Fallen Gods

CAPITULO #19 PARTE 3: Vestigios de la Oscuridad

El campamento se fue sumiendo en un silencio interrumpido solo por el crepitar de las brasas y los gemidos ocasionales de algún herido que cambiaba de posición. La mayoría logró dormir, agotados más allá del miedo.

Eirik no.

Se encontraba de pie en el perímetro del campamento, apoyado en su lanza, vigilando la oscuridad. El viento movía las sombras de forma inquietante, y cada crujido lejano lo hacía tensarse. No sabía si Astaroth podía encontrarlos. No sabía si Furcas ya los estaba rastreando. Pero no pensaba arriesgarse.

Escuchó pasos detrás de él.

—Es mi turno.

Fenrir emergió de la penumbra, sus ojos brillando tenuemente en la oscuridad.

—Estoy bien —respondió Eirik sin girarse—. Puedo seguir.

Fenrir se colocó a su lado.

—No seas estúpido.

Eirik frunció el ceño.

—Puedo mantenerme en pie.

—Ese no es el punto.

Fenrir lo miró directamente.

—Ahora mismo eres el guerrero más fuerte que tenemos. Si caes por agotamiento, no le sirves a nadie.

El viento sopló con más fuerza, levantando polvo y ceniza.

—Estás herido. Estás exhausto —continuó Fenrir—. Y aun así sigues actuando como si fueras invencible. No lo eres.

Eirik guardó silencio.

—Esta gente te necesita —añadió Fenrir—. Pero te necesita lúcido. Fuerte. No medio muerto por orgullo.

Las palabras no eran suaves, pero tampoco crueles. Eran reales.

Eirik exhaló lentamente. El peso del día entero cayó de golpe sobre sus hombros.

—Solo… no quiero que nos tomen por sorpresa otra vez.

—No lo harán esta noche —dijo Fenrir, firme—. Yo estaré aquí.

Hubo un breve silencio.

Finalmente, Eirik asintió.

—Despiértame si ves algo.

Fenrir mostró apenas los colmillos, en algo que casi parecía una sonrisa.

—Créeme. Si veo algo, no necesitaré despertarte.

Eirik dio media vuelta y caminó hacia el campamento, cada paso más pesado que el anterior. Por primera vez desde la caída de Jotunheim, permitió que el cansancio lo alcanzara.

Y mientras se recostaba cerca de una fogata moribunda, Fenrir permaneció vigilante bajo la noche interminable, sabiendo que el verdadero peligro aún estaba por venir.

Eirik cayó en un sueño profundo apenas su cuerpo tocó el suelo. No fue un descanso reparador, sino una caída abrupta en la oscuridad. Las imágenes lo atraparon de inmediato: Jotunheim resquebrajándose desde el núcleo, torres colapsando, el cielo partiéndose en dos. Escuchaba gritos que no podía ubicar, veía jottuns arder bajo las criaturas de fuego, sentía el temblor del impacto final. En el sueño intentaba correr, intentaba salvar a alguien, pero sus piernas no respondían. Luego veía el rostro de Lauffey cubierto de sangre… y detrás de ella, un vacío absoluto donde debería estar el reino. Todo se apagaba.

Despertó sobresaltado, respirando con violencia, el pulso golpeándole las sienes.

El sol comenzaba a asomarse en el horizonte, tiñendo el campamento con una luz pálida y fría. Fenrir estaba sentado a pocos metros, aún vigilante. Sus ojos se movieron hacia él de inmediato.

—¿Estás bien?

Eirik tardó unos segundos en responder, pasándose una mano por el rostro húmedo de sudor.

—Solo fue una maldita pesadilla.

Fenrir no insistió. Simplemente lo observó en silencio, como si supiera que las palabras llegarían solas.

Eirik miró hacia el horizonte, donde el cielo empezaba a aclararse. Su voz salió más baja esta vez.

—En Joktldar… —hizo una pausa— fue la primera vez que estuve realmente asustado.

Fenrir ladeó apenas la cabeza.

—He peleado antes. He estado en guerras. Pero ahí… —apretó los dientes— sentí que ese podía ser el lugar donde todo terminara. Donde nos extinguiéramos.

El recuerdo lo atravesó de nuevo: las criaturas de fuego avanzando sin detenerse, la energía oscura arrasándolo todo, la sensación de que ningún golpe era suficiente.

—No era solo miedo a morir —continuó—. Era miedo a que no quedara nadie. A que nuestra historia terminara ahí… en ese campo cubierto de sangre.

El viento de la mañana movió las brasas apagadas.

Fenrir habló finalmente.

—No nos extinguimos.

Eirik bajó la mirada.

—No. Pero estuvimos cerca.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue pesado, pero compartido.

El sol terminó de asomar, iluminando a los sobrevivientes que comenzaban a moverse lentamente entre los restos del campamento improvisado. Seguían heridos. Seguían sin hogar.

Pero seguían vivos.

Y para Eirik, después de aquella pesadilla, eso ya no era algo que diera por sentado.



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En el texto hay: accion, mitología y leyendas, fantasía oscuro

Editado: 21.06.2026

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