El amanecer no trajo esperanza, solo claridad. Bajo la luz pálida del nuevo día, las heridas parecían más profundas, las pérdidas más reales, y el silencio del campamento más pesado que cualquier grito de guerra. El humo de las fogatas ascendía en columnas delgadas hacia un cielo que ya no se sentía propio, como si incluso los dioses hubieran apartado la mirada. La revelación de Angrboda no había provocado pánico… había provocado algo peor: una grieta en la certeza. Si aquello no provenía de ningún reino conocido, entonces el mundo era más grande, más oscuro y más hostil de lo que jamás imaginaron. Y en esa incertidumbre, comenzó verdaderamente el nuevo arco de su guerra.
Eirik permaneció de pie, mirando el horizonte como si esperara ver una grieta abriéndose en el cielo. El campamento aún despertaba lentamente detrás de él, pero su mente ya estaba lejos, más allá de los mares, más allá de los límites del mapa que siempre creyó completo.
—Por eso no los reconocimos desde el primer instante en que aparecieron —dijo finalmente, con la voz baja pero firme—. No pertenecen a nada que conozcamos.
Fenrir lo observó en silencio. Angrboda no apartó la vista.
—Son algo fuera de los reinos registrados… fuera de todo lo que creíamos posible.
Eirik apretó los puños.
—¿Y quién asegura que es el único reino que ignoramos?
El viento sopló entre las cenizas apagadas de las hogueras.
—¿Qué clase de enemigos rondan allá afuera, esperando el momento adecuado para cruzar hacia nosotros?
Nadie respondió.
Porque por primera vez, la guerra dejó de tener fronteras.
El silencio aún pesaba cuando algo cambió en la expresión de Angrboda. No fue miedo. Fue comprensión. Una pieza que finalmente encajaba.
Levantó la mirada lentamente.
—Ahora lo entiendo…
Eirik la observó con atención.
—¿Entiendes qué?
Angrboda tragó saliva, como si pronunciarlo tuviera consecuencias.
—Por qué Lauffey dijo que Loki debía buscarlo.
Fenrir frunció el ceño.
—¿Buscar a quién?
Angrboda sostuvo su mirada.
—A Jörmungandr.
El nombre cayó pesado.
Fenrir se tensó de inmediato.
—¿Estás hablando de… Jörmungandr?
Eirik miró a ambos, sintiendo que el aire se volvía más denso.
—¿Qué tiene que ver él con esto?
Angrboda dio un paso al frente.
—Si existe un reino desconocido… si estas criaturas no pertenecen a nada que comprendamos… entonces estamos enfrentando algo que supera el equilibrio actual de los reinos.
Fenrir soltó una exhalación lenta.
—Y como está la situación…
Sus ojos se endurecieron.
—Lo único que podría equilibrar la balanza… es su poder.
Eirik no respondió de inmediato. Sabía lo que significaba invocar ese nombre. No era simplemente buscar ayuda. No era llamar a un aliado.
Era alterar el orden mismo del mundo.
—Si Lauffey lo previó… —murmuró Angrboda— entonces esto no empezó con Jotunheim.
El viento volvió a soplar entre ellos, más frío esta vez.
Porque buscar a Jörmungandr no era una estrategia desesperada.
Era aceptar que la guerra ya había escalado a un nivel que pocos estaban preparados para enfrentar.
Angrboda frunció el ceño, aún procesando la magnitud de lo que implicaba aquel nombre.
—Pero hay algo que no entiendo —dijo finalmente—. ¿Cómo estaba tan segura la reina de que Loki podría convencer a la serpiente de ayudarnos?
Fenrir no dudó.
—Lo hará.
Su tono no era esperanza. Era certeza.
Angrboda lo miró.
—¿Y por qué estás tan seguro?
Fenrir sostuvo su mirada un instante, y luego respondió con absoluta naturalidad:
—Porque Loki la crió.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué…? —murmuró Angrboda.
—Cuando aún era de tamaño normal —continuó Fenrir—. Igual que yo.
Angrboda giró lentamente hacia él.
—¿Estás diciendo que…?
—Sí —interrumpió Fenrir—. No siempre fui esto. Y Jörmungandr tampoco nació rodeando mares.
Eirik entrecerró los ojos, buscando en su memoria.
—Recuerdo cuando estabas siempre al lado de Loki… cuando apenas eras un lobo grande y nada más.
Fenrir soltó una leve exhalación, casi nostálgica.
—Éramos crías.
Eirik bajó la mirada, pensativo.
—Jamás supe cómo fue que alcanzaste ese tamaño…