na grieta atravesó el muro de hielo de arriba abajo, y en el siguiente instante explotó en miles de fragmentos afilados que salieron disparados en todas direcciones. La tormenta blanca se convirtió en lluvia de cuchillas.
Astaroth emergió del interior, cubierto de energía oscura, avanzando entre los restos como una figura salida del abismo.
Lauffey alzó los brazos y se cubrió mientras los fragmentos impactaban contra su cuerpo. Algunos se incrustaron en su piel. Otros la cortaron al pasar. No retrocedió.
Astaroth dio un paso adelante, furioso, su guadaña vibrando con poder desbordado.
Antes de que pudiera avanzar más, Lauffey giró sobre sí misma y lanzó una segunda ráfaga.
Pero no fue dirigida hacia él.
El hielo impactó directamente contra el portal aún abierto.
El umbral luminoso crujió.
La energía se distorsionó.
Y con un estruendo seco, el portal se hizo añicos como cristal bajo presión, cerrándose por completo. El último rastro de luz desapareció.
El silencio cayó sobre el campo devastado.
Lauffey se volvió lentamente hacia Astaroth. Su respiración era pesada. La escarcha cubría su piel herida. Sus ojos brillaban con una determinación que ya no tenía vuelta atrás.
—Ahora… —dijo con voz firme— somos tú y yo.
Astaroth inclinó ligeramente la cabeza, y una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.
—Para tu mala suerte.
La energía oscura a su alrededor se expandió como una llamarada negra, desgarrando la nieve a sus pies.
Lauffey no respondió.
El viento comenzó a girar en espiral alrededor de ella, elevando columnas de hielo que emergían del suelo como lanzas.
Dos voluntades.
Un reino como campo de ejecución.
Y ningún testigo.
El viento giraba a su alrededor mientras Astaroth avanzaba con la guadaña arrastrando energía oscura por el suelo.
Lauffey cerró los ojos apenas un instante.
Esta batalla ya no tiene propósito… pensó. Todos se han ido. El futuro ya no depende de que yo sobreviva.
Abrió los ojos.
Pero elegiré morir defendiendo mi hogar.
Sus manos comenzaron a moverse con precisión antigua, formando sellos rúnicos en el aire. El hielo respondió de inmediato, vibrando bajo sus pies.
La energía glacial se concentró en sus palmas.
—¡GOLEMS DE HIELO!
El suelo estalló a ambos lados de Astaroth.
Dos colosos emergieron de la tierra congelada, gigantescos, con cuerpos tallados en hielo compacto y runas brillando en sus torsos. Sus pasos hicieron temblar el campo partido mientras se abalanzaban sobre el demonio.
El primero descendió su puño como un martillo de montaña.
Astaroth bloqueó con la guadaña, pero el impacto lo hundió varios metros en el suelo. Antes de que pudiera reaccionar, el segundo golem giró y lanzó una patada que lo envió atravesando una formación de hielo.
No le dieron respiro.
Uno lo sujetó por la espalda mientras el otro descargaba golpes brutales sobre su torso, cada impacto levantando explosiones de escarcha y energía oscura. El campo de batalla se convirtió en una tormenta de fragmentos, choques metálicos y rugidos.
Astaroth respondió con furia.
Liberó una onda expansiva que partió el pecho de uno de los colosos, pero el otro lo tomó del brazo y lo estrelló contra el suelo con violencia sísmica.
Lauffey mantenía las manos en alto, controlando a las criaturas como extensiones de su voluntad. La sangre corría por sus labios, pero no bajó los brazos.
—¡No te detengas! —ordenó, y los golems obedecieron.
Uno atrapó la guadaña. El otro intentó aplastar la cabeza de Astaroth.
Fue entonces cuando el demonio dejó de resistir… y sonrió.
La energía a su alrededor se comprimió de golpe.
Con un movimiento coordinado y preciso, giró sobre sí mismo, liberó su brazo, recuperó la guadaña y ejecutó un corte circular perfecto.
La hoja atravesó el cuello del primer coloso.
El segundo intentó reaccionar, pero Astaroth ya estaba en movimiento. Se impulsó desde el cuerpo que se desmoronaba y ascendió en diagonal, descargando un segundo tajo que separó la cabeza del otro golem de su torso.
Ambas estructuras se congelaron un segundo en el aire… y luego estallaron en miles de fragmentos.
La lluvia de hielo cayó alrededor del demonio.
Astaroth aterrizó entre los restos, respirando con intensidad, las venas marcadas por energía descontrolada.
Alzó la vista hacia Lauffey.
La sonrisa seguía allí.
Pero su respiración ya no era estable.