El aire comenzó a vibrar.
—Cállate… —susurró.
La energía a su alrededor comenzó a desbordarse sin control, como un fuego que ya no obedece a su propio dueño.
Lauffey volvió en sí con un espasmo doloroso. Tosió con fuerza y una mancha oscura se extendió sobre la nieve. Intentó incorporarse, pero el veneno aún recorría su cuerpo como fuego lento.
—No te esfuerces —dijo Angrboda, sujetándola con cuidado—. Aún no estás estable.
Lauffey no respondió. Sus ojos, todavía empañados, se alzaron hacia el campo de batalla justo cuando Astaroth, consumido por la ira, rugía con la voz quebrada por el orgullo herido.
—¡Estúpido insolente!
La guadaña descendió en un arco brutal. No fue un ataque limpio ni calculado; fue una descarga de rabia. El filo se prolongó más allá del arma, una extensión de energía oscura que rasgó el aire como una grieta en la realidad misma.
Eirik alcanzó a moverse, pero no lo suficiente. La onda cortante le abrió el brazo y lo obligó a retroceder varios pasos. La sangre cayó sobre la nieve mientras, detrás de él, el suelo se partía en una línea perfecta que dividía el campo de batalla en dos mitades. El estruendo sacudió el aire, y un abismo irregular se abrió entre ambos bandos.
Fenrir reaccionó de inmediato. Se colocó frente a Angrboda con el cuerpo bajo y los colmillos expuestos, cubriendo también a Lauffey y a Loki, que seguía inconsciente. El pelaje del lobo se erizó mientras un gruñido grave vibraba en su pecho.
Al otro lado de la grieta, Astaroth respiraba con dificultad. La energía que lo rodeaba ya no era majestuosa ni imponente; era inestable. Sus venas se marcaban bajo la piel como si algo dentro de él estuviera presionando por salir. La ira lo mantenía en pie, pero el desgaste comenzaba a notarse en sus movimientos.
Eirik sostuvo su brazo herido y observó con atención. No parecía sorprendido, solo más convencido de lo que había dicho antes.