Fallen Gods

CAPITULO #19 PARTE 1: Un Pueblo sin Reino

El universo no lloró por Jotunheim. No hubo lamentos celestiales ni señales divinas que anunciaran su ausencia. Simplemente, donde antes existía un reino de hielo ancestral, ahora habitaba un vacío silencioso que parecía devorar la luz misma. Pero en algún lugar de los Nueve Reinos, algo cambió aquella noche. Una grieta invisible se abrió en el destino, y aunque nadie aún comprendía su magnitud, la caída de una reina había puesto en marcha fuerzas que ya no podrían detenerse.

Los sobrevivientes cruzaron el portal sin mirar atrás, pero el horror los siguió como una sombra. Cayeron al otro lado heridos, cubiertos de sangre y ceniza helada, algunos incapaces siquiera de sostenerse en pie. Nadie hablaba. Nadie lloraba. El miedo era demasiado grande para convertirse en sonido. En sus miradas no había furia ni deseo de venganza… solo una comprensión devastadora: su hogar ya no existía. Lo habían sentido en el instante exacto en que el vínculo se rompió, como si algo dentro de sus almas hubiese sido arrancado de raíz. Jotunheim no estaba en ruinas. Jotunheim ya no era. Y en ese silencio pesado, entre respiraciones temblorosas y cuerpos malheridos, nació algo peor que el dolor… la sensación de estar completamente solos en un mundo que acababa de volverse más oscuro.

Eirik apenas podía mantenerse en pie. Su brazo herido colgaba inútil a un costado, la sangre aún filtrándose entre los vendajes improvisados. Cada respiración le quemaba el pecho, pero no podía permitirse caer. No todavía. No mientras existiera la posibilidad de que alguien hubiese quedado atrás.

Con paso inestable comenzó a contar, uno por uno.

—Loki… —murmuró al verlo arrodillado, cubierto de polvo y sangre seca.

—Angrboda.

—Fenrir…

El lobo respiraba con dificultad, el pelaje manchado y los ojos aún cargados de rabia contenida.

—Thor… Balder… Tyr…

Todos estaban ahí.

Todos gravemente heridos.

Pero vivos.

Eirik cerró los ojos un segundo, dejando escapar un suspiro tembloroso que no sabía si era alivio o agotamiento.

La batalla de Joktldar había sido un golpe brutal para los Jotun. En Midgard habían estado preparados; sabían que la guerra los acechaba. Habían levantado defensas, organizado estrategias, anticipado el choque.

Pero esta vez…

Los atacaron en su hogar.

En su propio reino.

Sin advertencia.

La sorpresa los partió antes siquiera de empuñar las armas.

Jotuns cayeron defendiendo sus murallas. Asgardianos murieron intentando defender el reino. Criaturas inocentes quedaron atrapadas entre ráfagas de hielo y explosiones de fuego corrupta. No fue una batalla honorable.

Fue una carnicería.

Y lo peor no era la sangre.

Lo peor era la certeza silenciosa que se instalaba en cada uno de ellos: aquello no había sido una victoria parcial ni una retirada estratégica.

Habían perdido algo que jamás podrían recuperar.

Y ninguno se atrevía aún a decirlo en voz alta.

Eirik se sostuvo sobre una roca partida, intentando que el temblor de su cuerpo no fuera evidente. El brazo herido le ardía y la sangre seguía filtrándose bajo el vendaje improvisado, pero no podía permitirse caer. Miró a los jottuns dispersos a su alrededor: heridos, cubiertos de ceniza, con la mirada perdida. Si él no hablaba, el silencio terminaría por tragarlos.

—Escúchenme —dijo, forzando firmeza en su voz—. Seguimos vivos. Eso es lo que importa ahora. Nos reorganizaremos, sanaremos… y cuando todo esto termine, volveremos a casa.

Algunos levantaron la mirada con dificultad.

—Reconstruiremos lo que se perdió. Jotunheim ha resistido eras enteras. Resistirá esto también.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. No hubo asentimientos. No hubo alivio. Solo un silencio denso, incómodo.

Angrboda dio un paso al frente.

—Eirik… detente.

Él la miró, confundido y molesto.

—Necesitan algo a lo que aferrarse.

—No necesitan mentiras.

La frase fue directa. Limpia. Implacable.

Eirik frunció el ceño.

—No estoy mintiendo.

Angrboda cerró los ojos. Extendió ligeramente la mano hacia el horizonte, como si buscara una presencia invisible. Siempre había sentido el pulso de Jotunheim, ese vínculo antiguo que unía a su pueblo con su tierra. Ahora no había nada. Ni eco. Ni latido.

Cuando abrió los ojos, estaban vacíos.

—Ya no puedo verlo.

Un escalofrío recorrió al grupo.

—¿Ver qué? —preguntó Eirik, aunque su voz ya no sonaba firme.

Angrboda tragó saliva.

—Jotunheim.

El silencio se volvió más pesado.

—No está oculto. No está en ruinas. No está esperando que volvamos.



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En el texto hay: accion, mitología y leyendas, fantasía oscuro

Editado: 21.06.2026

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