El enorme grupo avanzó entre formaciones rocosas cubiertas de hielo hasta que, ante ellos, emergieron murallas talladas directamente en la montaña. Antiguas. Colosales. Dos gigantescas puertas reforzadas con hierro ennegrecido comenzaron a abrirse lentamente, emitiendo un gemido profundo que resonó como un eco ancestral.
Uno a uno fueron entrando.
Cuando el último cruzó el umbral, las puertas se cerraron con un estruendo sordo.
El sonido de la ventisca desapareció.
El silencio dentro era denso, protegido. Antorchas ardían en lo alto de los muros, y el aire, aunque frío, ya no era letal.
Eirik soltó una respiración que llevaba horas conteniendo. Caminó hasta colocarse junto al guerrero que los había interceptado.
—Antes que nada… me disculpo por la tensión allá afuera.
No bajó la cabeza, pero su tono era sincero.
—Entiendo que defendías tu tierra.
El hombre negó suavemente.
—La disculpa debería ser mía.
Observó a Fenrir a la distancia, que seguía caminando con paso pesado, vigilante.
—Últimamente hemos sido… demasiado precavidos.
Su mandíbula se tensó.
—Nictofer arrasó múltiples tierras de Midgard.
El nombre cayó como una sombra sobre los presentes.
—Pueblos enteros desaparecieron. Fortalezas reducidas a ceniza.
Su voz se endureció.
—Entre sus tropas destacaban lobos… negros como la noche.
Sus ojos regresaron a Fenrir.
—Del mismo color que el que los acompaña.
Eirik guardó silencio.
—Decidimos no tomar riesgos —continuó el hombre—. Cuando lo vimos… pensamos que la sombra de Nictofer estaba a nuestras puertas.
Miró hacia las murallas cerradas, como si aún esperara que algo golpeara desde afuera.
—Creímos que estaba cerca.
El eco de esas palabras quedó suspendido en el aire.
Y por primera vez, no era solo el grupo de Eirik quien huía del monstruo.
Aquellas tierras también vivían bajo su amenaza.
Eirik alzó la vista hacia lo alto de las murallas. El silencio era extraño, casi imposible de creer. Afuera la ventisca rugía con violencia, pero dentro el aire era estable, frío, sí… pero soportable.
Frunció el ceño.
—¿Cómo es que los vientos desaparecieron al cerrarse las puertas?
El guerrero caminó unos pasos más antes de responder.
—Es obra de nuestro rey.
Eirik lo miró con atención.
—¿Su rey?
—Arvid.
El nombre fue dicho con respeto absoluto.
—Vivimos en una de las regiones más crueles de Midgard. Aquí el invierno no cede. Aquí el frío mata incluso a los más fuertes.
Se detuvo y señaló hacia lo alto, más allá de las murallas invisibles.
—Hace años, cuando las tormentas comenzaron a volverse imposibles de resistir… el rey levantó un domo sobre estas tierras.
Eirik observó el cielo, aunque no veía nada.
—¿Un domo?
—Una barrera invisible —corrigió el hombre—. Desvía las tormentas. Debilita los vientos. Mantiene el frío extremo fuera de nuestras murallas.
Guardó silencio un instante antes de continuar.
—Antes de portar la corona… Arvid era uno de los hechiceros más poderosos de Midgard.
Eirik levantó ligeramente las cejas.
—¿Era?
El guerrero asintió.
—Dejó la hechicería cuando tomó el trono.
Su expresión se endureció.
—El antiguo rey cayó en batalla contra las fuerzas de Nictofer.
El nombre volvió a sentirse pesado.
—Arvid heredó un reino herido… y eligió protegerlo antes que buscar poder.
Miró alrededor, hacia la gente que caminaba, hacia los niños que asomaban curiosos desde las escaleras de piedra.
—Desde entonces, no practica magia para gloria personal. Solo mantiene el domo. Solo protege.
Fenrir olfateó el aire una vez más, como si pudiera percibir esa energía contenida en el cielo invisible.
—Cada día sostiene esa barrera —añadió el hombre—. Cada día debilita su propio espíritu para que nosotros podamos vivir.
Eirik guardó silencio.
Aquello no era solo un rey.
Era un guardián.
El grupo avanzaba por el asentamiento mientras los guerreros que los escoltaban abrían paso entre las calles de piedra. Poco a poco, las puertas de las cabañas comenzaron a abrirse.
Los habitantes salían con cautela, primero asomándose, luego reuniéndose a los lados del camino.