En el otro extremo del campamento, la batalla tenía un tono distinto. Allí no había desesperación… había depredador.
Fenrir se movía entre los trolls con una ferocidad imposible de contener. Uno de ellos apenas alcanzó a alzar su garrote cuando las fauces del lobo se cerraron sobre su cuello. Con un giro violento, Fenrir arrancó la cabeza de la criatura, lanzándola a un lado mientras el cuerpo colapsaba aún de pie.
Otro intentó embestirlo por el costado. Fenrir se irguió sobre sus patas traseras, clavó sus garras en el torso del monstruo y, con una fuerza brutal, lo partió en dos, desgarrando carne y hueso como si fueran simple arcilla húmeda.
Un tercero logró aferrarse a su lomo, golpeándolo con furia torpe. Fenrir respondió atrapándolo entre sus mandíbulas por el torso, sacudiéndolo con violencia salvaje. El sonido de vértebras rompiéndose se perdió entre los rugidos.
Sin soltar el cadáver, lo arrojó con potencia hacia dos trolls que se aproximaban. El impacto los hizo caer pesadamente al suelo, aturdidos y cubiertos por restos de su propio aliado.
Los gruñidos del lobo resonaron bajo la luna, más cercanos a un trueno que a un aullido.
En aquella parte del claro, los trolls ya no cazaban.
Eran la presa.
En medio del caos, lejos del fragor inmediato pero no ajeno a él, yacía el cuerpo inmóvil de Odin. Vendado, pálido, despojado de su magia… parecía apenas la sombra del Padre de Todos.
A su alrededor, el estruendo de la batalla vibraba en el suelo, en el aire, en la sangre derramada. Los gritos, los rugidos, el choque del acero… todo formaba una tormenta que no distinguía entre heridos y combatientes.
Y entonces… algo cambió.
Un leve estremecimiento recorrió su cuerpo. Tan sutil que podría haber pasado desapercibido.
Sus dedos se movieron. Apenas un temblor.
Como si el caos mismo estuviera llamándolo. Como si la guerra se negara a permitirle descansar.
La mano se cerró débilmente sobre la tierra manchada de sangre.
Un suspiro apenas audible escapó de sus labios.
No era un despertar completo.
Pero tampoco era el silencio de la derrota.
En otro punto del campamento, varias personas corrían sin rumbo hasta que chocaron contra una figura inmensa y firme como una muralla. Cayeron al suelo y, temblando, alzaron la vista lentamente… esperando lo peor.
Pero no era un troll.
Era Thor.
Despeinado, con vendajes visibles bajo la armadura y una leve inestabilidad en su postura, pero completamente erguido. Sus ojos, aunque ligeramente nublados, ardían con algo más fuerte que el alcohol.
El troll avanzaba hacia ellos.
Thor levantó una mano sin dejar de mirar a la criatura.
—Detrás de mí… todos. Ahora.
Su tono ya no era torpe. Era firme. Instintivo.
Los aldeanos obedecieron sin dudar.
Thor inclinó la cabeza hacia un lado, entrecerrando los ojos como si intentara enfocar mejor.
—Oye… tú… grandote feo… —señaló con el martillo—. ¿No ves que estás molestando a esta gente? ¿No tienes una roca que lamer o algo así?
Parpadeó dos veces, frunciendo el ceño.
—Mira… te voy a dar una oportunidad. Te das media vuelta… y fingimos que esto nunca pasó. Porque si no… me veré en la terrible, lamentable, profundamente necesaria obligación… —alzó lentamente a Mjolnir— …de usar este precioso martillo para reordenar tu cabeza.
El troll rugió y atacó.
Thor se movió con precisión inesperada, esquivando el golpe por centímetros. El suelo explotó donde el puño impactó.
Thor sonrió.
—Gracias. Necesitaba eso.
Su expresión cambió. Toda la frustración acumulada —la batalla perdida, su padre herido, la impotencia— se concentró en un solo movimiento.
Empuñó Mjolnir con ambas manos y descargó el golpe con furia absoluta.
El cráneo del troll estalló bajo el impacto divino. Hueso y carne se dispersaron en una explosión brutal antes de que el cuerpo cayera inerte.
Thor permaneció de pie, respirando con dificultad.
Sin mirar atrás, habló:
—¿Todos bien? Bien. Entonces sigan corriendo. Yo me encargo de los que queden.
Y aunque aún tambaleaba ligeramente… la tormenta había despertado por completo.
Thor observó el cuerpo destrozado a sus pies y chasqueó la lengua con una mueca casi infantil.
—Siempre lo mismo… —murmuró, sacudiendo ligeramente la cabeza—. Apenas empiezo a calentar y ya se rompen.
Pero el suelo volvió a temblar.
Tres trolls más emergieron entre los árboles, atraídos por el estruendo. Esta vez no dudaron. Avanzaron juntos, rugiendo, rodeándolo con torpeza pero con número suficiente para aplastarlo si fallaba.