El choque sacudió el campo entero.
El hielo presionaba.
La barrera vibraba violentamente, resquebrajándose en líneas luminosas.
Astaroth rugió mientras reforzaba el escudo, inyectando más energía, más poder, más fuerza bruta. Sus venas ardían bajo la piel, marcadas como grietas incandescentes.
La presión aumentaba.
La barrera comenzó a descender centímetro a centímetro.
El hielo la empujaba hacia abajo, comprimiéndolo.
El suelo bajo sus pies se congeló por completo. El aire dentro del domo se volvió blanco.
Astaroth apretó los dientes.
Su respiración era pesada.
Estaba gastando demasiado.
Del otro lado, Lauffey apenas se mantenía en pie. Sangre oscura cayó desde sus labios mientras sostenía el hechizo con la voluntad pura.
—Más… —susurró con voz rota—. Un poco más…
El dragón rugió nuevamente, intensificando el aliento.
La barrera crujió.
Una fisura la atravesó.
Luego otra.
El hielo empezó a filtrarse como agujas afiladas.
Astaroth gritó mientras reforzaba su defensa, pero cada segundo que pasaba consumía cantidades absurdas de energía.
El choque no era solo físico.
Era desgaste.
Era resistencia contra colapso.
Y ambos sabían que uno de los dos iba a ceder primero.
La presión continuaba.
El hielo empujaba la barrera centímetro a centímetro. Las grietas se multiplicaban sobre el domo oscuro mientras Astaroth forzaba más y más energía para sostenerlo. Sus venas ardían. Su respiración era errática.
Del otro lado, Lauffey apenas se mantenía erguida.
El veneno había tomado control.
Sintió un latido irregular.
Luego otro… más débil.
Su visión se volvió borrosa. El rugido del dragón comenzó a sonar lejano, como si proviniera de otro mundo.
—Solo… un poco más… —intentó susurrar.
Pero su corazón dio un golpe seco.
Dolor.
Un vacío helado en el pecho.
Sus manos comenzaron a descender, incapaces de sostener los sellos mágicos. El azul resplandeciente de sus ojos titiló.
El dragón rugió una vez más, pero su forma empezó a fracturarse. Las alas colosales se agrietaron como cristal bajo presión. El aliento perdió intensidad.
Astaroth lo sintió.
La barrera dejó de descender.
El hielo perdió fuerza.
Y entonces—
Lauffey cayó de rodillas.
Tosió.
Sangre oscura manchó la nieve frente a ella.
Su corazón latía… demasiado lento.
Intentó levantarse.
No pudo.
El dragón emitió un último sonido profundo, casi triste, antes de desmoronarse en una lluvia de escarcha que se elevó al cielo y se dispersó con el viento.
El aliento cesó por completo.
La barrera de Astaroth desapareció. El demonio cayó de rodillas por un instante, respirando con dificultad, el cuerpo humeando por el contacto con el hielo ancestral.
El campo quedó en silencio.
Fragmentos de escarcha descendían suavemente como nieve.
Astaroth alzó la mirada.
Al otro lado del terreno devastado, Lauffey yacía en el suelo, intentando respirar. Su pecho apenas se movía. El veneno recorría su piel como sombras bajo la superficie.
Sola.
Sin ejército.
Sin magia restante.
Solo una reina moribunda… frente a un enemigo que aún seguía en pie.
El viento sopló una vez más sobre Jotunheim.
Y por primera vez desde que comenzó la batalla…
No hubo rugidos.
Solo el sonido frágil de un corazón que estaba a punto de detenerse.
El viento soplaba sobre un reino roto.
Lauffey yacía sobre la nieve manchada de rojo. Ya no intentaba levantarse. Sus manos, antes firmes y poderosas, apenas podían cerrarse sobre el hielo. Su pecho subía y bajaba con dificultad, cada respiración más corta que la anterior.
Sentía cómo el vacío crecía dentro de ella.
Su magia… extinguida.
Su fuerza… consumida.
Su tiempo… terminado.
A lo lejos, Astaroth se incorporó lentamente. Su armadura oscura estaba resquebrajada por el hielo ancestral, pero su presencia seguía siendo abrumadora. Caminó unos pasos, observando la devastación: los glaciares partidos, las torres colapsadas, el horizonte agrietado.