Eirik rompió el silencio primero.
—Nos movemos. Esta misma noche.
Angrboda lo miró con incredulidad contenida.
—Están aterrados, Eirik. Hay heridos que apenas pueden mantenerse en pie. Si los obligas a marchar ahora, el miedo hará más daño que los trolls.
—¿Y qué propones? —replicó él, señalando el claro devastado—. ¿Esperar a que algo peor huela la sangre? No podemos seguir a la deriva, ni anclados en un lugar que ya demostró ser vulnerable. Necesitamos un refugio real. Terreno alto. Defendible.
La tensión entre ambos era evidente.
Entonces una voz grave, cargada de autoridad ancestral, cortó el intercambio.
—El jotnar tiene razón.
Todos se giraron.
Odin avanzaba apoyado en Gungnir, con Thor sosteniéndolo por el brazo.
El murmullo fue inmediato. Soldados y aldeanos inclinaron la cabeza con respeto… y alivio. El Padre de Todos estaba de pie.
Odin observó el campamento en ruinas antes de continuar.
—Esto fue un ataque aislado. Cruel… pero aislado. Y aun así hubo inocentes entre los caídos.
Clavó su único ojo en Eirik.
—Ahora mismo ninguno de nosotros está en plenitud. Dos de mis hijos… y su rey… —su mirada se endureció al mencionar al soberano jotnar inconsciente— siguen sin despertar.
Thor guardó silencio.
—La próxima vez —prosiguió Odin— no tendremos esta suerte. La próxima… quizá nadie quede con vida.
El peso de sus palabras cayó como una sentencia.
—Un líder no se guía por el orgullo ni por la culpa. Se guía por la supervivencia de su gente. Y ahora que Loki no puede hacerlo… —dio un paso más cerca de Eirik— esa responsabilidad es tuya.
No era una orden.
Era una transferencia de carga.
Y todos lo entendieron.
Eirik avanzó unos pasos y se colocó en medio del claro. La nieve estaba manchada de rojo. El humo todavía salía de algunas estructuras derrumbadas.
Levantó la espada, no con teatralidad, sino con determinación.
—¡Escúchenme!
Las conversaciones se apagaron poco a poco.
—Si nos quedamos aquí, estamos muertos. No mañana. No en unos días. Muertos.
Sus palabras fueron directas, sin adornos.
—El enemigo ya sabe dónde estamos. Ya probó nuestra sangre. Volverá… y la próxima vez no vendrá a medir fuerzas.
Señaló los cuerpos tendidos.
—Enterraremos a los nuestros. Esta misma noche. Con honor. Como guerreros.
Respiró hondo.
—Pero no vamos a quedarnos llorando sobre sus tumbas mientras nos rodean.
Algunos guerreros heridos apretaron las empuñaduras de sus armas.
—Recojan todo lo que sirva. Comida. Armas. Pieles. Agua. Lo demás… quémelo.
Miró a los más jóvenes.
—Quiero a todos listos antes de que la luna esté en lo más alto. Nos movemos bajo la oscuridad. El frío será nuestro aliado.
Su voz bajó, pero se volvió más firme.
—Esta tierra ya no es refugio. Es una trampa.
Clavó la espada en la nieve.
—Nos vamos esta noche.
El silencio fue pesado… pero diferente. Ya no era miedo. Era decisión.
Uno de los ancianos asintió primero. Luego un guerrero. Luego otro.
El pueblo comenzó a moverse.
Las antorchas se encendieron.
El sonido de la tierra siendo removida marcó el inicio de la despedida.
En un reino que ningún dios nombraba.
Donde el hielo no existía y el viento era reemplazado por corrientes de fuego.
Montañas negras se elevaban como colmillos. El suelo respiraba calor. El cielo era una cúpula de brasas eternas.
En el centro, una estructura colosal forjada en hierro oscuro y piedra volcánica dominaba el paisaje.
Y en su interior…
Yacía Astaroth.
Sentado en un trono tallado en roca fundida. La lava recorría las grietas del asiento como venas ardientes. Su figura permanecía inmóvil, casi estatua… salvo por el lento movimiento de sus dedos alrededor del asta de su guadaña.
La hoja descansaba vertical sobre el suelo.
No brillaba.
No ardía.
Pero el fuego cercano evitaba tocarla.
Silencio.
Un silencio pesado, denso.
Astaroth observaba el horizonte desde lo alto de su fortaleza. No miraba un evento específico. No reaccionaba a ninguna batalla. No estaba respondiendo a nada reciente.
Simplemente esperaba.