Fallen Gods

CAPITULO #19 PARTE 2: Ecos de un Enemigo Desconocido

Angrboda dio un paso atrás. Sus manos temblaban ligeramente, no por frío, sino por el peso de lo que acababa de confirmar. Jotunheim no estaba en ruinas. No estaba ocupado. No estaba esperando ser liberado. Había sido borrado. La magnitud de aquello era demasiado grande para procesarla. Su hogar. Sus recuerdos. Sus raíces. Todo reducido a una ausencia imposible de llenar. Por un instante, simplemente no supo qué hacer. No había profecía que la preparara para un vacío así.

Eirik la observó. Vio el quiebre en su mirada, la misma grieta que empezaba a abrirse en todos. No podía permitir que eso se extendiera. No ahora. No cuando Loki yacía inconsciente, apenas respirando, y los aesir estaban en condiciones igual de críticas. Si alguien debía mantenerse firme, era él.

Enderezó la espalda pese al dolor y alzó la voz, esta vez sin falsas promesas, sin ilusiones imposibles.

—Escuchen todos.

Las miradas se alzaron lentamente.

—Estamos agotados. Heridos. Y en estado de shock. No tomaremos decisiones hoy… ni mañana.

Hizo una pausa, asegurándose de que cada uno lo escuchara.

—Acamparemos aquí. Levanten refugios temporales. Atiendan a los heridos. Descansen.

Su voz bajó ligeramente al mencionar lo siguiente.

—Esperaremos a que Loki y los aesir despierten y se recuperen. No daremos un solo paso más hasta que puedan sostenerse por sí mismos.

Miró a Fenrir, luego a Angrboda.

—Nuestra prioridad ahora no es la guerra. Es sobrevivir.

No habló de regresar.

No habló de reconstruir.

Solo de resistir.

Porque eso era lo único que aún podían hacer.

Y aunque por dentro la angustia le oprimía el pecho con la misma fuerza que el dolor de su herida, Eirik entendió que, le gustara o no, en ausencia de una reina… alguien tenía que convertirse en el pilar que evitara que todo se derrumbara por completo.

La noche cayó pesada sobre el campamento improvisado. No era una noche tranquila, sino una que parecía observarlos en silencio. Pequeñas fogatas comenzaron a encenderse una a una, iluminando rostros agotados y vendajes ensangrentados. Los sanadores trabajaban sin descanso, sus manos cubiertas de rojo. Angrboda se movía entre los heridos con expresión ausente pero decidida, aplicando ungüentos, cerrando heridas, susurrando palabras que ya no sabía si eran consuelo o simple costumbre. El crepitar del fuego era el único sonido constante en medio de un pueblo roto.

A cierta distancia, Eirik permanecía de pie junto a Fenrir, ambos observando el panorama. Las llamas se reflejaban en los ojos del lobo, pero no había calidez en ellos.

Fenrir rompió el silencio.

—No podemos esperar.

Eirik no lo miró de inmediato.

—¿Esperar qué?

—A que Loki y los aesir se recuperen. —La voz de Fenrir era baja, pero firme—. Astaroth y Furcas no se detendrán. Lo que hicieron hoy fue solo una muestra. La próxima vez vendrán con todo lo que tienen.

El viento agitó las brasas cercanas.

—Si nos quedamos aquí —continuó Fenrir—, es lo mismo que sentarnos a esperar pacientemente a que nos maten.

Eirik finalmente lo miró. Sus ojos estaban cansados, pero no vacíos.

—Moverse ahora no hará ninguna diferencia.

Fenrir mostró los dientes levemente.

—Quedarnos tampoco.

—Incluso si estuviéramos en las mejores condiciones —replicó Eirik—, nuestras probabilidades serían mínimas. Mira a nuestro alrededor. Estamos heridos. Desorganizados. Sin reino. Sin recursos.

Hizo una pausa, y por primera vez dejó escapar parte de su frustración.

—No sé cómo contraatacaremos.

El reconocimiento fue crudo. Honesto.

Fenrir guardó silencio unos segundos, mirando las fogatas, los cuerpos vendados, las sombras que se proyectaban largas sobre la tierra extraña.

—Entonces tendremos que encontrar una manera —dijo finalmente—. Porque si no la encontramos… esto solo fue el principio.

Eirik volvió la vista al campamento. A Loki inconsciente. A Angrboda inclinada sobre un herido. A un pueblo que dependía de decisiones que aún no sabía cómo tomar.

Y por primera vez desde que comenzó la guerra, entendió que el problema ya no era resistir.

Era sobrevivir al siguiente movimiento del enemigo.

Las fogatas seguían crepitando cuando Angrboda terminó de vendar la última herida por ahora. Sus manos estaban manchadas, su energía casi agotada, pero su mente no dejaba de moverse. Se levantó lentamente y caminó hacia donde estaban Eirik y Fenrir, apartados del resto.

Eirik se llevó la mano a la cabeza con frustración.

—Ni siquiera sabemos qué son esas cosas —dijo entre dientes—. No sabemos de qué rincón de los reinos salieron esas abominaciones. No sabemos a qué nos enfrentamos realmente.

Fenrir permanecía en silencio, pero su cola golpeó el suelo con tensión contenida.



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En el texto hay: accion, mitología y leyendas, fantasía oscuro

Editado: 21.06.2026

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